#Adiós a Inglaterra #noticias #2022

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Después de cinco años de vivir en Inglaterra, sigo sin ser creyente en el ruibarbo, las mejillas no se me ponen de color rosbif tras caminar un rato por la playa y solo recurro al té en ocasiones muy concretas: esas mañanas en las que uno lamenta la noche anterior. Mi asimilación, como se puede ver, no ha sido completa, y nada he disfrutado más que las excursiones en pos del pub perfecto, pero —gran ofensa— todavía me resulta más accesible la media pinta que la pinta entera. Tampoco sé cuántas décadas de práctica necesitaría para pedir perdón —I’m terribly sorry— como saben pedirlo los británicos: con mezcla de cara compungida e indiferencia marmórea. E incluso es posible que sienta algunos alivios al salir del país: por fin podré llevar zapatos marrones sin reproche, beber gin-tonics después y no antes de la cena y ponerme una corbata a rayas sin que nadie pregunte si pertenezco a algún oscuro club de críquet. Sin embargo, no me engaño: cinco años en Londres hacen que uno llegue a amar hasta el tiempo de Londres. Y ya me veo, a los 15 días de irme, buscando en vano algún lugar para calmar el ansia del fish and chips de los viernes.

Fruslerías aparte, no sé quién decía que el Reino Unido es una de las pocas naciones que mejoran cuando uno la mira desde cerca, y la observación no me puede parecer más atinada tras haber viajado de Blackpool a Norwich y de Truro a Newcastle. A punto de dejar el país, hago ahora las cuentas de las últimas veces: “Quizá esta es mi despedida de Cambridge”; “si no he ido a Jersey, ya no iré”; “el próximo junio estaré lejos”; “¿cuántos días voy a doblar aún esta esquina de Pall Mall y St. James?”. Sé que suena melancólico, pero el sentimiento se parece más bien a esa mezcla de paz y conformidad de quien se termina su mejor botella con los amigos. O a una salva de despedida: de hecho, este era el nombre oficioso de los últimos telegramas —en forma de carta de amor o de ajuste de cuentas— enviados por los embajadores británicos a Londres al cumplir su misión.

El historiador John Lukacs escribió precisamente que el amor por Inglaterra es siempre un amor no correspondido, pero —al cabo de un lustro— he terminado más anglófilo y no menos, capaz de celebrar cuanto hay de hermoso en tantos gestos de la britanidad: la caída de la hiedra en un patio de Oxford, un puente victoriano para el ferrocarril, el ladrillo rojo sobre el que reincide la lluvia en Mánchester. Hace siglos que se quiere enterrar a la Inglaterra eterna, cuando murió la reina Victoria como cuando venció el Brexit, pero —de algún modo— ha logrado mantener una belleza que se sabe dar muy poco a poco. Cierro ahora los ojos y pienso en vislumbres de esa belleza. Los desayunos —huevos y beicon humeante— que ordenan el mundo el fin de semana. Coger un tren a cualquier ciudad que tenga una catedral, una calle mayor y una salchicha autóctona: Lincoln, Winchester, Salisbury. El mar en el condado de Kent, cuyos cielos cantó —y pintó— Turner —como también podría haber cantado sus ostras—. Esas semanas al año, apenas un suspiro, en que todo se llena de narcisos. Las parroquias rurales, con sus tumbas comidas de verdín y con sus estantes de libros viejos a una libra. Un momento inglés: la solemnidad de los brindis. Y un milagro londinense: las bibliotecas de los clubes, donde la única tragedia posible consiste en quedarte dormido y volcar el armañac sobre la alfombra.

Es llamativo: pocos viajeros por las islas han hecho la alabanza de sus gentes, y yo no quiero irme sin celebrar al taxista que te llama “colega” y a la dependienta que te dice “cielo”. Pero ustedes comprenderán que tenga debilidad por los hispanistas británicos: hombres y mujeres que tal vez han nacido en Liverpool pero terminan de especialistas en Ausiàs March o en Calderón. Ellos nunca te llevarán a “un restaurante tranquilo”, sino a “un figón harto apacible”. Dios salve a la reina.

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