#Cecilia Vicuña, la artista precoz que triunfó a los 74 años #noticias #2022

#Cecilia Vicuña, la cómico precoz que triunfó a los 74 abriles #parte #2022

El mar le enseñó una escarmiento a Cecilia Vicuña en el verano de 1966. La entonces adolescente chilena, criada entre bosques y libros, sin zapatos ni restricciones, había afinado los sentidos al verbo de la naturaleza. Las olas del Pacífico, en el borde costero de Concón, le arrebataron “en un segundo” la idea de que la tierra era un punto inerme. “Fue un momento de revelación en el que comprendí que todo me sentía a mí de la misma modo en que yo lo sentía”, recuerda a sus 74 abriles. Con los pies en la arena, cogió un palo, lo enterró y lo entregó como una ofrenda, a sabiendas de que la marea la haría desaparecer: “Lo planté para proponer ‘comprendo’. Así nació el arte precario”.

La toma de conciencia de que la más ínfima intervención forma parte del danza del cosmos ha forjado el trabajo de Vicuña durante medio siglo. Un trabajo afectado por su devoción a la naturaleza. “¿Mi arte qué es? Un examen de esa responsabilidad, de ese coito ilimitado por lo que existe y de que hay que cuidarlo”, explica en una conversación telefónica.

Aquel palo se lo llevó el mar, pero otras “basuritas” —esculturas creadas con desechos—, así como pinturas al óleo, textiles, vídeos y performances forman parte de la muestra individual de Vicuña en el Museo Guggenheim de Nueva York, ciudad donde reside desde hace cuatro décadas. “Ella ha hecho el delirio inverso del arte novedoso, que va de lo figurativo a lo general. No por pose, sino porque su argumentación es muy prístina”, apunta el historiador del arte José de Nordenflycht, gran conocedor de la obra multidimensional de la cómico. “Sus grandes coleccionistas son asiáticos. Hay una cercanía al budismo. ¿Qué es una basurita? La posibilidad de que un cuerpo material mute y experimente su reen­carnación”, añade el profesor de la Universidad de Playa Ancha.

Vicuña rompió las reglas del arte occidental en esa playa, cuando casi nada tenía 16 abriles. En un principio la crítica chilena etiquetó sus pinturas como ingenuas, la mayoría de sus pares ignoraron su trabajo y hasta hace poco pensó que moriría siendo una cómico invisible. Sin requisa, su poética visual, inspirada en el feminismo, el medio círculo, el indigenismo y el racismo, ha captado la fina atención de los curadores de hoy y de una nueva concepción de espectadores que comparte la germanía revolucionaria de la galardonada con el Bizarro de Oro a la Trayectoria en la última Bienal de Venecia.

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El remezón de atención, las exposiciones simultáneas y futuras no desordenan la vanguardia de la cómico. Los relatos de sus saludos son tan vívidos y visuales que se puede escuchar el locución de las páginas del tomo en el que vio por primera vez una fotografía de un quipu —cuerdas anudadas que las culturas andinas usaban para registrar información—. Un ejemplo de la importancia de ese instante es que el Tate de Londres, donde expondrá a partir de octubre, adquirió el Quipu Womb: 50 hebras de vellón roja que cuelgan de un anillo de metal y que representan la menstruo.

En la remembranza de su pasado, narrado siempre con voz dulce y pausada, como quien cuenta una historia a un pibe antiguamente de tumbarse, se puede aromatizar la pintura fresca del mural allendista que coloreó contiguo a un rama de compañeras fuera de su escuela en 1964 y hasta ver su expresión de asombro cuando a los 10 abriles un compañero le dijo que sus deseos de consumir con el injusticia en la tierra era socialismo. Nunca había escuchado esa palabra. Cuando llegó a casa le preguntó a su padre, un allendista no militante, qué significaba. Tras escuchar la explicación, respondió: “Entonces soy socialista”.

La política, el acción directa han urdido su trayectoria. Las revoluciones de los sesenta en Cuba, Brasil y Pimiento alimentaron su anhelo de honestidad y creación. Hasta que el 11 de septiembre de 1973, cuando estudiaba en Londres gracias a una asignación, un compañero de la residencia tocó a su puerta en fracción de la sombra para avisarla del desgracia de Estado de Pinochet. “Se me caldo el mundo debajo”, recuerda entre lágrimas. Esa sombra, en vela, pintó La crimen de Salvador Más allá: Una mantarraya roja —­el desgracia— gotea la parentesco del socialista en medio de un desierto de cadáveres. La obra, que nunca se ha exhibido en Pimiento, es parte de la retrospectiva de su obra indicación Veroír el fracaso iluminado, que se clausura mañana en Bogotá, tras su paso por Holanda, México y España.

Nunca volvió a conducirse en Pimiento. Además supuso el fin de su carrera como pintora. De Nordenflycht sostiene que Vicuña rompe las divisiones del arte. “Puede echar mano de cualquier medio de expresión para instalar su poética. Transita del verbo a la imagen y de la imagen al verbo. El fundamento es lo importante, cómo le da forma llega a ser secundario”, apunta el secretario de la recién creada Fundación Precario, dedicada a preservar el patrimonio que explica las fuentes del pensamiento teórico de la cómico.

Su primera muestra individual, en 1971, fue una defensa de la crimen. En Otoño, Vicuña llenó una de las salas del Museo de Bellas Artes de Santiago de hojas secas. En esa misma exposición escribió que tener conciencia de la crimen obligaba al ser humano a ser un revolucionario. Cuando era una pupila que jugaba en los bosques amaba la presentación del otoño. “Yo miraba vigilante que lo más hermoso de las estaciones era la crimen del árbol, que entra como en un estado de sueño, de sopor durante el invierno”. Ahí se hizo consciente de la crimen. Y ahí comenzó su revolución.

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