#De la sonrisa de su mujer a la vanguardia que bebía y fumaba: los enormes retratos de Alex Katz toman el Thyssen #noticias #2022

#De la sonrisa de su mujer a la vanguardia que bebía y fumaba: los enormes retratos de Alex Katz toman el Thyssen #noticias #2022

En la década de los cincuenta, en un momento en el que el informalismo y la pintura matérica que encapsularon el trauma de la Segunda Guerra Mundial daban paso a un expresionismo abstracto tan furioso como estudiadamente anárquico, un joven Alex Katz (Nueva York, 94 años) prefirió “seguir sus instintos” y nadar a contracorriente. Su olfato le decía que pintara personas. Paisajes. Como siempre se había hecho, pero con una nueva mirada. Una beca que recibió para una prestigiosa escuela de verano donde los profesores acabaron “copiando sus colores”, según recuerda él mismo a sus 94 años, le confirmó que la corazonada era buena.

Poco tiempo después, “a los veintimuchos”, Katz ya era conocido en los círculos artísticos y poéticos de Nueva York. “Ahí me di cuenta de que nunca más tendría que preocuparme por nada”, bromea. Lo cierto es que no tardó en coronarse como uno de los referentes de la vuelta a la pintura figurativa a gran escala de la segunda mitad del siglo XX. También se le considera un pionero del arte pop por sus colores luminosos y sus líneas sintéticas, así como un maestro del retrato entendido como un género más allá de lo psicológico. Siete décadas después de aquellos comienzos, Katz no se ha relajado. Al contrario: trabaja “más que nunca”. Se le ve pletórico, en plena forma, aunque confiesa que, como cualquiera, ha salido “más aislado” de la pandemia. Con toda una vida a sus espaldas, aún se estrena en algo: por primera vez presenta una retrospectiva en España, Alex Katz, en el Thyssen-Bornemisza (hasta el 11 de septiembre), una selección de cuatro decenas de obras que abarcan las principales etapas que han marcado su trayectoria.

Nada más comenzar la rueda de prensa, Guillermo Solana, el director artístico del museo y comisario de la muestra junto al fallecido Tomás Llorens, advierte de que Katz, sentado junto a él y atento a la intérprete en sus auriculares, es parco en palabras. Unos días antes EL PAÍS lo había podido constatar: a unas preguntas enviadas por correo electrónico, el artista respondió con apenas unas palabras. Vestido con un traje blanco, camisa negra, corbata granate y unas gafas de sol sobre el cráneo rasurado, Katz mantiene viva esa leyenda por unos instantes ante los periodistas que han acudido a la presentación, donde también se encuentran Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza, así como el hijo y la nuera del pintor. “La selección de obras es bastante buena: quiero dar las gracias a mi familia, porque han hecho casi todo el trabajo, ya que yo estaba muy ocupado pintando… ¡Y ya está!”, zanjó, provocando las risas de los asistentes.

Con las preguntas de Solana, que explicó cómo la exposición estaba prevista originalmente para junio de 2020, y ha tenido que ir sorteando los obstáculos de la pandemia, el encarecimiento de los precios del transporte y la cercanía de fechas con una próxima retrospectiva del artista en el Guggenheim de Nueva York (a donde se mandarán directamente una docena de obras desde el Thyssen), Katz empezó a soltarse poco a poco. Al final, interrogado también por los reporteros, habló, si no largo y tendido, al menos sí más allá de los monosílabos sobre unos cuantos temas: desde los pormenores de sus jornadas laborales a su visión sobre la guerra de Ucrania.

“Por culpa de la técnica, cuando tenía 20 años destruí mil cuadros, pero ahora soy técnicamente excelente”, presume el artista

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De su día a día, Katz contó que se levanta “siempre a las 7:30, siete días a la semana”. “Algunas veces trabajo 20 minutos y otros toda la jornada. Soy irregular. Y el trabajo que hago es en parte intelectual y en parte manual”, explicó. “Por culpa de la técnica, cuando tenía 20 años destruí mil cuadros, pero ahora soy técnicamente excelente, y no me lleva tiempo”. Agradecido de que en setenta años de carrera su producción no haya tenido que verse interrumpida por “guerras o hambrunas”, el pintor piensa que Rusia acabará reculando en el actual conflicto con Ucrania. “Las victorias de la guerra dependen de la técnica, y Rusia parece ir por detrás de los tiempos en esas cuestiones”, apuntó, para apostillar: “Aunque los ascensores rusos son excelentes: te montas y no sientes nada”. Y más carcajadas de los presentes.

Si en otras ocasiones el Thyssen ha organizado sus exposiciones temporales para ampliar la visión de alguno de los artistas integrados en su colección (como las dedicadas a Balthus o Georgia O’Keeffe), en este caso el origen del proyecto se remonta a la “constatación de una ausencia”. Hasta ahora, el Thyssen no poseía ninguna obra de Katz, pero Borja y Blanca Thyssen acaban de adquirir una pintura para su colección personal, Vivien, de 2016, que se puede ver en la muestra y después se quedará en depósito en el museo. La protagonista del cuadro, un retrato múltiple en el que su rostro aparece cinco veces, es la nuera de Katz (la mujer de su hijo Vincent), que en época reciente ha sustituido a la esposa del artista, Ada del Moro, como la musa de sus famosos y casi siempre sonrientes primeros planos plasmados en lienzos de dimensiones extraordinarias. “He pintado a Ada más de mil veces. El amor es la gran inspiración de todo”, respondió a EL PAÍS por correo electrónico.

Los retratos individuales marcan la primera parada en el recorrido por la trayectoria de Katz, que adoptó de los expresionistas abstractos la tendencia al formato XXL. “Empecé pintando desde el inconsciente”, amplió sobre sus inicios. “Mientras Pollock se expandía, yo quería encontrar mi estilo”. Junto a sus figuras solitarias, trazadas con colores planos, homogéneos, Katz comenzó también a producir retratos grupales en los que reflejaba la vida social de la vanguardia neoyorquina. Su intención era captar el gesto que definía aquella época, los años sesenta, y lo encontró en el acto de “beber y fumar”. “Hoy la gente ya no bebe ni fuma. Están más aislados, y yo también lo estoy”. Sus paisajes, que invitan al espectador a meterse en ellos y perderse, tienen algo de abstracto en la construcción de las formas con el mínimo trazo. Y sus cutouts, efigies recortadas y repartidas en un tablero como fichas del juego del Quién es quién, remiten a la escultura sin salirse de las dos dimensiones de la pintura.

En una etapa de su carrera en la que continúa activo en el circuito de galerías y a la vez los grandes museos se le rifan para organizar retrospectivas, Katz reconoce que sus ramalazos de inspiración no llegan tanto del trabajo duro sino de los momentos en los que simplemente no hace “nada”. “Uno tiene una idea de lo que debería ser el arte, y de repente ves cosas que conectan con esa idea: la luz que atraviesa una mesa, un gesto, una persona. Es algo inesperado”. ¿Hay alguna obra capaz de condensar todos los cambios y giros de su trayectoria?, le preguntamos. “No hay ninguna”, contesta. “Pero mis favoritas ahora mismo son una serie reciente que he hecho de pinturas acuáticas”. Y, después de todo este tiempo, ¿ha llegado a una conclusión de para qué sirve pintar? Vuelve el Alex Katz socarrón, una personalidad que convive con el artista sensible y el poeta visual: “Si tienes que preguntarlo, entonces nunca lo sabrás”.

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