#De las bombas de Kiev al sol de Málaga: “Ya nos sentimos parte de la familia” #noticias #2022

#De las bombas de Kiev al sol de Málaga: “Ya nos sentimos parte de la comunidad” #noticiario #2022

Mariana Mulyayeva va a ser abuela con 37 abriles. La decano de sus dos hijas, Yaroslavna, de 20 abriles, está en estado de buena esperanza de ocho meses de una pupila a la que llamará Era. Proteger a la futura mamá y a su otra hija pequeña, de 11 abriles, ha sido la principal preocupación de Mariana desde que las primeras bombas rusas sobre Kiev la despertaron a las cinco de la mañana del pasado 24 de febrero. Rusia comenzaba su ataque sobre Ucrania y ella supo al instante que debía salir del país. Preparó tres mochilas con lo cardinal, reunió parné en efectivo y, con mucha dificultad, tres días más tarde encontró una vía de escape en torno a la frontera con Moldavia. “Las casualidades y el simpatía de mucha clan han permitido que ahora estemos aquí”, agradece Mulyayeva. Ese “aquí” es una bonita casa en Caleta de Vélez, en Vélez-Málaga, donde la cordobesa María González y el escocés Pilken Kennedy les han acogido. El connubio ha hendido sus puertas de par en par a esta mujer ucrania y sus dos hijas. “Hemos resurgido”, resume Mulyayeva con una brillante sonrisa que, por momentos, mezcla con lágrimas.

Que ambas familias se hayan contrario no es casualidad. Forman parte de un tesina de acogida puesto en marcha en primavera en Madrid, Barcelona, Murcia y Málaga por el Empleo de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones y la Fundación La Caixa. En los primeros días más de 2.300 familias españolas se interesaron en participar, pero casi la parte desistieron por el camino: o no cumplía los requisitos o les parecieron demasiado exigentes. El software implica, entre otras cosas, acoger por un pequeño de seis meses, tener una vivienda adecuada y juntarse en su día a día a los miembros de la comunidad, un compromiso poco compatible con marcharse un mes de holganza o con jornadas laborales muy largas fuera de casa. Siquiera había apoyo financiero, aunque ahora el ocupación está ultimando una ayuda de un pequeño de 400 euros para las familias ucranias sin capital.

El software tardó en salir, pero ya hay 473 familias que han llegado a la etapa final de selección, entre ellas la formada por González —profesora de yoga— y Kennedy —retirado—. Sus cinco hijos de matrimonios anteriores viven en Glasgow (Escocia), donde entreambos se conocieron hace una decenio, así que tenían espacio y fueron de los primeros en ofrecer su casa. “Su compromiso, facilidades e implicación han sido fundamentales”, destaca Helena Lumbreras, de la ordenamiento Hogar Campechano, que ha inconcluso en el proceso de acogida.

El 12 de mayo, Mariana, Yaroslavna y su hermana Mariya llamaban a su puerta. Como ellas hay ya 45 familias acogidas y cien más lo harán pronto en las ciudades donde se desarrolla el software, que se va a ampliar a Girona y Alicante. Hasta 125.000 personas procedentes de Ucrania —la mayoría, mujeres—han conseguido ya protección temporal en España; de ellas, solo 21.000 reside en centros de acogida estatales. La inmensa mayoría vive por su cuenta, se ha instalado con familiares o amigos o han sido acogidos por familias ucranias o españolas desconocidas, que abrieron sus casas en esa ola de solidaridad inédita en España que va poco a poco desinflándose.

Bajo una enorme sombrilla y pegado a una novato higuera, las tres mujeres ucranias sonríen. La matriarca comenta divertida que se ha acostumbrado a las caras de sorpresa de quienes reciben la información de que, a pesar de su pubertad, será pronto abuela. Pero su risa es de cristal. Se quebranto cuando recuerda que su sobrino está en el frente o cuando relata su periplo de 4.000 kilómetros para huir de la aniquilamiento o el miedo a las violaciones y las balas en el trayecto. De Kiev viajaron en tren y autobús hasta Mogyliv-Podilskiy, pegado a la frontera de Moldavia, que cruzaron, como luego hicieron con la de Rumanía. “Entonces me bloquearon las cuentas bancarias. No tenía ni mil euros en efectivo y las tres mochilas. Lo dejamos todo antes”, dice la mujer, que vivió durante abriles en Rusia, país de origen de su exmarido. Tras el divorcio ella volvió a Ucrania, pero su hija pequeño, Mariya, tiene ciudadanía rusa: “Temía que no nos ayudaran por ser una comunidad mixta, pero no hubo problemas”, explica.

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La casualidad quiso que en Bucarest compraran tres billetes de avión a Barcelona el 8 de marzo. La Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) les prometió un techo y les recomendó ir a Málaga. No sabían ni que existía esta ciudad, pero les daba igual, buscaban seguridad. Fueron alojadas en un hostal. Dos meses posteriormente recibieron una citación: algún les ofrecía hueco en su casa. “Tuve miedo del cambio, pero lo intentamos. Cuando vi a María por primera vez nos pusimos las dos a plañir y supimos que habíamos conectado. Desde ese momento nos sentimos parte de la comunidad”, afirma Mulyayeva. Su voz se quebranto y las dos mujeres se dan la mano con cariño. “Yo igualmente tenía miedo, pero ahora sé que estoy en el sitio correcto y haciendo lo que debo”, afirma la cordobesa. “Es un oficio seguro para ellas. Hay que animar a más personas a acoger”, insiste Kennedy, al que Mariana considera ya casi un padre, y sus hijas, un antepasado.

Las familias hacen ahora vida con cierta independencia, pero las mujeres van a la adquisición juntas y sacan a pasear al perro, Rocky, e incluso las ucranias se unen a las clases de yoga que González imparte en su pensil. Unas intentan ilustrarse castellano (repiten “gracias”) y sus anfitriones ya reconocen términos ucranios como babusya (abuela). Con Yaraslavna en estado de buena esperanza de ocho meses, la prioridad es el comienzo de Era. “Aquí mi vigor ha mejorado”, asegura la novato, a la que asisten en el hospital comarcal de La Axarquía. El entorno general de sus anfitriones ha llenado su habitación de ropa para el bebé, un carrito y una cuna. “Pensé que no tendría ausencia cuando naciera. Esto es increíble”, apunta tímida, mientras acaricia con delicadeza su barriga.

Su hermana pequeño igualmente sonríe. Cuenta, con cierta vergüenza, que cada mañana se levanta directa en torno a la piscina. Incluso que ha hecho una amiga, su vecina, con la que no puede comunicarse por palabras pero sí con gestos. Está deseosa de comparecer al campamento de verano al que su nueva comunidad la ha abonado y, sobre todo, “ir al colegio en septiembre”, porque no ha sido escolarizada en los cuatro meses que lleva en España. Su superiora quiere asomar a trabajar tras el verano. Anima a otras familias ucranias a dejarse ayudar y repite palabras de agradecimiento al Estado, a las entidades sociales y a las personas que les han facilitado salir hasta esta casa de Caleta de Vélez. La misma donde, pronto, se convertirá en abuela acullá de la aniquilamiento.

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