#Dos Españas frente a la inflación: unos cambian de hábitos, otros solo ahorran menos #noticias #2022

#Dos Españas frente a la inflación: unos cambian de hábitos, otros solo ahorran menos #noticiario #2022

El verano de la inflación está siendo tórrido, con olas de calor que han puesto a sudar a España, pero en el ámbito flota otro tipo de transpiración, esta fría y asimismo causa de insomnio, que nace de un engendro ignorante al termómetro: la subida de precios, del 10,8% en julio, está cambiando los hábitos de consumo de millones de ciudadanos.

Pablo Sánchez Carmenado, responsable de negocio en la agencia de publicidad Alcandora, y Elena Jiménez, mánager de la empresa de ventanas Velux, padres de cinco hijos de entre 9 y 19 primaveras, son de los que han adaptado sus costumbres. Dejaron de sobrellevar a los niños a clase en coche por el precio de la gasolina, y ahora usan el transporte sabido indemne dos días a la semana en que se turnan con otros padres para recogerlos; han sustituido el plan mensual de cine y pizzas fuera por el de Netflix y pizzas caseras; calculan un hucha mensual de casi 50 euros al pasarse a la marca blanca en el pinrel de corromper, los cereales y los yogures, y han comprado dos ventiladores para no encender el flato acondicionado.

A diferencia del verano pasado, cuando no viajaron, esta vez no han perdonado las holganza. Tres semanas en la provincia de Cádiz donde siquiera tiran la casa por la ventana: se han llevado las bicicletas, y recorren sobre las dos ruedas distancias kilométricas, incluso de perplejidad, para acercarse al surtidor lo menos posible.

Nadie escapa de la inflación, pero cada uno la sufre a su guisa. Desde el momento en que cualquiera enciende el interruptor, adquisición en el supermercado o saco el coche del cochera, el contador empieza a sumar. El impresión puede parecer el mismo: euros y más euros viajando del faltriquera de españoles y europeos en torno a eléctricas, productoras de gas y petroleras con solo poner una lavadora o satisfacer el depósito del coche, pero la estructura es dispar. Más elevada para quien trabaja allá de casa y ignición combustible para presentarse. Más cuantiosa para las familias numerosas, donde los desembolsos en ropa, comida o viajes se hacen como reducido por triplicado. Más difícil de sobrellevar para jóvenes sin ahorros, parados y hogares de menos ingresos, a los que devora una parte decano de su patrimonio.

La inflación viaja por consiguiente a varias velocidades: mientras una parte de la población cambia su comportamiento crematístico limitando el uso del coche, comprobando la hora más ocasión de la electricidad, eliminando gastos superfluos y dedicando más a energía, comida y vivienda, hay otra a la que le hilván con disminuir la cantidad que antaño ahorraba, y mantiene incólume su ritmo de vida, o como mucho introduce pequeños cambios en sus patrones de consumo.

El Porción de España alertaba este mes de esa fractura interna en una publicación sobre el impacto de la inflación. “Las perspectivas relativas al desembolso en holganza han mantenido un perfil de recuperación incluso tras el estallido de la pelea, excepto en los hogares de menores ingresos, que disponen de un pequeño ganancia para absorber los incrementos de inflación sin disminuir sus niveles de desembolso y se han manido más afectados por el repunte en los precios de la energía”, concluía el texto. En él se constata la existencia de dos Españas frente a la inflación, una que recorta en calidad de vida y otra que no. “Los hogares con un colchón modesto de solvencia han pequeño el desembolso en otros ingresos, a diferencia del resto de las familias, que habrían absorbido el incremento de precios mediante una reducción de sus tasas de hucha”.

La pareja formada por el pamplonés Imanol Martín, de 35 primaveras, sénior mánager de una consultora, y la barcelonesa Sandra Sabaté, de 32, country manager de una fintech, se cuenta entre las que no ha cambiado su estilo de vida. En julio dormían con el flato acondicionado puesto para disputar con el intenso calor de su ático en Azca, el distrito financiero de Madrid; en agosto han cogido el coche para ir primero a Cádiz y luego a la Costa Brava, comen fruta y verdura de temporada a diario, y salen a cenar fuera dos veces a la semana. “No derrochamos, pero nos gusta estar cómodos. Aunque la estructura de la luz nos ha subido 120 euros al mes, entre dos no es tanto. No tenemos hijos, no fumamos ni bebemos, y tratamos de ir caminando al trabajo porque vivimos cerca”, cuenta Martín al teléfono.

Imanol Martín y Sandra Sabaté, en una fotografía cedida por ellos.
Imanol Martín y Sandra Sabaté, en una fotografía cedida por ellos.

Siquiera mira el precio de la comida Laura, que sale de un supermercado Sánchez Romero —el más caro de España según la estructura de consumidores OCU—, en el madrileño morería de Salamanca. “Prefiero seguir comprando alimentos frescos y cocinados de calidad e ir a otros sitios para utilizarse menos en productos de lavado”.

Adjunto a las rentas medias y altas del sector privado, el economista Javier Santacruz incluye a los pensionistas y a los funcionarios entre los que denomina como “colectivos protegidos”, porque sus ingresos suelen actualizarse al subida cuando suben los precios, poco que no siempre sucede en la empresa privada, cedido que no todas cuentan con cláusulas de revisión salarial. Cree que ellos están sosteniendo el consumo. “Son siete millones de entre los 47 millones de españoles”, calcula.

Santacruz identifica tres fases en el proceso de subida de los precios: una primera en que se atisba que la inflación no va a ser transitoria y el cambio de expectativas lleva a las familias de renta media desaparecido a suprimir gastos prescindibles (uso del coche particular, viajes, ocio, turismo, hostelería, seguros…) para redirigir parte de ese pasta en torno a alimentos, energía y vivienda. Una segunda etapa en que reducen el consumo total —conformado en un 70% por productos y servicios básicos y en un 30% por otros menos necesarios—. Y una última donde incluso rebajan el desembolso en productos esenciales empeorando su nivel de vida.

El coche retrocede

Si la pandemia aceleró cambios como el pequeño uso del efectivo y el crecimiento del teletrabajo, la inflación puede animar otros, como retrasar la época a la que se empieza a conducir o directamente renunciar a ello. El madrileño Pablo Rodríguez, de 26 primaveras, no tiene coche. Ni siquiera se ha sacado el carnet. Ingeniero en una empresa de energías renovables, acaba de firmar su primer arreglo indefinido tras varios meses como becario, y aunque le gustaría disponer de transporte, aún vive con sus padres, por lo que antepone otras prioridades. “Cuando empiezas a trabajar tienes que ser pragmático con el pasta. Primero es más interesante eludir para una vivienda e independizarte, porque en una gran ciudad te puedes mover con bono transporte”.

Enrique Lorca, presidente de la Confederación Doméstico de Autoescuelas, percibe un activo descenso de alumnos frente al verano antecedente, cuando la salida del confinamiento animó a muchos a sacárselo para evitar el peligro de contagio en el transporte sabido. Y reconoce que si la inflación daña la recuperación, no serán inmunes. “Cuando la sociedad es consciente de que puede ocurrir una recesión, es más probable que sean precavidos y limiten su desembolso”. El responsable patronal asegura que el sector navega la subida de precios con dificultades: no pueden repercutir los incrementos del carburante a los alumnos que se inscribieron hace meses, y se han quedado fuera de las ayudas del Gobierno al transporte.

El modo de concebir la movilidad es diferente incluso entre los que obtienen la inmoralidad. Ganan dominio opciones más baratas, como el coche compartido, en el que solo se paga por su uso durante minutos, horas o días. Y la competencia asimismo crece con las bicicletas y los patinetes eléctricos, cada vez más usados entre los jóvenes. La liquidación de automóviles no remonta. En el primer semestre se vendieron 407.000 turismos, frente a los más de 690.000 de antaño de la pandemia, y el sector acaba de poblar el peor julio desde 2012.

La vivienda aguanta

Opuesto es el caso de la vivienda. Pese al sorpresa inflacionista, la desliz de alternativas para sacar rentabilidad al hucha en un entorno de tipos por los suelos en el que los depósitos escasamente ofrecen incentivos a los inversores, y sobre todo, los bajos intereses de las hipotecas, ha llevado al mercado inmobiliario castellano a su mejor semestre de los últimos 15 primaveras, convirtiéndose en un refugio del que se benefician los propietarios, que pueden trasladar la subida del IPC al arriendo, pero no los inquilinos.

Sin confiscación, esa financiación ocasión está desapareciendo con las subidas de tipos de los bancos centrales para combatir la inflación, que a su vez trae otro impresión indeseado para muchos hogares: hipotecas variables más caras que reducen la porción de hucha habitable y amenazan con avivar la morosidad.

Detrás de ese bum de la vivienda asimismo está el hucha embalsado. Para Lorenzo Codogno, ex secretario del Riquezas italiano, el estímulo fiscal introducido durante la pandemia y las restricciones físicas para utilizarse han resultado en un válido aumento del hucha, que se ha mantenido relativamente parada por motivos de precaución, lo cual puede empujar la actividad. “Si las perspectivas de la caudal y el empleo mejoran, y los hogares se sienten más seguros acerca de las perspectivas de sus ingresos, comenzarán a disminuir el exceso de hucha y apoyarán el consumo y el crecimiento crematístico”, vaticina.

Menos demografía, más crédito

En paralelo, hay otros fenómenos menos halagüeños, en los que se intuye el mazazo de las subidas de precios: el uso de tarjetas revolving, que cobran intereses muy altos a sus dueños, normalmente hogares de bajos ingresos, ha crecido en junio a 11.419 millones, su nivel más parada desde el estallido de la pandemia, aunque todavía no alcanza umbrales alarmantes. Y según el extremo escala de Asufin, casi uno de cada tres españoles tiene intención de pedir un préstamo, su mayor desde junio de 2020.

Otro estudio, este de Ipsos, señala que en presencia de la subida de los precios seis de cada diez españoles “va acordado” para presentarse a fin de mes, “Más allá de cortaduras en el ámbito del ocio y disfrute, vemos como asimismo se plantean recortar su desembolso en suministros y comida, y tirar de ahorros”, explican sus autores.

Igualmente aparece como colega la palabra inflación al tratar la desaparecido demografía española, que este año y el pasado rondó niveles de 1941. No como desencadenante principal, porque hay otros factores como el paro tierno, el comunicación de la vivienda o la emancipación tardía —29,8 primaveras en España frente a los 26,5 primaveras de media europea—, pero sí como una circunstancia más con potencial de influir en decisiones como disminuir el número de descendientes.

El auge del bajo coste

En ese contexto turbulento, asimismo hay ganadores. La cautiverio murciana Embargos a lo bestia, que vende electrónica, electrodomésticos y menaje para el hogar a bajo precio, y se presenta como una tienda “de gangas y chollos”, nació dirigida a los clientes de menos poder adquisitivo, pero asegura que su facturación está creciendo gracias a consumidores de clase media golpeados por el parada coste de la vida.

Una tienda de la cadena Embargos a lo bestia, en Écija (Sevilla).
Una tienda de la cautiverio Embargos a lo bestia, en Écija (Sevilla).PACO PUENTES

Su director universal, Pablo Franco, lo expone así. “Si la lavadora se te rompe la tienes que cambiar, o si han pasado diez primaveras y el colchón es incómodo. Por suerte para nosotros, o por desgracia para el país, vemos que el low cost tiene un generoso itinerario. Nos estamos dirigiendo a una clase media que está descendiendo de escalón, pero acostumbrada a tener una tele de 50 pulgadas o un sofá cómodo que ya no pueden comprar en otros sitios, así que acuden a nosotros”.

La sensación es que la pelea y la inflación están provocando un depauperación. Roland Gillet, profesor de Patrimonio Financiera en la Universidad de la Sorbona de París y en la Universidad Autónomo de Bruselas, opina que la intensidad es peor para Europa que para EE UU, donde el mercado gremial convive con un pleno empleo casi estructural y su caudal recuperó niveles prepandemia antaño. “Nuestra inflación viene más de los precios de la energía, y eso es una catástrofe porque los estadounidenses compran mucha energía producida en suelo estadounidense y el pasta se queda allí, pero nosotros la adquirimos a Rusia o países árabes, y en espacio de ir en torno a el restaurante, esos fondos van fuera, a las reservas saudíes y al fisco de pelea de Putin”.

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