#El deshonor de Laura Borràs #noticias #2022

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Las imágenes del acto de homenaje en Barcelona el miércoles a las víctimas de los atentados yihadistas de agosto de 2017 resultan desalentadoras. La emoción de un minuto de silencio en presente de los 14 fallecidos en Las Ramblas quedó reventada por los gritos y consignas pronunciados, primero individualmente y luego de forma más numerosa, por un especie de participantes dispuestos a beneficiarse la resonancia mediática del acto y la presencia de las cámaras. Las consignas proclamadas exhibieron una profunda error de respecto al motivo que reunía a las primeras autoridades políticas catalanas, encabezadas por la presidenta del Congreso, Meritxell Batet; el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, y la alcaldesa de la ciudad, Ada Colau: la memoria de un homicidio extraordinario perpetrado por el yihadismo con una furgoneta puyazo a toda velocidad en Las Ramblas de Barcelona hace cinco primaveras.

La pérdida del homenaje incumbe a quienes creyeron prioritaria la defensa política de su independentismo y la desconfianza cerca de la investigación de los asesinatos. Se oyeron ataques al Gobierno gachupin y al CNI, achacándoles una pasividad y opacidad en los que mezclaban teorías conspirativas infundadas que recordaban poderosamente a las conjeturas disparatadas que algunos medios circularon sobre el 11-M en Madrid. Lo de veras inquietante fue el papel que desempeñó la hasta hace dos semanas presidenta del Parlament, Laura Borràs, suspendida del cargo y de su escaño por la Mesa como procesada por un caso de corrupción. Las grabaciones evidencian la efusividad cómplice y risueña con la que se acercó Borràs al especie de saboteadores del homenaje a unas víctimas por completo ajenas a las rivalidades de la política catalana. Sus abrazos, sonrisas y achuchones al final del acto evidenciaron la profunda incomprensión sobre la naturaleza del momento en el que participaba. Ni siquiera su propio partido, Junts, pudo aplaudir equivalente acción directa callejero y algunos silencios en el interior de la misma formación que copreside parecen más elocuentes que las críticas. El resto de los partidos, incluida ERC, a través de Gabriel Rufián y otros cargos, tuvieron palabras muy duras contra la instrumentalización tramposo que Laura Borràs practica con frecuencia como afiliada al trumpismo mediático. Sus posteriores declaraciones —culpando a los medios precisamente de trumpismo— no han contribuido a disminuir su responsabilidad, sino a aumentar la sospecha de un ensimismamiento político destronado y desesperado.

Ni las víctimas mortales, ni los heridos, ni las familias merecían ver disipada la emoción del minuto de silencio por hooligans de la expresidenta del Parlament, pero menos aún merecían asistir al espectáculo del apoyo de Borràs a sus incondicionales. La unión de la sociedad contra el terrorismo yihadista, expresada a través de los más altos representantes políticos, volvió a ser cuarteada en aras del irredentismo secesionista y una hispanofobia enfermiza. El frecuente exhibicionismo mediático de Laura Borràs esta vez tocó fuego: su conducta en Las Ramblas quedará en la memoria de la inmensa mayoría de la ciudadanía, sea del color político que sea, como un sórdido episodio protagonizado por una política en horas bajas, incluso muy bajas.

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