#El día en que Hillary Clinton derrotó a Trump y otros discursos que jamás se pronunciaron #noticias #2022

#El día en que Hillary Clinton derrotó a Trump y otros discursos que de ningún modo se pronunciaron #parte #2022

Hillary Clinton trabajaba con el redactor Dan Schwerin en su discurso de la victoria el 7 de noviembre de 2016.
Hillary Clinton trabajaba con el redactor Dan Schwerin en su discurso de la trofeo el 7 de noviembre de 2016.BARBARA KINNEY / HILLARY FOR AMERICA

La perplejidad en que ganó las elecciones, Hillary Clinton celebró su rotundo trofeo sobre Donald Trump con un mensaje conciliador: “No seremos más un país de ‘nosotros contra ellos’. El sueño indiano es suficientemente egregio para todos”. Las disculpas que el presidente Dwight Eisenhower ofreció al final del 6 de junio de 1944, posteriormente de que los aliados fracasaran en el desembarco de Normandía, cupieron en una cuartilla manuscrita que terminaba así: “[Los soldados] se comportaron con la máxima valentía y devoción al deber. Si hay alguna falta o dictamen en el intento, fue toda mía”. Y en octubre de 1962, en pleno apogeo de la tensión por la crisis de los misiles, Kennedy se dirigió a sus “compatriotas” para testimoniar una de sus decisiones más difíciles: “Con el corazón apesadumbrado, y en cumplimiento de mi testimonio, he regular operaciones militares, solo con armas convencionales, para eliminar una preocupante acumulación de armamento nuclear en suelo cubano”.

Indemne que usted acabe de despertar de un coma de décadas, sabrá que Clinton no se convirtió en 2016 en la primera presidenta de la historia de Estados Unidos, ni los nazis ganaron el Día D. Siquiera Kennedy bombardeó Cuba. Pero los discursos sí existieron. Escritos en previsión de lo que pudo ser, los tres forman parte del texto Undelivered: The Never-Heard Speeches That Would Have Rewritten History (No pronunciados: los discursos inéditos que pudieron reescribir la historia, Flatiron Books). En él, Jeff Nussbaum repasa el contenido y el contexto de una veintena de escritos que nunca vieron la luz: porque las previsiones cambiaron sobre la marcha, porque sus autores se lo pensaron mejor, porque la historia dio un dramático volantazo, o porque la crimen se interpuso en el camino de quienes iban a dictarlos, de Einstein a Pío XI, y de Roosevelt a Kennedy, que tenía previsto murmurar a las fuerzas vivas de Dallas el día de su crimen.

El escritor Jeff Nussbaum.
El escritor Jeff Nussbaum.Talk Wafa (Little Palm Photography)

Nussbaum, redactor profesional de discursos “desde hace 25 primaveras”, incluye, entre otros momentos estelares de la historia alternativa de la humanidad, las palabras con las que Richard Nixon iba anunciar su valor de no dimitir (finalmente sí lo hizo, acosado por el escándalo del Watergate, en 1974), la disculpa en 1948 del emperador Hirohito al pueblo japonés por haberle metido en la Segunda Cruzada Mundial o el rechazo de Eduardo VIII a retractarse en 1936 del trono sajón tras conocerse su relación con Wallis Simpson.

“Veo el mundo a través de los discursos”, aclaró el autor a principios de agosto a EL PAÍS en una entrevista por videoconferencia. “Cualquiera que se dedique a esto sabe que casi por cada uno que se pronuncia hay otro que acaba en el cajón; a mí me interesaban estos últimos”, añadió, ayer de contar un chiste agrupado. Un redactor de discursos muere, y pide a San Pedro que le enseñe, por ese orden, el averno y el firmamento. El primero está saciado de tipos como él, que escriben contra el cronómetro. “¡Esa es mi peor pesadilla!”, exclama. En el firmamento, la número es la misma. “Pero esto es lo mismo que el averno”, se queja. A lo que San Pedro replica: “¡Qué va! Aquí usamos lo que escriben”.

La obsesión de Nussbaum por los parlamentos sin pronunciar nació a un día y a una hora determinadas: “al final de la tarde del 7 de noviembre de 2000. Tenebrosidad electoral”. “Recién diplomado”, había empezado a trabajar con Al Gore cuando este era vicepresidente. “Aquella excursión, escribimos hasta tres discursos distintos que nunca pronunció”, recuerda. Luego de Gore, que perdió aquellas elecciones, ha trabajado para otros políticos. El posterior: Joe Biden, a cuya Delegación se sumó tras su arribada a la Casa Blanca (dejó el trabajo poco ayer de propagar su texto). Sobre su posterior principal dice que “siempre se ha rodeado de buenos prosistas, como Antony Blinken [que escribió para él y ahora es su secretario de Estado] o Bruce Reed [actual subjefe de Gabinete]. Trabajábamos en un equipo de cinco o seis redactores. A veces con previsión. Otras no queda otra que valer para reaccionar en presencia de un hecho concreto. Un discurso pasa por muchas manos, y una vez escrito lo revisan varios asesores, pero la valor sobre lo que finalmente se dice es del orador”.

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El emperador Hirohito pasaba revista a las tropas japonesas en Tokio en enero de 1944.
El emperador Hirohito pasaba revista a las tropas japonesas en Tokio en enero de 1944.KYODO (Reuters)

Así quedó demostrado en la octava sesión de la comisión que investiga el 6 de enero, en la que salió a la luz un vídeo en el que se ve a Donald Trump estudiar de una pantalla una torpe disculpa al día subsiguiente del ataque al Capitolio. “No quiero proponer que la opción ha terminado”, zanjaba el magnate en la reproducción. Sobre aquel momento en el que las interioridades de su trabajo quedaron al descubierto en horario de máxima audiencia, Nussbaum puntualizó tras la entrevista en un correo electrónico: “Es cuando un líder ve y tiene que pronunciar las palabras que le han preparado cuando terminan los debates y las discusiones internas y las ideas nebulosas se vuelven reales. Ahí se vio claro que Trump todavía no podía aceptar la verdad de su pérdida, ni condenar a los insurrectos que estaban profanando nuestra democracia en su nombre”.

De la capacidad oratoria de Biden, Nussbaum afirma, diplomático, que este “prefiere adoptar el tono de una conversación: quiere resultar cercano, para hacer entender a la masa sus logros. Eso a algunas personas les gusta más que a otras”. De Trump dice que “tiende más a la improvisación”. “Está demostrado que el estadounidense medio lee y procesa el jerga al nivel de un estudiante de octavo escalón [13-14 años]. Él se expresa como un inmaduro de cuarto [8-9]; el nivel más bajo de los últimos 15 presidentes. Lo cual, inevitablemente, hace que conecte con mucha masa”.

Undelivered admite varias lecturas. Es una breve presentación a la historia de una retórica tan vieja como la democracia estadounidense: “Alexander Hamilton ya ayudó a George Washington a escribir”, advierte Nussbaum sobre dos de los padres fundadores, “aunque la primera persona considerada como ‘redactor de discursos presidenciales’ fue un periodista llamado Judson Welliver, fichado en los primaveras vigésimo por [el republicano] Warren G. Harding con el cargo de ‘empleado poético”. Asimismo abunda en consejos sobre el arte de fundir política y prosa. Por ejemplo: la superstición aconseja preparar un texto para cobijar la derrota cuando se ha escrito otro para celebrar una trofeo; es mejor evitar las formas pasivas (denotan yerro de liderazgo); conviene aprender que para que un discurso cale es tan importante la humanidades como la ocasión en la que se pronuncia; y nunca hay que olvidar que los parlamentos tienen dos públicos, el del auditorium en el que se dictan y el extranjero, “representado en los cámaras y reporteros al fondo de la sala”.

Aunque el consejo más importante tal vez sea el de observar la virtud de la modestia, para que no le pase a uno lo que a David Frum (hoy, editor sénior de la revista Atlantic). Frum dejó su trabajo en la Casa Blanca de Bush hijo posteriormente de que su mujer anduviera presumiendo por ahí de que había acuñado el afortunado término “eje del mal”. “No te dedicas a esto para embelesarte con tus propias palabras”, dice Nussbaum en la entrevista. El trabajo consiste en ayudar a la persona para la que estás escribiendo a sacar su mejor traducción”. Por eso, añade, es importante establecer un vínculo con el poderoso para el que se escribe (en su caso, emplea mucho tiempo en estudiar “cómo piensan, cómo argumentan” sus clientes). Aunque no es imprescindible: en el texto destaca el caso de Peggy Noonan, brillante arquitecta de la retórica de Ronald Reagan (“un catedrático grande”), al que, con todo, Noonan tan pronto como conoció.

¿Y es necesario creer en las ideas que uno plasma para otros? “Podría decirse que los escritores de discursos son como los abogados: son capaces de defender a cualquiera de las dos partes”, explica Nussbaum. “En Estados Unidos todo el mundo tiene derecho a tener un abogado, pero no todo el mundo tiene derecho a un redactor de discursos. Así que, por regla militar, harás mejor tu trabajo si compartes los argumentos del orador, aunque sea en sus líneas generales”.

El texto, escrito con la pulcritud y la operatividad de quien lleva décadas puliendo su estilo a la sombra de otros, ofrece una innovador cuota a un índole, el de los volúmenes que glosan las inspiradas palabras de las grandes personalidades y llenan varias baldas de las librerías estadounidenses. Se diferencia del resto porque recuerda a aquella serie de cómics de Marvel titulada What If?, que revisaban la peripecia de sus superhéroes preguntándose qué habría sido de ellos si las cosas hubieran surgido de otro modo (Nussbaum no la conocía ayer de propagar el texto, así que prefiere otra remisión de civilización pop; define su tesina como un delirio “al multiverso de la alienación de la palabra”).

De modo que la pregunta parece razonamiento: ¿Qué habría pasado si se hubiera impuesto Gore a George W. Bush en 2000? “Gore tenía muy clara la amenaza que representaban Al Qaeda y Osama Bin Laden. Bush, no”, argumenta. “¿Qué hizo Bush tras los ataques a las Torres Gemelas en septiembre de 2001? Decirle a los estadounidenses que salieran a comprar. Textualmente, para reanimar la peculio. Gore habría dejado nuestra dependencia del petróleo saudí, un producto que estaba destruyendo el planeta y que servía para financiar a quienes nos atacaban”.

La respuesta conecta con uno de los capítulos más fascinantes de su examen: el discurso que la entonces asesora de Seguridad Doméstico (más tarde, secretaria de Estado) de George W. Bush, Condoleezza Rice, tenía previsto dar (y nunca dio) el 11-S en el National Press Club de Washington. Pensaba defender que Estados Unidos debía concentrarse en reanimar la defensa antimisiles, sin aprender que los terroristas habían predilecto precisamente ese día para convertir cuatro aviones comerciales en los más mortíferos proyectiles. “Eso demuestra que Bush y su Delegación estaban completamente equivocados con las amenazas reales a la seguridad del país”, concluye el autor.

Condoleezza Rice espera a George W. Bush en la Casa Blanca el 11 de septiembre de 2001.
Condoleezza Rice paciencia a George W. Bush en la Casa Blanca el 11 de septiembre de 2001.

El de Rice es el único texto al que Nussbaum no ha tenido llegada íntegramente, pues aún está clasificado; tocó reconstruirlo recurriendo a la Ley de Autonomía de Información. El resto los ha rastreado en diversos archivos. El contexto (los motivos que llevaron a este o aquel cambio o a las decisiones de darlos o no darlos) lo pone a través de entrevistas y otras fuentes secundarias. El trabajo es especialmente revelador en el capítulo sobre la trofeo de Hillary Clinton que no pudo ser. En él, retrata un tira y afloja por dar con las palabras exactas entre “dos escuelas de pensamiento”: subrayar el momento histórico de ver a una mujer conquistar la Casa Blanca o centrarse en destinar un mensaje conciliador tras una campaña que se desarrolló a cara de perro. De poseer rebaño Clinton (”la única candidata que dijo ‘lo siento’ en la admisión de su derrota”), Nussbaum tiene claro qué habría sido diverso: “La composición del presente Tribunal Supremo, en el que Trump colocó tres jueces, que están definiendo las reglas de nuestra sociedad: desde las armas, a los derechos de las mujeres”.

Franklin Delano Roosevelt, en 1935 a bordo de un buque de guerra de la Armada.
Franklin Delano Roosevelt, en 1935 a borde de un buque de aniquilamiento de la Armada.

En un país forjado a codazo de discursos históricos, Nussbaum rehúsa quedarse con uno en concreto (aunque sí tiene un redactor protegido: Sam Rosenman, que trabajó para el presidente Franklin Roosevelt). Admite, con todo, que el que dio Abraham Lincoln tras su segunda trofeo electoral, en el que habló 41 días ayer de su crimen de “la requisito de vendar las heridas de una nación dividida”, es “una gran obra literaria increíblemente relevante a día de hoy”. ¿Podría un discurso reconciliar, casi 160 primaveras posteriormente, las diferencias actuales entre los dos Estados Unidos? “Ojalá las palabras conservaran ese poder”, dice. Pero no, no cree que ningún discurso, pronunciado o sin pronunciar, fuera capaz de lograrlo.

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