#El lujo de vaguear: por qué es más difícil para las mujeres #noticias #2022

#El abundancia de vaguear: por qué es más difícil para las mujeres #parte #2022

Rosario Torres dice que “sí”, que está ella “como para pararse ni a pensar”. Con 52 abriles, dos hijas “ya creciditas” pero aún bajo su techo, dos perros “de los que se encapricharon un año ayer de la pandemia”, y su marido trabajando la medio del día —”12 horas, textualmente”—, “cómo cree nadie” que ella puede tener “un solo minuto”. Lo que sí tiene son dos trabajos de honradez y come de camino de uno al otro: “En sinceridad tengo cuatro: los dos que me pagan, la casa y los perros”. Rosario no sabe lo que es tener un ratito para ella, “ni conversar de holgazanear”. ¿Y si dejase alguna de sus tareas un día para hacerla al próximo? “Lo que yo hago todos los días tiene que hacerse todos los días porque nadie más lo va hacer y, si no, estaría acumulando hasta el día que ni duerma”.

Esta mujer que llegó a España desde Ecuador hace más de una término es una de tantas otras que desconocen prácticamente lo que es el tiempo desocupado y cumplen a rajatabla eso de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Eso, tener tiempo para hacer nadie o la capacidad de dejar poco irresoluto, depende de distintas variables socioeconómicas, culturales y familiares como el motivo de residencia, el empleo, si se tiene o no pareja o si se tienen o no hijos. Pero, sea como sea, a ellas les suelen eludir más horas por el frecuente papel de trabajadoras y cuidadoras.

En 2019, el estudio Coste de oportunidad de la brecha de naturaleza en ocio de ClosinGap cifró en 11,1 millones de horas de ocio diarias menos las que tenían las mujeres respecto a los hombres, una hora y 37 minutos por española; poco que aumenta, por ejemplo, en el mundo rural, donde en comparación con ellos, las mujeres dedican dos horas y siete minutos más al día al hogar y la grupo. Es sostener, dos horas y siete minutos menos de poder no hacer nadie.

Laura Sagnier, economista y experta en big data y market intelligence que dedicó casi dos abriles a hacer un prospección sobre qué piensan, qué sienten y cómo están las mujeres en España (Las Mujeres Hoy, Deusto, 2018), recuerda las horas “libres” que contabilizó que tenían las mujeres dependiendo de cada situación básico, lo que ella llamó “frentes”: hijos, parejas, trabajo.

“Con ningún frente, cuatro horas y 18 minutos. Si solo viven en pareja, cinco horas y seis minutos. Si solo tienen hijos, cuatro horas y 18 minutos. Si solo tienen trabajo remunerado, tres horas y 36 minutos. Si viven en pareja y tienen hijos, tres horas y 18 minutos. Si viven en pareja y tienen trabajo remunerado, tres horas y 24 minutos. Si tienen trabajo remunerado e hijos, dos horas y media. Y si tienen todos los frentes, una hora y 54 minutos”, recopila.

Es la doble etapa —trabajo retribuido y no retribuido, el doméstico―, la emplazamiento carga mental —el esfuerzo mental de ordenamiento diaria al que se ven sometidas las mujeres interiormente y fuera del trabajo—, y incluso la autoexigencia, sobre todo en el ámbito sindical, derivada de los estereotipos y la brecha de naturaleza: redoblan esfuerzos para alcanzar los mismos objetivos que los hombres, para demostrar las mismas competencias y, en ocasiones, para no cargar al resto del equipo con un trabajo que ellas pueden admitir.

Una de las viñetas del libro 'La carga mental' (Lumen, 2018), de Emma Clit.
Una de las viñetas del obra ‘La carga mental’ (Lumen, 2018), de Emma Clit.

La forma en la que está estructurada la sociedad hace que las mujeres se desenvuelvan en un mundo en el que el tiempo para ellas suela contar, si junto a, más que para el resto. Y probablemente contribuya a que sean ellas quienes más estrés, ansiedad, depresión y problemas emocionales sufren, incluso quienes más tratamiento toman. Y a más a vida, más diferencia en el consumo entre sexos, hasta asistir a los mayores de 65 abriles.

Según la Averiguación Franquista de Lozanía de 2017 (la última que se hizo), un 34,1% de las mujeres que superaban esa vida (los 65) habían tomado tranquilizantes en las dos semanas previas, frente al 15,4% de los hombres. “Algunos autores indican que la longevo inestabilidad sindical tiene un papel importante. Otros apuntan a la longevo disposición de la mujer a expresar sus síntomas y agenciárselas atención médica en comparación con el hombre”, explicaba a EL PAÍS María Isabel Santos Pérez, autora de un estudio al respecto.

Quim Limonero, catedrático de psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, apunta que en los rasgos de personalidad de las mujeres suele estar más presente la responsabilidad y el cumplimento de las normas, influenciadas por una civilización que les ha encomendado tradicionalmente más tareas y cuidados que a los hombres. “Esto puede incidir en patología mental cuando el cuidado de los demás incide en confiarse actividades que son gratificantes para ellas, poco que suele ocurrir más que entre los hombres, aunque es poco que incluso va cambiando, según las sociedades”, señala.

Rosario vive “agobiada, con la habla fuera”, y con una prescripción de benzodiazepina desde hace siete abriles. Y Amelia, que intenta relacionarse hueco en el mundo del derecho y prefiere no dar su patronímico por “cuestiones profesionales”, las toma desde hace tres abriles, cuando cumplió los 31: “Empecé a no poder adormecerse y a percatar que estaba como mareada todo el día”. Fue a los dos meses de entrar en el despacho de abogados en el que aún trabaja: “En mi mundo o espabilas o te comen, si eres pipiolo y obviamente si eres tía, más. Hago horas como una loca y siempre estoy adecuado”. Eso sí, no tiene hijos ni ninguna otra carga, aunque “lo de poder sostener cualquier día, venga, me voy al cine o a cenar o a una terraza, eso se ha limitado prácticamente a cero”.

Trabajo, más trabajo, poco tiempo o nadie de tiempo, estrés, ansiedad, tratamiento. Solo el hecho de ser mujer ya se considera un ejecutor de aventura para sufrir problemas de lozanía mental. Varios estudios muestran que la probabilidad de padecerlos es para ellas de en torno a un 20%, casi el doble que para los hombres. Las causas de esto son tanto biológicas como sociales. Y, como en buena parte de los problemas de lozanía, es la interacción entre los dos la que hace aflorar o no ciertos trastornos.

En un seminario sobre lozanía mental de la farmacéutica Lundbeck dedicado a la mujer, celebrado la pasada primavera, varios expertos analizaron estos fenómenos. Coincidieron en atribuir a la parte biológica un papel importante, que viene propiciado por las hormonas. Según explicó Armada Díaz Marsá, presidenta de la Sociedad de Psiquiatría de Madrid y jefa de Psiquiatría del Hospital Clínico San Carlos, se pueden observar alteraciones que tienen que ver con los estrógenos y el ciclo reproductivo, que se manifiestan en la adolescencia, postparto, perimenopausia y menopausia.

Pero esto son solo factores que se complementan con los sociales: “De los 45 a los 55 abriles hay una sobrecarga básico importante, es la vida de longevo demanda sindical, con muchos cambios físicos y psíquicos y por ello es el peor periodo en cuanto a este problema y cuando longevo depresión se puede tener”.

Un estudio publicado en 2019 en Revista Sanitaria concluía que el naturaleza, la clase social, los roles familiares y el trabajo realizado fuera y interiormente del hogar y del entorno sencillo pueden constituir una fuente de desigualdades en lozanía mental. El papel de cuidadora contribuye a menudo en los problemas en este plano.

“Cuando una mujer presenta ansiedad, insomnio prolongado, irritabilidad o se autoculpabiliza por ir a trabajar en motivo de cuidar a los niños, no suele plantearse que tiene una patología. En universal, acude tarde al psiquiatra o al médico, suele esperar hasta que la decisión se hace más difícil. Se tiende a ignorar que son problemas de lozanía mental, que son enfermedades que disponen de tratamiento”, reconocía Ana González-Pinto, presidenta de la Fundación Española de Psiquiatría y Lozanía Mental en una entrevista en El Médico Interactivo.

Poder con todo incluso roba tiempo, y lozanía

Las mujeres son, sin secuestro, más resilientes a estos problemas, apunta Javier Olivera Pueyo, psiquiatra Responsable del Software de Psicogeriatría y Medicina Psicosomática del Hospital Universitario San Jorge de Huesca: pese a que tienen más problemas de lozanía mental, se suicidan mucho menos que los hombres, por ejemplo. Y esa resiliencia a la que Olivera hace remisión, se da incluso en lo sindical. Y no siempre es positivo. Ese “yo puedo” deriva en ocasiones en una sobrecarga de trabajo autoimpuesta, aunque viciada por los estereotipos de naturaleza, que es perjudicial tanto a corto como a dilatado plazo.

En una investigación publicada en 2021 del Fisher College of Business, de la Universidad Estatal de Ohio, próximo a la Escuela de Negocios de Harvard, uno de los experimentos fue el hizo en su clase uno de los coautores del estudio, Grant Donnelly. Pidió un trabajo que valía el 20% de la calificación a 103 estudiantes en un curso de negocios de pregrado. A todos se les dio una semana para enviarlo y se les dijo que si lo solicitaban mediante un mail, podían pedir una prórroga de una semana. Lo hicieron el 36% de ellos y el 15% de ellas.

Quien corrigió los trabajos a posteriori fue otro profesor, que no sabía de quiénes eran ni quiénes habían solicitado ese aplazamiento. El resultado fue que quienes habían pedido la extensión, hicieron mejor el trabajo. “Fue su preocupación [la de las mujeres] por sobrecargar a su equipo y regente con más trabajo lo que más predijo la incomodidad de las mujeres al pedir más tiempo. La carga percibida y las emociones como la vergüenza y la desliz explicaron por qué las mujeres experimentaron más incomodidad al pedir prórrogas que ellos”, explica Donnelly a través de correo electrónico.

Los resultados de su investigación muestran que en este dominio específica, “las mujeres deberían solicitar más tiempo” cuando les sea necesario. Generalmente no lo hacen “porque les preocupa que las vean como incompetentes o incapaces de hacer su trabajo de guisa efectiva, pero esta preocupación está sobreestimada. Pedir más tiempo reduce el agotamiento y permite a las mujeres producir un trabajo de longevo calidad”.

Las mujeres están más preocupadas por ser una carga para los demás, por ser buenas compañeras de equipo, tienden a ser más sensibles con las micción de otras personas en comparación con los hombres

Grant Donnelly

Esa investigación, que involucró nueve estudios con más de 5.000 participantes, incluidos adultos que trabajan y estudiantes universitarios, concluyó que “la sensación de tener demasiadas cosas que hacer y no tener suficiente tiempo para hacerlas es una afluencia social que compromete la productividad, la lozanía física y el bienestar emocional” para cualquier persona, sí, pero que tanto su prospección como “investigaciones anteriores muestran que las mujeres experimentan disestrés temporal proporcionalmente longevo que los hombres”.

En parte, la responsabilidad del “longevo agotamiento y estrés en el motivo de trabajo” es de la empatía. Ellas están más “orientadas” a las relaciones: “Más preocupadas por ser una carga para los demás, por ser buenas compañeras de equipo, tienden a ser más sensibles con las micción de otras personas en comparación con los hombres. Sacrifican las suyas propias para atender las de los demás, tanto de forma voluntaria como en respuesta a la presión social”. Son “muy buenas características para ser colega, pero tiene un coste para ellas, socava su bienestar y incluso su desempeño”.

Amelia, la abogada, es “consciente” de que debería “intentar” sacar más tiempo, no solo para ella: “Para mi grupo, mis amigos, mi vida social es casi nula hasta que no llegan las reposo”. Rosario no, a Rosario lo que le gustaría es exacto tener tiempo solo y exclusivamente para ella: “Poder tener flojera de vez en cuando… Mira, sí, que todo el mundo se cuidara solo y cuidar yo solo de mí y poder sostener aunque solo fuera una vez por semana “esto ya lo haré mañana”.

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