#Esto es un safari #noticias #2022

#Esto es un safari #informativo #2022

Hace unos días, Xavier Aldekoa, el corresponsal de La Vanguardia en África, compartió un vídeo en el que se ve a una manada de ñus en un espacio protegido situado en la frontera entre Kenia y Tanzania escapar despavorida de una horda de todoterrenos de por lo menos unos 15 vehículos. Si no fuera por el mensaje que acompañaba el tuit —”el turismo ha vuelto a África”—, reconozco que hubiera sido incapaz de asociar esa imagen apocalíptica, más propia de una película como Mad Max que de Memorias de África, a la que tenía, ingenuamente, de un safari. “Nos merecemos una nueva agonía masiva”; “No tenemos perdón”; “Somos una pandemia”; “Qué especie más asquerosa es el ser humano” son algunos de los más de 2.000 comentarios que ha suscitado el vídeo, compartido por casi 12.000 personas y que ha vuelto a encender las críticas contra la industria turística. “Algunos preguntáis cuál es la opción. Supongo que una combinación: regulación, contorno al turismo de masas, respeto… Pero, a no ser que se haga por sorteo, la límite implica que solo los ricos tengan llegada. Ya ocurre: los permisos para ver gorilas cuestan ya entre 700 y 1.500 dólares”, escribe Aldekoa.

En el tuit llamativo, publicado por Kasale M Mwaana, que se presenta en su perfil como profesor y perturbador establecido en la zona de conservación del Ngorongoro (septentrión de Tanzania), se puede adivinar en suajili: “¿Esto es turismo o es perturbar a la fauna?”. Como me explica el profesor por mensaje privado, los coches alteran la migración anual de los ñus durante su paso por el río Mara desde el parque franquista Serengeti (Tanzania) hasta el parque franquista Maasai Mara (Kenia). Encima del impacto ambiental sobre la biosfera que denuncia igualmente @Qohelethcaleb —”si todos los coches pasan por ese tramo, destruyen el pasto y los animales ya no tendrán de que alimentarse”—, muchos tuiteros originarios de la región lamentan la inacción política —”qué tristeza… el Gobierno tiene que regular e impedir que los turistas puedan acercarse tan de cerca a los animales durante sus migraciones”— y critican el papel de unas autoridades locales que prefieren cerrar los fanales sobre el desastre medioambiental antaño que renunciar a esa fuente de ingresos: “Se negociación de ocasionar peculio, pero esto va más allá de cualquier contorno. Que se regulen y controlen estas actividades”.

La indignación que ha causado esta traducción 2022 del safari recuerda el estupor que generó en 2019 ver a 200 personas apiñadas a casi 9.000 metros de pico en el techo del mundo. La fotografía del obstáculo en el Everest, del escalador nepalés Nirmal Purja, retrata como pocas cosas la capacidad del ser humano, en un mundo capitalista, de cambiar en una distopía cualquier actividad o avance social. “El turismo es lo que hace el capitalismo con el ocio. Convertir cualquier correctamente cultural y paisajístico en un producto y exprimirlo hasta arrasarlo y desproveerle de su esencia”, estima un tuitero.

No es el único. Este verano, las quejas de ciudadanos que se sienten desposeídos de sus ciudades transfiguradas por la masificación turística han fielmente inundado Twitter. Desde Herrera de Ibio, un pueblo de Cantabria de poco más de 200 habitantes cuyos vecinos han colgado un cartel pidiendo respeto a los visitantes, hasta la ultramasificada Barcelona, donde los vecinos han llenado de pintadas contra los turistas el intramuros de Gràcia durante sus concurridas fiestas, ningún oportunidad parece librarse de un aberración demasiado productivo para imaginar que algún día pueda detenerse, pese a los esfuerzos aquí y allá para regularlo y humanizarlo.

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