#Excavando el archivo del descubridor de la tumba de Tutankamón: las otras “cosas maravillosas” del mayor hallazgo arqueológico de la historia #noticias #2022

#Excavando el archivo del descubridor de la tumba de Tutankamón: las otras “cosas maravillosas” del maduro hallazgo arqueológico de la historia #noticiero #2022

Carter y un trabajador egipcio sacan un trozo de un lecho de la tumba de Tutankamón, en febrero de 1923 mientras los retrata otro miembro del equipo, probablemente Lord Carnarvon.
Carter y un trabajador egipcio sacan un trozo de un capa de la tumba de Tutankamón, en febrero de 1923 mientras los retrata otro miembro del equipo, probablemente Lord Carnarvon.Griffith Institute

Se hace raro alucinar en dirección a el boreal en rastreo de Tutankamón. La tumba del faraón está en ingenuidad muy al sur, en Luxor (Egipto), al igual que su momia, mientras que la inmensa mayoría de los objetos enterrados con él, las famosas “cosas maravillosas” que incluyen iconos como la máscara de oro, han tenido su hogar tradicionalmente en el Museo Egipcio de El Cairo (hasta que se inaugure el nuevo Gran Museo Egipcio en Giza). Pero hay un inesperado fisco de Tutankamón septentrional, menos rutilante aunque todavía muy fascinante: el archivo del descubridor de su tumba, Howard Carter.

La documentación arqueológica del hallazgo reunida por el investigador Carter (Londres, 1874-1939) incluye mapas y planos, minuciosas fichas de los millares de objetos (5.300 inventariados), fotografías, diapositivas y las notas, los dibujos y los diarios personales y de excavación, así como otros materiales (cartas privadas, telegramas, recortaduras de prensa) que contextualizan el descubrimiento y constituyen una fuente de información inusual. Donado al Griffith Institute (el centro para la Egiptología de la Universidad de Oxford) por la heredera de Carter (el descubridor ni se casó ni tuvo hijos), su sobrina favorita, Phyllis Walker (1897-1977), el fondo, enriquecido por otras donaciones como las del Metropolitan Museum de Nueva York, protagoniza ahora una interesantísima y oportuna exposición en la Biblioteca Bodleiana (Bodleian Library) de la ciudad.

Tutankamón: excavando el archivo (hasta el 5 de febrero de 2023, entrada autónomo), invita a sumergirse en la documentación para “ver más allá” de los tesoros dorados del fresco faraón y explorar de primera mano, día a día, la complejidad del descubrimiento en el año del centenario del mismo, que se cumple el 4 de noviembre. La exhibición muestra cosas tan emocionantes como la primera mención escrita de Carter del hallazgo. “First steps of tomb found” [primeros escalones de tumba hallados], anotó a lapicero transversalmente, transmitiendo un incontenible entusiasmo. La inscripción ocupa toda la página correspondiente al sábado 4 de noviembre de su memorándum para 1922 (una de las libretas de faltriquera de la marca Lett’s Indian and Colonial Rough Diary que usaba para registrar sus actividades en los ocho meses de trabajo que pasaba cada año en Egipto). Era el cuarto día desde que había empezado la última temporada de excavaciones, pues el bienhechor de Carter, Lord Carnarvon, había decidido no seguir pagando la concesión para trabajar en el Valle de los Reyes.

Por otra parte de explicar detalladamente el grande hallazgo, su mejora, pormenores, miserias (se reconoce que Carter y Carnarvon mintieron al opinar que no habían represión toda la tumba el primer día y que sustrajeron algunos pequeños objetos), polémicas (el hallazgo coincidió con la proclamación de la independencia de Egipto y el cambio en la política del país premeditadamente de sus antigüedades) y leyendas (la popular “maldición”), la exposición reconoce muy deportivamente (estamos en Oxford) los defectos de la arqueología colonial europea de la época y reivindica el papel esencial de los tradicionalmente silenciados y olvidados profesionales y obreros egipcios, que fueron indispensables en el descubrimiento e investigación de la tumba de Tutankamón. Los egipcios (incluidos muchos niños trabajadores) aparecen en numerosas fotos de la excavación y vaciado de la tumba sin que se pueda asimilar quiénes eran, reducidos a la condición de comparsas anónimos y exóticos. Raramente eran mencionados y su papel se subestimaba en los informes oficiales. Ahora, la investigación en los archivos “está permitiendo devolver a los egipcios su papel en las excavaciones”, y “reparar el error”.

Burros en oportunidad de taxis

Recuerda especialmente todavía la muestra el olvidado papel de las mujeres que participaron en la empresa, como la esposa del fotógrafo Harry Burton (autor de las famosas fotos del proceso de investigación de la tumba), Minnie, que estuvo en Luxor, ayudó a su marido y llevó un diario personal que constituye una valiosa fuente de información y del que se exhiben páginas. En un pasaje recuerda la emoción de pasarse la tumba mientras la vaciaban y cómo Carter le envió un zote a buscarla a casa como quien te envía un taxi.

Dibujo de Carter de piezas de carros de la tumba de Tutankamón.
Dibujo de Carter de piezas de carros de la tumba de Tutankamón.Griffith Institute

Conseguir a Oxford en rastreo de Tutankamón, aunque sea en autocar y no en zote, tiñe todo el delirio de una extraña ámbito egipcia. Los milanos divisados en ruta sobre la campiña inglesa evocan las aves que sobrevuelan los cielos prístinos del país del Nilo y que, revestidas de divinidad, aparecen representadas en templos y tumbas faraónicos. Además están presentes en las pinturas de Carter (como la acuarela de 1895, que se muestra en la exposición, de un duro de la capilla de Anubis en el templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari). El descubridor era un excelente dibujante que llegó a la arqueología precisamente gracias a su capacidad artística.

En la ciudad universitaria, el museo Ashmolean vigilante una extraordinaria colección de antigüedades egipcias, con objetos como las grandes estatuas del itifálico dios Min ―que parecen excitarse delante la visión de un sensual estatua de Antinoo, el querido de Adriano reprimido en el Nilo―, una impresionante habitante de piedra de cocodrilo, los preciosos ataúdes y la momia del sacerdote tebano Djed-djehuty-iuef-ankh (“el dios Toth dice que él viva”) o las piezas de Amarna, que guardan tanta relación con Tutankamón pues representan a su tribu (Akenatón, Nefertiti y las princesas) y personas y lugares que él vio en vida. Si luego de pasarse la exposición del archivo en la Biblioteca Bodleiana uno siente la indigencia de valer a ver objetos arqueológicos egipcios, el Ashmolean está muy cerca (se expone asimismo la colección de ostracas del egiptólogo Alan Gardiner, que colaboró con Carter). Viajando bajo la advocación de Tutankamón y su tumba, Oxford aparece todavía saciado de evocadores cementerios. Desde el de la monasterio de San Giles al sucio (excepto por los duendes) del boreal de Walton Street, pasando por el de la iglesia de María Desconsolada en pleno centro de la ciudad con sus cruces y cornejas y la inscripción “the tomb is empty” [la tumba está vacía] que habría desesperado a Howard Carter.

Sarcófago de Tutankamón.
Sarcófago de Tutankamón.AMR NABIL (AFP)

La exposición de la Bodleiana ocupa la sala Treasury de la biblioteca y es pequeña, como la tumba de Tutankamón, pero igualmente llena de riqueza (documental). Consiste en una veintena de vitrinas en una conveniente ámbito de penumbra y ocultación. Hay que sumergirse en ella e ir extrayendo la información con voluntad de arqueólogo.

En un preámbulo, se ofrecen datos sobre el reinado del fresco faraón y se recalca que su crimen fue inesperada y su entierro hubo de ser improvisado, lo que explica muchas de las características inusuales del mismo. Además que la tumba, quizá reutilizada, permaneció sustancialmente inviolada (fue visitada por ladrones poco luego de su pestillo, pero no accedieron a la momia y el sepulcro volvió a ser reordenado y resellado de forma que Carter se encontró con un circuito prácticamente casto). Hay que destacar que en un plafón se dice que el cuerpo de Tutankamón está aún en el sarcófago en la tumba, cuando hace primaveras ya que se lo sacó de allí y se exhibe en el mismo circuito, pero en una moderna caja climatizada instalada en la recibidor.

Obsesión por la tumba

El represión empieza con el momento culminante del hallazgo anotado en la taco de Carter para retroceder a la historia del propio descubridor, de compleja personalidad, antiguamente del hito. Una foto lo muestra a los 19 primaveras, la misma momento de Tutankamón al caducar. Una carta de 1892 del gran egiptólogo Flinders Petrie, que lo llevó con él a Egipto, recoge una opinión negativa acerca del fresco: “Su interés está en la pintura y la historia natural (…). No me sirve como excavador”.

Sigue un espacio dedicado a “la larga búsqueda” desde que Theodore Davis proclama en 1913 que el Valle está fatigado y deja la concesión para excavar, que es adquirida por Carnarvon, quien contrata a Carter, obsesionado con la idea de que queda una tumba para advertir: la de Tutankamón. Es emocionantísimo contemplar un planisferio de su propia mano con las excavaciones entre 1917 y 1922, con la tumba aún sin emplazar, allí, esperando en la arena bajo los restos de las antiguas cabañas de los trabajadores del vecino sepulcro de Ramsés VI que la tapaban. Y entonces, el momentazo del hallazgo y la primera entrada en la tumba, el 26 de noviembre, Carter, Carnarvon, la hija de este y algunos más, en dirección a las cuatro de la tarde.

Una página del diario de excavación de Carter, en papel cuadriculado, con agujeros de anillas, contiene el relato de ese Gran Momento de la arqueología, con todo su suspense, de los propios puño y pagaré del descubridor. El agujero en la puerta, la vela introducida, y Carnarvon: “¿Puede ver poco?”. La respuesta, según anotó Carter, no fue la famosa frase “sí, cosas maravillosas” (que luego puso en publicaciones posteriores), sino la menos dramática “sí, es maravilloso”.

Comenzaba una asombrosa aventura científica que duraría 10 primaveras, hasta diciembre de 1932, lo que se tardó en pincharse la tumba. Carnarvon falleció el 5 de abril de 1923 sin entrar a ver la tolerancia del sarcófago y la momia de Tutankamón, que no fue examinada hasta el 11 de noviembre de 1925. Una carta de Carter a Gardiner describe algunos de los objetos emblemáticos observados en la recibidor: carros, lechos con extrañas formas de animales, dos figuras a tamaño natural de guardianes… “So far, it is Tutankhamun” [por el momento es Tutankamón].

Tres trabajadores egipcios desmontan el muro entre la antecámara y la cámara funeraria de la tumba de Tutankamón.
Tres trabajadores egipcios desmontan el pared entre la recibidor y la cámara funeraria de la tumba de Tutankamón.HARRY BURTON

Fotos (las de Burton son “las más famosas imágenes arqueológicas nunca tomadas”, recuerda la exposición) y dibujos de las distintas estancias de la tumba y los objetos tal como estaban al ir explorando los investigadores el circuito permiten sentirse transportado a los momentos fundamentales del descubrimiento. Se explican en la muestra los retos de conservación a los que se enfrentaban los arqueólogos y las soluciones inventadas para preservar los objetos. Además se documenta el complicado sistema de raíles para trasladar en vagonetas el contenido de la tumba hasta el río y embarcarlo rumbo al museo.

Especialmente emotivo es un retrato a gran tamaño de un caprichoso egipcio secreto fotografiado en 1927 por Burton luciendo uno de los collares de Tutankamón para ilustrar la forma de portar el ornamento. Abriles luego, Hussein Abd el Rasul, de la célebre tribu de Qurna (que incluye como ancestros a los famosos saqueadores), se identificó él mismo como el retratado. La exposición recuerda que “muchas historias se han contado sobre la imagen y quién fue el pequeño y cuál fue su papel en la excavación”. Un congregación de colegiales egipcios pasaba el otro día frente a la foto escuchando muy atentos las explicaciones de sus profesores. La muestra deplora la histórica desatiendo de inspección a los egipcios que trabajaron en la tumba, algunos de cuyos nombres y personalidades no obstante han llegado hasta nosotros gracias a la agradecida mención de ellos que hizo Carter en sus escritos, como el rais (capataz) Ahmed Gerigar y sus colegas (nombrados todos en la muestra) Gad Hassan, Hussein Abu Awad y Hussein Ahmed Said.

Dibujo de Carter de los objetos situados en la antecámara de la tumba de Tutankamón.
Dibujo de Carter de los objetos situados en la recibidor de la tumba de Tutankamón.Griffith Institute

La exposición hace autocrítica todavía de la arqueología británica al rememorar la disposición patrimonial y la búsqueda del beneficio, sobre todo de Lord Carnarvon. Se sugiere que el relación sensacionalista de la maldición (se exhibe un delicioso telegrama amarillento de 1923 enviado a “Carter Tutankamón Tebas” desde Dublín advirtiéndolo de que si los problemas continúan ha de resellar la tumba) fue en parte una venganza de los medios postergados por el acuerdo de exclusividad del aristócrata Carnarvon con The Times. La muestra incluye algunos objetos que reflejan la popularidad de Tutankamón tras su descubrimiento, como un muestrario de mesa de 1923 o un disco de canciones,

El archivo, que se sigue enriqueciendo y que ha sido digitalizado para su consulta abierta (www.griffith.ox.ac.uk), constituye una fuente de trabajo valiosísima para completar el estudio del material de la tumba, una actividad que Carter dejó inacabada.

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