#Fer y Rubén: “Éramos los mejores amigos y los mejores socios, pero ya no éramos un matrimonio” #noticias #2022

#Fer y Rubén: “Éramos los mejores amigos y los mejores socios, pero ya no éramos un himeneo” #noticiero #2022

Este artículo empieza hace mucho. En 2009 fui a la boda de Rubén Paz y Fernando Fernández, una pareja de amigos que conocía desde hacía varios primaveras y que habían puesto en marcha, desde muy jóvenes, varios locales de copas de éxito en Pontevedra: The Fly, La Juguetería, PTV. En cuanto supe que este verano mi compañera Natalia Junquera y yo repetiríamos la serie de historias de inclinación, pensé inmediatamente en ellos. Llevaban, que yo calculase, unos 20 primaveras de relación, y no sólo: compartían vida personal y profesional, 24 horas juntos, siete días a la semana. Se casaron no sólo en 2009 sino incluso en 2018 en Las Vegas y en 2019 renovaron sus votos. ¿Cuál era el secreto?

El primer fin de semana de julio, en Pontevedra, me encontré por la calle a Fer. Le conté la idea. Me dijo que, desgraciadamente, él y Rubén habían roto unas semanas a espaldas, y que no estaban por la trabajo. Esa misma tinieblas me llamó. Lo había estado pensando, dijo, y la suya había sido una historia de inclinación que una ruptura no podía estropear. “Duró mucho y fue atún, y estamos muy orgullosos de que fuese así. Las historias de inclinación, porque se acaben, no dejan de serlo”.

Se conocieron en 2002 en un pub de hábitat de A Coruña. Rubén bailaba en una tarima y Fer se fijó en él. Se enrollaron esa tinieblas. “No fue ausencia romántico, el rollo de una tinieblas, solo que esa tinieblas duró más de dos décadas”, me empezó a contar Fernando hace unos días en una terraza del centro de Pontevedra. Está solo. Ha hablado con Rubén, que, más introvertido, prefiere no participar en el artículo, aunque accede a que Fer lo haga.

Fer y Rubén, en una foto cedida por la pareja: “Somos excesivamente atrevidos y emprendedores, y nos volcamos en lo que nos obsesiona. Nos obsesionó pronto el trabajo, y nos complementamos a la perfección".
Fer y Rubén, en una foto cedida por la pareja: “Somos excesivamente atrevidos y emprendedores, y nos volcamos en lo que nos obsesiona. Nos obsesionó pronto el trabajo, y nos complementamos a la perfección».

Fer, cuando se conocieron, estudiaba Bellas Artes en Pontevedra, y Rubén trabajaba en A Coruña. Fue intenso todo desde el principio: se veían casi todos los fines de semana. Y surgió, pronto, la oportunidad de trabajar de encargados de un pub de hábitat de Pontevedra, Bolboreta. Ayer, recuerda Fer, estuvieron viviendo en Londres: “Me dieron una prebenda y estuvimos allí cinco meses. Él se morapio conmigo. Alquilamos una habitación, estuvimos en Kingston. Y cuando volvimos fue cuando empezamos a trabajar”. En 2007 montaron su primer nave, un sitio que pronto se convirtió en simbólico en Pontevedra: The Fly. Pronto averiguaron que las mismas sinergias que funcionaban con el inclinación, lo hacían con los negocios.

“Somos excesivamente atrevidos y emprendedores, y nos volcamos en lo que nos obsesiona. Nos obsesionó pronto el trabajo, y nos complementamos a la perfección. El primer año del Fly fue una alienación de facturación y decidimos totalizar un segundo nave: La Juguetería, que incluso fue como un tiro y decidimos totalizar un tercero con dos socios más, el Leblanc”, cuenta Fer. La crisis hundió la tinieblas de una forma que Fernando resume así: “Lo que facturamos asiduamente un martes era lo que estábamos empezando a facturar un sábado. Con lo cual teníamos tres locales en crisis. Tres alquileres, tres facturas de luz y agua, tres locales con sueldos”. Reaccionaron saliendo de uno de los locales y adaptando la osadía de uno para que funcionase más durante el día. Fue un pepinazo. Y poco a poco empezaron a descubrir que esas sinergias tan productivas en el trabajo empezarían a desgastarlos en su relación.

“Teníamos un hándicap”, dice Fer: “todos nuestros amigos eran comunes. ¿Eso qué significa? Que yo no tenía mi propia pandilla y él la suya, sino que teníamos la misma. Cuando hacíamos planes, los hacíamos todos juntos”. Tras su etapa en la tinieblas, se reinventaron y montaron una empresa de ordenamiento de bodas, El mico con sombrero. Si empezaba a poseer crisis entre ellos, ahí se agravó un poco. “Empezó a quemarnos a nivel estrés. El masa de trabajo era mucho. Y es un trabajo en el que no tienes un horario, que no descansas, que llegas a casa y sigues hablando. Y eso, en mi opinión, nos desgastó de verdad: que nuestras conversaciones fuera del trabajo se ciñesen incluso sobre el trabajo. Ideas que teníamos, proyectos que podíamos poner en marcha, perfeccionarlo todo”, cuenta Fer: “No podíamos montar a casa y preguntarnos ‘¿qué tal estás?’, porque llegábamos a casa juntos y habíamos estado el día juntos. Quiero afirmar: no nos contábamos el día”. Si hacían un delirio, trabajaban inconscientemente. En Nueva York, visitaban una coctelería y se fijaban en lo que estaban correctamente y en lo que no, en las ideas que podían utilizar para sus negocios. “Somos adictos al trabajo, los dos”, concluye Fer. “Nuestro trabajo nos encanta y siempre fue nuestra pasión. Y cuando nos ha ido correctamente en poco, pensábamos en totalizar otra cosa”

Fer y Rubén, en una foto cedida por la pareja: “Teníamos un hándicap”, dice Fer: “todos nuestros amigos eran comunes. ¿Eso qué significa? Que yo no tenía mi propia pandilla y él la suya, sino que teníamos la misma. Cuando hacíamos planes, los hacíamos todos juntos”.
Fer y Rubén, en una foto cedida por la pareja: “Teníamos un hándicap”, dice Fer: “todos nuestros amigos eran comunes. ¿Eso qué significa? Que yo no tenía mi propia pandilla y él la suya, sino que teníamos la misma. Cuando hacíamos planes, los hacíamos todos juntos”.

El mico con sombrero fue un esplendor. “Nos consideraron de las cinco mejores empresas a nivel mundial como wedding planner. Salimos en revistas internacionales, nos empezaron a gritar muchos clientes de fuera”, cuenta Fernando. Hoy en día tienen dos grandes restaurantes con varios ambientes frente al mar, Los tres monos, uno en Samil (Vigo) y otro en Aguete (Marín), que fue el primero y alcanzó rápida éxito por cobrar visitas como la de Dulceida, una de las influencers con más seguidores en Instagram de España. Los restaurantes van rumbo en popa. La carga de trabajo se multiplicó. Hubo un momento en que, en medio de esa tumulto, Fer quebró. Le diagnosticaron un cuadro depresivo, le recomendaron desconectar, le dieron una quebranto con la que sigue —aunque no puede evitar seguir irresoluto del restaurante del que él se ocupa— y se marchó diez días a Barcelona a airearse. “La posibilidad de la separación surgió hace tiempo hablando con mi terapeuta, y me dijo que no era el momento oportuno para tomar decisiones importantes porque yo no estaba correctamente como para animarse poco tan heavy. Pero bueno: se mascaba la tragedia. Los dos sabíamos que ya no era lo mismo, que éramos los mejores amigos del mundo, los mejores socios del mundo, que remábamos en la misma dirección, que nos apoyábamos y nos teníamos para todo, pero que eso ya no era un himeneo”.

¿Alguna vez, o cuántas veces, desde que empezaron su relación tuvieron problemas por ser homosexuales? “Los hubo, sí. A mí incluso en la mesa de un nave me dejaron escrito con la llavín ‘maricón de mierda’. Pero siempre pasé muchísimo del tema. Todavía es verdad que Rubén y yo tan pronto como nos damos nunca muestras de cariño en conocido. Si yo estoy aquí con mi marido y me doy un beso o un morreo, y la señora de al banda me mira con asco, me hace distinguir mal, me jode el día. Para evitar conflictos, para no sentirnos mal o para no dar una mala contestación. Esto que te relación es una putada pero lo hacíamos así. Es verdad que siquiera somos una pareja muy empalagosa”.

Cuando Fernando volvió de los días que pasó en Barcelona, la ruptura se hizo certificado. “Fue como si de repente, al estar separados, pudiésemos resistir otra vida, con más confianza. Lo percibí en Rubén. Todo había cambiado”. Viven separados, siguen hablando a diario (siguen siendo socios) y Fer siquiera se atreve a pensar en lo que ocurrirá en el futuro. “Rubén y yo siempre nos amamos. Éramos los que siempre nos dábamos a los dos el cacho de filete más noble. Cuando él tenía fiebre y estaba pachucho, yo prefería ser el que estuviese pachucho y tener fiebre para no verlo mal. Y él lo mismo conmigo”.

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