#Ganador de clase media: así es el estilo de Rafa Nadal #noticias #2022

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El pasado domingo el tenista mallorquín hizo algo que domina: mancharse de tierra batida y levantar el trofeo que lo convierte en vencedor de Roland Garros. Antes de esa tarde ya lo había hecho 13 veces más. La Historia (y Google) cuentan que la primera, con 19 años, vistió una camiseta verde lima de manga sisa, unos pantalones pirata blancos y cinta en el pelo à la Karate Kid: su manifiesto estético fundacional, la imagen que perduraría durante años. El mallorquín llegó arrasando a un mundo de corrección estilística solo agitada antes por Agassi. Ahora ha ganado la Copa de los Mosqueteros y es el tenista más longevo en hacerlo y eso ya no ha sido un triunfo, sino una gesta. Lo cambia todo. ¿Cómo se viste alguien para pasar a la posteridad? Si es Nadal, sin darle excesiva importancia. El pasado domingo eligió una versión adulta de lo que llevó aquel día de 2005 que venció a Mariano Puerta. La camiseta, también de color vivo, ahora lleva su nombre: la NikeCourt Dri-FIT ADV Rafa.

Entre esos dos triunfos en París han transcurrido 17 años. El mundo ha cambiado: en 2005 no existían Instagram, Google Maps ni Netflix. Pero la querencia de Nadal por los colores y su fe en sí mismo han permanecido inalterables. Sus rivales, Djokovik o Federer, han cultivado un estilo consistente, él ha ido cambiando; también ha ido cumpliendo años. Hace tiempo que abandonó la sisa en las citas importantes, estrechó la ropa y se cortó el pelo y los piratas. Ha perdido originalidad (lo único que ha ido perdiendo en estos años) a favor de una silueta más uniforme y técnica que anima con golpes de color: este año ha elegido el magenta en el Open de Australia, naranja en Indian Wells. La ropa es secundaria, pero útil y distintiva. Eso también lo comparte con Isabel II. Solo se permite bajar la guardia cromática en Wimbledon, donde es obligatorio competir de blanco desde final del siglo XIX, cuando se decidió era una buena manera de disimular las marcas de sudor. En Londres Nadal se federiza y resulta desconcertante verle así.

Rafael Nadal en la pista de Roland Garros en mayo de 2005.CHRISTOPHE SIMON (AFP via Getty Images)

La rivalidad entre ambos tenistas era más interesante si Nadal viste de Nadal y Federer de Federer. David Foster Wallace, gran aficionado al tenis, dedicó un artículo a su mítica final de Wimbledon de 2006, que incluyó en su libro El tenis como experiencia religiosa. Él, que no ocultaba su debilidad por el suizo, escribió que en ese partido se enfrentaban: “Dionisio y Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo”; es fácil imaginar quién es cada cual. En unos días en los que solo cabe la hagiografía cuidadosa esta frase resulta incómoda, pero habla de dos estilos de tenis que arrastran dos estilos en el vestir. Mientras Federer parece salido de Match Point o un lord inglés que juega en la pista de su manor en Somerset sin sudar una gota, Nadal derrocha competitividad y humedad y no tiene la más mínima intención de ser lo que no es solo porque otros lo sean.

Él es un tipo apegado a sus rutinas y a sus tics, que se ha alojado durante años en Paris el mismo hotel talismán donde durmió el año de su primer triunfo y que repite aquello que le da suerte. Su forma de vestir en la cancha es, en superficie, enérgica, pero esconde decisiones estratégicas y manías; esa es también su forma de jugar: razón, corazón y tripas. Tras sus decisiones estéticas, que también lo son deportivas, está Jordi Robert (Tuts) el puente entre él y Nike. La ropa no puede distraerle de su oficio; además debe ser visto por el público, el rival y en fotos: tiene que dar espectáculo y en eso también se parece a Su Graciosa Majestad.

Rafa Nadal en el Open de Australia el pasado enero.
Rafa Nadal en el Open de Australia el pasado enero.picture alliance (dpa/picture alliance via Getty I)

Su estilo fuera de la cancha es inocuo. Con la raqueta en la mano Nadal quiere ser visto; sin ella, no tanto. Viste como un chico que quiere hacer las cosas bien (o mejor, muy bien) y eso es puro Nadal. Cuando pasea por Palma lo hace en bermudas y cuando acude a alguna fiesta con americana oscura y camisa blanca y, si el protocolo obliga, con smoking. El lunes posó con la Torre Eiffel de fondo con el trofeo de vencedor y lo hizo con un polo blanco y tejanos, uniforme conservador e irreprochable. John Carlin escribió en EL PAÍS, en Viaje al cerebro de una máquina que “el tenis es un deporte de clases medias”.

Nadal viste como un chaval de clase media que juega al deporte que le corresponde. No hay distorsión en la comunicación: con esa ropa el mensaje llega intacto. A lo largo de su carrera deportiva se ha relacionado con marcas como Brunello Cucinelli, que lo vistió en su boda o Tommy Hilfiger, de la que fue imagen. Hoy a Nadal le viste Nike, y Nike alimenta a Nadal, pues tiene su propia línea. El perfil es bajo, no hay sorpresas, las guarda todas para la pista: es milagroso que alguien con su edad y su historial de lesiones siga, no solo en activo, sino ganando tanto. Sus logros son tan delirantes que no parece un deportista, sino un hombre con una misión. En eso también se parece a la Reina de Inglaterra.

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