#Gustavo Petro: la victoria final #noticias #2022

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Gustavo Petro se ha convertido en el primer presidente de izquierdas de la historia de Colombia. Llega de la mano de Francia Márquez, la primera vicepresidenta negra. El candidato del Pacto Histórico se presentaba por tercera vez a presidir un país manejado siempre por la élite conservadora, que ha intentado de nuevo frenar su ascenso, pero el deseo de cambio ha sido mayor. Colombia entra en una nueva era política.

“No es un cambio para vengarnos, no es un cambio para construir más odios, no es un cambio para profundizar el sectarismo en la sociedad colombiana”, fueron sus primeras palabras como presidente electo. Recordó que días atrás propuso un acuerdo nacional para dejar atrás las rencillas pasadas y por eso dijo que invitará a la Casa de Nariño (la residencia presidencial) a Álvaro Uribe, su mayor rival histórico, y a Rodolfo Hernández, el derrotado. “No es matarnos los unos a los otros. Es amarnos los unos a los otros”, añadió.

Ellos también le tendieron la mano. “Para defender la democracia es menester acatarla. Gustavo Petro es el Presidente. Que nos guíe un sentimiento: Primero Colombia”, escribió Uribe en Twitter. Hernández aceptó con deportividad la derrota y lo llamó por teléfono para ofrecerle su apoyo para cumplir con las promesas de cambio por los que votó el país. “Colombia siempre va a contar conmigo”. El actual presidente, Iván Duque, hizo lo propio a pesar de las desavenencias entre ambos: “Acordamos reunirnos en los próximos días para iniciar una transición armónica, institucional y transparente”.

El mundo no se acabó este domingo, como algunos colombianos temían. Las elecciones se celebraron en paz, no hubo fraude y el perdedor reconoció de inmediato su derrota. La institucionalidad colombiana a veces se tambalea, pero nunca se quiebra. La llegada de Petro al poder empezó a gestarse con los acuerdos de paz de 2016, cuando las Farc dejaron las armas y se reintegraron en la vida civil. Sin el gran ogro que deslegitimaba con su violencia las posiciones de izquierdas, se abría el camino de que una opción progresista pudiera gobernar en un país de corte tradicional.

Por eso sus primeras palabras las dedicó a espantar cualquier miedo de los que le temen, que no son pocos. Aunque también se dirigió a los que le han traído hasta aquí, los excluidos. Pidió al fiscal general de la nación la libertad de los jóvenes detenidos por las protestas del año pasado y que restituya a los alcaldes destituidos por haber hecho campaña por él. Aseguró que, bajo su mandato, eso no ocurrirá. “Habrá oposición indudablemente, y quizás férrea, y quizás tenaz, y quizás no la entenderemos muchas veces”, dijo Petro. “Pero en este gobierno que se inicia nunca habrá persecución política ni jurídica”.

Por el camino, Petro ha derrotado a la derecha y el continuismo, personificados, en la primera vuelta, por Fico Gutiérrez. Si eso no fuera suficiente, en la segunda vuelta ha tenido enfrente a Rodolfo Hernández, un empresario de bienes raíces con un discurso agresivo contra la corrupción y la clase política dominante. Hizo de la rudeza y lo elemental un capital de simpatía política. Hernández llegaba subido en un motor populista que parecía imparable. El propio Petro no supo cómo enfrentarlo durante la primera semana de la segunda vuelta. Al final, su estrategia fue poner el foco en Hernández y sus defectos de hombre impulsivo y agresivo. El resultado le ha dado la razón.

La campaña ha sido agotadora. Petro contra todos, nuevamente. Fico recibió el apoyo de los empresarios y los partidos tradicionales. Esa era su fuerza y acabó siendo su lastre. El continuismo, lo mismo de siempre, había nacido muerto. La ciudadanía exigía un cambio. Lo representaba Petro desde la izquierda, pero la sociología falló al no saber interpretar que el descontento no es solo un asunto progresista. Muchos de esos descreídos han apoyado a Rodolfo Hernández.

Petro, de golpe, tenía que enfrentarse a alguien cuyo motor de ascenso era el mismo que el suyo. El político, acostumbrado a ir a la contra, tuvo que modificar el discurso. Frente a un hombre que desconoce algunos de los funcionamientos básicos del Estado, que considera toda la burocracia un lastre, Petro quiso representar el cambio sensato, no el salto al vacío. Partió en desventaja al arrancar la segunda vuelta porque Hernández se subió a la ola de la novedad. Todo lo que se empezaba a conocer de él resultaba sorprendente y atractivo. Hizo una fortuna valorada en 100 millones de dólares desde un pueblito, Piedecuesta, situado en un rincón del país. Ganó la alcaldía de la capital de su región, Bucaramaga, sin el apoyo de ningún partido, solo con su capital y las ideas de un hermano menor filósofo. El discurso era simple: el sistema estaba corrompido y él iba a hacer una limpia, como si fuera un personaje de Gotham. La mayoría de las obras las hizo en los barrios pobres. Instaló canchas de fútbol sintético con pantallas gigantes y televisión por cable para que los más humildes pudieran ver los partidos del Mundial. Cuando abandonó el cargo en 2019, su popularidad superaba el 80%.

Ahora, Petro tenía enfrente a esta ola populista que hunde sus raíces en el mismo sentimiento de descontento con el poder establecido que hizo presidente a Donald Trump en Estados Unidos, que propició el Brexit, el no a la paz en el referéndum colombiano y el ascenso de la extrema derecha en Europa. Después de acabar con las opciones de sus enemigos históricos, Petro tenía que enfrentarse al momento histórico. El más difícil todavía. La primera semana de campaña se veía derrotado. Hernández empezó a puntear por encima del 50% en casi todos los sondeos. La petrofobia, el miedo irracional a su llegada al poder y a todo lo que huela a izquierda, se imponía. Hernández, encima, resultaba un candidato simpático y novedoso.

Eso significaba verlo más de cerca. Empezaron a circular vídeos de sus salidas de tono. Comentarios machistas, homófobos y racistas. En un principio, viendo los sondeos, para parte de su electorado no eran posturas necesariamente negativas. Hartos de la corrupción política, Hernández decía en público lo que muchos pensaban en privado. La mujer no estaba hecha para gobernar; los inmigrantes venezolanos son fábricas de crear niños pobres. Se volvió a viralizar un vídeo en el que golpea a un concejal de la oposición. En un programa de televisión blasfemó contra la virgen y eso sí le costó un disgusto: se ha pasado la última semana visitando santuarios con gesto de contrición.

La campaña se le empezó a hacer larga. Los vídeos que salieron sobre las discusiones de los asesores de Petro le dieron un respiro. Esas grabaciones no incluían lo que los asesores de Petro llaman hecho traumático: un clip en el que se viera decir algo delictivo o alguna salida de tono grave. Las imágenes son de sus asesores hablando sin rodeos de cómo destruir la imagen de sus adversarios. No revelaba nada que alguien no se imagine tras bambalinas, pero expandió un manto de sospecha sobre la campaña. Ahí Hernández empató la contienda y ambos candidatos enfilaron la última semana hombro a hombro.

Llegó el debate fantasma. Petro, hábil en la discusión, quería un frente a frente con Hernández. Los estrategas del exalcalde de Bucaramanga no iban a exponerse a algo así: su candidato es sanguíneo y malhablado y pierde la compostura con facilidad. Un tribunal de Bogotá les ordenó organizar un cara a cara. Petro lo celebró, Hernández se escondió. Eso golpeó su imagen de hombre arrojado sin miedo a nada. Se popularizó un meme en el que se le veía oculto debajo de la cama.

Así, Petro enfrentó con ventaja la recta final. “Ganamos”, anunciaba su jefe de campaña al cierre de las urnas. El conteo le dio la razón una hora después. Las urnas arrojaron su victoria final. Y acabó el discurso como llevaba ensayando en sus mítines desde hace dos meses: “Soy Gustavo Petro y soy su presidente. Les quiero mucho”.

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