#La 14 de las diosas y el pueblo #noticias #2022

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Cuando en invierno de 2014 escuché por primera vez la música que RedOne había compuesto para el Real Madrid, y a la que debía poner letra, el productor marroquí dijo que esa canción, la “canción de la Décima”, sonaría bien en cualquier parte, pero nunca tan bien como cuando se celebrasen los títulos de Champions. Yo pensé: “pero qué Décima, qué títulos de Champions” porque llevábamos doce años sin finales y nos quedaba entonces aún un muro por saltar para llegar a la de Lisboa. Lo pensé, de hecho, hasta el minuto 92 de aquel partido, cinco minutos antes de que José Ángel Sánchez, el director general del Real Madrid, nos escribiese al marcar Ramos: “Si ganamos, la estrena cantando Ancelotti mañana en el Bernabéu”. Han pasado ocho años, cinco finales y cinco títulos, y se ha cantado de todas las formas y colores (también, por fin, a capella por los aficionados). Y este sábado en Saint Denis, y este domingo en Madrid, pude comprobar cómo la profecía de RedOne se cumplía: nunca suena mejor como en las finales, nunca se escucha mejor a la afición cantando el Y nada más cómo en las rondas asesinas de Champions y en la celebración de su victoria. Como si, al componer esa música, Red supiese exactamente para qué estaba siendo destinada.

Entre el estribillo de esa canción, entre los cánticos populares que han hecho suyos los aficionados (“cómo no te voy a querer”) y, sobre todo, bajo la marcha del himno del Madrid de José de Aguilar, los jugadores blancos emprendieron este domingo una odisea particularmente cansada: demasiadas paradas (la Almudena, la Comunidad, el Ayuntamiento) para poder reunirse con los verdaderos protagonistas de las celebraciones: los aficionados que reventaban las calles de los alrededores de Cibeles, cortada desde primera hora. Se entiende que en las instituciones estén los representantes del pueblo, pero teniendo al pueblo directamente a mano: ¿no sería lógico saltarse su representación? Pasadas las nueve de la noche, por fin, se pudieron dirigir a la fuente de la diosa a desmelenarse un poco tras aguantar bendiciones y discursos con la corbata tiesa. Allí empezaron la verdadera fiesta, especialmente Hazard, que agarró el micrófono para prometer guerra: “El próximo año lo voy a dar todo por vosotros”, gritó poniendo Cibeles boca abajo. Quedaba aún la fiesta grande en casa, el Santiago Bernabéu, que rugía como en las mejores noches a la espera de los ídolos.

Eso sí, estas citas solemnes en iglesias y ayuntamientos siempre dejan grandes imágenes. La de Marcelo y Benzema sacando la Champions de la Catedral como si acabasen de bautizarla, arrastrándola casi a la fuerza; la de Rodrygo con la camiseta de la celebración y con corbata haciéndole el mismo caso al protocolo que a la defensa del City; la plantilla, de negro estricto, reuniéndose a las puertas de la Catedral en estampa propia del típico funeral de película en el que empiezan a pasar cosas raras. Courtois mascaba chicle; Marcelo le decía a Movistar que una celebración en un lugar como aquel le daba “vértigo” y “un poco de vergüenza”. “¿Queda Marcelo para rato?”, le preguntó la periodista al capitán, que se va del Madrid como jugador más laureado de su historia. “Yo creo que soy muy bueno todavía”, dijo el lateral, frase que pudieron firmar los pentacampeones de Europa que empezaron su cosecha en 2014 y no han parado casi una década después, con varios asomándose a la jubilación: que son muy buenos todavía.

Dos horas antes, en la calle Ibiza de la capital de España, varios escritores descansaban antes de una nueva sesión de firmas en el parque del Retiro, donde se celebra la Feria del Libro. Pasan coches repletos de gente con la camiseta del Madrid en dirección al centro. “Se equivoca quien infravalore el poder del fútbol”, dice el novelista barcelonés, y culé, Carlos Zanón. “Hace años en Cataluña hubo un momento en que el Barcelona jugaba de tal forma y ganaba de tal manera que muchísima gente pensó que, si se podía conquistar cualquier título con el fútbol, se podía conquistar cualquier cosa con la política”, refrendando con su peculiar humor una tesis desarrollada por algunos colegas suyos medio en serio, medio en broma: el procès fue culpa de Messi. La temporada del Madrid en Champions, saltando de un más difícil todavía a otro, también ha generado una reacción que va más allá de lo deportivo, aunque no se desplace a lo político: se trata de un tema recurrente de conversación seas futbolero o no, un asunto emocional que implica a mucha gente por lo que tiene de extraordinario, casi de milagroso. Que se nota en la cantidad de mensajes de felicitación alucinada de muchos antimadridistas; no perdonan los peores deseos, pero reconocen el mérito. Algo que tiene que ver con la plantilla (unos tipos a los que no es fácil odiar, como explicaba Xavier Aldekoa este domingo en La Vanguardia) y por la empatía que termina generando que te den por desahuciado tantas veces, y sigas levantándote entre la histeria de tu afición sea el minuto que sea.

En un momento de la sobremesa, Zanón me pregunta por los artículos escritos esta temporada que no pudieron publicarse por cambio urgente en el marcador. “Algunos”, respondo. Le cuento la teoría de David Trueba, que dice que el fútbol es un deporte insólito del que no se puede hacer crónica de lo que ocurre sino de lo que diga el resultado. Por eso lo que todo estaba mal antes del 90, de repente es maravilloso en el 91 porque un balón pegó en el palo y, en lugar de salir, entró. “Pero eso también hace que el fútbol se parezca como ninguno a la vida”, dice Zanón. “Eres una persona buena, sana, generosa, amable y cariñosa, y a los 30 años te pilla una enfermedad y te lleva por delante. Y tu vida se explica a partir de tu muerte”. De lejos llegaba ya el rugido sordo de la calle Alcalá, donde paraban los aficionados por no poder seguir hasta Cibeles. Dos de ellos, Marta y Elías, estudiantes, se empezaron a abrir entre empujones y codazos para tratar de llegar a la fuente. Sin saberlo, resumían la mejor Champions de la historia del Madrid: remontando hasta después de los partidos.

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