#La finca donde se resucita la tierra #noticias #2022

#La finca donde se resucita la tierra #noticiario #2022

En el altiplano murciano, en terrenos de Caravaca de la Cruz, a 1.100 metros de nivel, los cultivos de cereal copan, dibujando cuadrículas, unos campos pobres y duros de roer para el agricultor. Desde la carretera se percibe la extrema desolación de la zona, una de las más desertificadas de Europa, de clima extremo y escasas pero torrenciales lluvias. Al final de un camino sin asfaltar, en una pequeña elevación, aparecen unos edificios en ruinas y una verja abierta, puerta de entrada a La Junquera, el epicentro del plan Regeneration Academy. La finca, de 1.100 hectáreas, está destinada a la agricultura regenerativa, un sistema de cultivo que, adicionalmente de ser ecológico, potencia la recuperación del suelo al que las prácticas agrarias convencionales e intensivas han extraído toda la vida, acabando con la materia orgánica formada por millones de microorganismos. Esa destrucción se lleva por delante adicionalmente su capacidad de acumular dióxido de carbono, el principal gas de impresión invernadero responsable del cambio climático.

La Junquera destila nubilidad y determinación. Los responsables del plan creen firmemente en que el futuro de la agricultura y el sistema nutritivo implica producir sin sobreexplotar el demarcación y sin destruir la biodiversidad. “Pero no renegamos del tractor, no se comercio de retornar al pasado, sino de utilizar la tecnología de una forma racional y ocasionar una actividad económica rentable que repercuta en la comunidad tópico”, aclara Jacobo Monereo, economista y director del plan.

La Junquera estuvo dedicada al monocultivo convencional de trigo hasta que en 2011 Alfonso Pequeño de Guzmán, licenciado en Agencia de Empresas en Boston, se trasladó a esta finca propiedad de su tribu desde hace dos siglos con una visión diferente de negocio. En 11 abriles han diversificado la producción y cultivan cereales, almendros, pistachos, plantas aromáticas, vides o manzanos y productos de la huerta, siempre con técnicas centradas en la restauración del suelo. La praxis agrícola va unida a la actividad en la propia sociedad, en la que estudiantes, profesionales, investigadores y emprendedores contactan con la agricultura regenerativa y retroalimentan el plan con sus aportaciones. El círculo se completa con los voluntarios del Camp, que se forman y ayudan en los trabajos.

En la finca recuperan las vacas de la raza murciano levantina.
En la finca recuperan las vacas de la raza murciano levantina. Ana Palacios

Ferdi Ernest, un retirado francés de 63 abriles, y Clemence Zeegers, estudiante belga de 18 abriles, son dos de los voluntarios que colaboran con el plan. No es la primera vez que visitan la finca. Ernest estuvo un mes en noviembre pasado y Zeegers la conoció hace tres abriles, cuando morapio con sus padres. Sentados en una rústica mesa de madera, al costado de la cabaña donde viven, cuentan con entusiasmo la experiencia. Están asombrados con el cambio. “Antiguamente no había aquí ausencia, ahora han crecido hierbas, flores, los almendros…”, explica, mientras mira a su rodeando. Ellos ayudan y al mismo tiempo aprenden, plantando y cuidando la huerta.

Según cuenta, Ernest llegó a este mundo “por casualidad”. Hace dos abriles, en un delirio a Uganda, conoció a John D. Liu, cineasta, ecologista e investigador estadounidense que fundó Ecosystem Restoration Camps, un movimiento mundial que tiene como objetivo restaurar ecosistemas dañados a gran escalera. “Viajamos juntos y pensé que esto podría ser muy interesante; me matricu­lé en un curso de nueve meses y aquí estoy”, explica risueño. Viven sin comodidades, pero dice que vale la pena. “Queremos hacer poco importante para el mundo”, alega a su vez Inés Lappe, una bióloga alemana de 25 abriles que conoció a su pareja en otro plan similar.

Sanne Kruijt, Yanniek Schoonhoven y Jacobo Monereo, responsables de la Regeneration Academy.
Sanne Kruijt, Yanniek Schoonhoven y Jacobo Monereo, responsables de la Regeneration Academy. Ana Palacios

El maniquí que siguen consiste en repujar la tierra lo menos posible para no romper las raíces, evitando así el detrimento de la materia orgánica y logrando un aumento de la biodiversidad; en mejorar el usufructo del agua y en la sustitución de los agroquímicos de origen sintético por compost o por las deposiciones del rebaño. Este sería el caso de las ovejas propiedad de un pastor de la zona con el que La Junquera acordó que los rumiantes se alimentaran en ella a cambio de un plazo, “en mierda, fielmente”, explica Monereo. Es la combinación perfecta de grey con agricultura, para lo que además utilizan a las 25 vacas de la raza murciano-levantina, de la que solo quedan unos 40 ejemplares, que están intentando recuperar. En cuatro o cinco abriles esperan producir el suficiente compost de gusano para cubrir las micción de fertilización de la finca.

El manejo del agua es imprescindible: “Aquí no cae una ápice en siete meses y de repente te llegan 150 litros en una hora y arrasan con todo”, indica Monereo. Estiman que se produce una pérdida de suelo de unas 20 toneladas por hectárea al año y en algunas zonas de hasta 80 toneladas. “Eso afecta al cultivo, porque se pierden los primeros 20 centímetros, que es donde se encuentra la parte fértil del suelo”, agrega. Para evitarlo, experimentan con franjas de infiltración que ralentizan la velocidad del agua y favorecen su retención. Y en los últimos meses han plantado 10.000 árboles, que reducen la rozamiento, en colaboración con Life Terra, un plan cofinanciado por la Unión Europea.

No todo ha sido un camino de rosas. Las viviendas de la pedanía de La Junquera, abandonadas por sus habitantes en los abriles sesenta, se encontraban en muy mal estado, y el primer intento de producción de verduras ecológicas, que Pequeño de Guzmán plantó “en un trozo de huerta”, fracasó. “El transporte en frío era muy complicado; además probé con distribuidoras, pero no funcionó”, aclara el fundador del plan, que siempre tuvo en mente “zanjar en el campo antiguamente o a posteriori”. Lo ha conseguido. Reside en una de las casas remodeladas con su mujer, Yanniek Schoonhoven, graduada en Ciencias Ambientales y directora del plan, y sus dos hijos. Pequeño de Guzmán se muestra orgulloso de que en la pequeña pedanía residan asiduamente 14 personas, adicionalmente de otras 20, entre estudiantes de los diferentes cursos que imparten y los voluntarios del Camp, que lo hacen de forma intermitente.

Julia Casado, enóloga, vinatera artesana e ingeniera agrónoma, tocando el violonchelo en la finca.
Julia Casado, enóloga, vinatera artesana e ingeniera agrónoma, tocando el chelo en la finca. Ana Palacios

Julia Casado, productora de morapio, violonchelista e ingeniera agrónoma, ha escogido La Junquera como cojín para su empresa. Comenzó en 2016 con su “pequeño negocio de morapio artesanal y natural” y un presupuesto corto que la obligó a “agravar el ingenio”. Alquiló unas viñas y diseñó una pequeña bodega transportable de 66 metros cuadrados. Cuando se le acabó el convenio de arrendamiento, le ofrecieron trasladarse a La Junquera. “Estaba allá de las viñas, a unos 45 kilómetros, pero yo estaba muy sola y habíamos hecho buenas migas”, relata. “Nos ayudamos, aquí hay proyectos, dinamismo, me han propuesto asociarme con otras personas y yo además les planteo actuaciones; por ejemplo, han plantado una viñal con mi asesoramiento. Es un plan de vida”, explica. Julia Casado produce entre 20.000 y 30.000 botellas y exporta morapio a 14 países, con destino desde Nueva York y Londres hasta Tokio, pero le resulta más complicado introducir su producto en la zona. Donde sí se pueden degustar es en El Celler de Can Roca, el restaurante con tres estrellas Michelin de los hermanos Roca, en Girona. Casado no procede de tribu de viticultores, pero descubrió “los vinos naturales que se pueden describir como un mensaje en una botella que te conecta con el división, igual que la música”.

“Esta casa estaba abandonada”, explica Íñigo Flores, mientras muestra la vivienda ya habitable y se disculpa por el desorden. Este comediante madrileño, amigo de la infancia de Alfonso Pequeño de Guzmán, aterrizó en La Junquera hace dos abriles y medio cuando tocó “techo, porque necesitaba poco más”. Para él, la finca es un “zona de creación”. En su trabajo usa técnicas de herrería medieval que aprendió en Salamanca, donde se formó como aprendiz de herrero. Disfruta “utilizando el fuelle para calar a la temperatura de fundición del hierro y a partir de ahí producir desde herramientas ganaderas y agrícolas hasta esculturas y menaje urbano”. En la finca, una de sus obras, que representa una sabina de la isla de El Hierro, está plantada frente a los cultivos.

El artista Íñigo Flores trabajando el hierro en la fragua para crear una de sus obras.
El comediante Íñigo Flores trabajando el hierro en la fragua para crear una de sus obras.Ana Palacios

En el exposición de Regeneration Academy ha cumplido y cumple un papel fundamental la asociación AlVelAl, un plan de restauración del paisaje del altiplano estéril que se extiende por un millón de hectáreas en áreas del interior de Almería, Milgrana y Murcia. Este es el zona del mundo con anciano superficie de almendro de sequero de ingreso calidad, 100.000 hectáreas, el 50% certificado en ecológico, como indican los datos que aporta. La asociación agrupa a 200 agricultores y ganaderos, a los que apoya en la transición alrededor de el maniquí regenerativo elaborando un dictamen de la finca y con financiación. Van a poner en marcha un bandada de maquinaria compartida y tienen una serie de indicadores para comprobar si el método está funcionando en las explotaciones.

Santi Sánchez Porcel es una de las agricultoras que han optado por cambiar la forma de producción en sus 56 hectáreas de almendros, 60 de cereales y leguminosas y en el manejo de sus 700 ovejas de raza sureña. Su propiedad se encuentra en el municipio de Chirivel, en la zona finalidad de Almería. “Tengo muy claro que el suelo es el soporte animoso”, insiste.

No siempre fue así, empezaron a implementar las técnicas regenerativas a principios de los abriles noventa sin tener conciencia de ello, simplemente porque necesitaban alimento para el rebaño. Lo solucionaron plantando entre las calles que separan los almendros una mezcla de cereales y leguminosas que llaman “abonos verdes”. El rebaño se lo come y además lo introducen en el suelo. “De esta forma, durante cinco o seis meses al año, tenemos como una gran porífero que se empapa cuando llueve y deja de producirse desagüe y se reduce la rozamiento”, explica. Se dieron cuenta de la importancia de la medida cuando la asociación AlVelAl realizó una analítica del suelo. “Resulta que estábamos haciendo poco útil y bueno que hasta tenía nombre”, recuerda.

“Hubo un momento en que los agricultores de nuestra coexistentes [Santi tiene 55 años] nos creíamos muy listos; con grandes tractores y buenos arreos, nos vinimos hacia lo alto y empezamos a producir más y a anciano velocidad”, rememora. Hasta que se dieron cuenta de que “nuestros mayores, aunque no tenían tanta formación, eran más sabios”. Ellos además tenían tractores, pero más pequeños, y el arado de 15 centímetros no rompía el suelo. Santi tiene ahora muy claro las técnicas a aplicar: amparar la creación de materia orgánica, evitar que se pierda suelo fértil y aumentar la biodiversidad. En su caso, la inversión fue asumible al contar con AlVelAl, que otorga todos los abriles fondos para comprar las semillas y plántulas que crecerán entre los almendros. Incluso le ha ido perfectamente, porque “estamos comercializando nuestros productos desde el año uno, y la almendra, que es nuestra pepita de oro, se vende a un precio más stop porque, aunque no existe una certificación de agricultura regenerativa, los compradores saben cómo crecen”. Lo que más le costó a Santi fue convencer a su pareja, ya que “el cambio de mentalidad es lo más complicado”, reconoce. Ahora se encuentra en la subsiguiente etapa: mostrar a los agricultores “con papeles en la mano” las ventajas de devolver a la tierra todo lo que se le ha quitado.

Un estudiante del programa de investigación en una de las charcas de La Junquera.
Un estudiante del software de investigación en una de las charcas de La Junquera. Ana Palacios

Marc Gràcia, verificado del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) de la Universidad Autónoma de Barcelona, está de acuerdo en que el cambio de pensamiento es difícil y afirma que la transformación solo se producirá cuando agricultor y consumidor estén convencidos de que “producimos no solo para obtener una cosecha, sino para proporcionar la vida del suelo”. El investigador está embarcado desde hace cinco abriles en la restauración de una finca abandonada en Girona con técnicas agroalimentarias regenerativas. “El oposición es conseguir un maniquí rentable del que se obtengan alimentos para todo el mundo y que sean de calidad. De otra forma, no sirve”, advierte.

En la finca Planelles han rematado producir la cojín de la provisiones para 200 familias, sin agroquímicos y pasando de una cantidad de materia orgánica del 1,8% al 6% en el suelo. Esto no quiere aseverar que en todos los lugares se obtengan los mismos resultados, depende del tipo de demarcación, del clima y otros parámetros. “La complejidad del suelo”, añade, “es extraordinaria y no conocemos ni una pequeñísima parte de poco que es la cojín de la vida en la Tierra, un mundo que depende a su vez de la biodiversidad más visible [plantas, insectos, pájaros]”.

La agricultura ha sacado bienes de ese almacén infinito que es el suelo para dárselos a las plantas. Al principio, eran pocos los cultivos y la naturaleza se recuperaba”, explica. Con la revolución verde a comienzos del siglo pasado, “el almacén se vació, el demarcación se convirtió en un puro soporte y lo que antiguamente llevaban a punta las raíces, bacterias, hongos, lombrices…, se sustituyó por arar las tierras a gran profundidad, rompiendo la casa de toda esa vida, y adicionalmente con el uso de agroquímicos”, añade Marc Gràcia. El método regenerativo “no parte de las universidades ni de los centros de investigación, sino de la experiencia de los agricultores que han pasado por malos momentos”, dice. No es poco nuevo, y “aunque se le empieza a prestar más atención, continúa siendo insignificante”, concluye Gràcia.

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