#La inflación galopante del Reino Unido agrava el pulso entre Boris Johnson y los sindicatos #noticias #2022

#La inflación vertiginoso del Reino Unido agrava el pulso entre Boris Johnson y los sindicatos #noticiario #2022

El Gobierno de Boris Johnson se ha incompatible esta semana con una sorpresa que le ha animado a mostrarse firme en su pulso con los sindicatos: el exitoso investigación normal del teletrabajo desde casa, forzado durante los largos meses de la pandemia, ha ayudado a resumir considerablemente el caos previsto en la veterano huelga del transporte notorio de los últimos treinta primaveras. “Los primeros datos muestran que, a diferencia de ocasiones pasadas, mucha muchedumbre tiene ahora la oportunidad de trabajar desde casa. Ni siquiera ha habido congestión en las carreteras. Los sindicatos no han rematado el impacto integral al que aspiraban”, aseguraba un portavoz del Servicio de Transportes. La inflación del Reino Unido se sitúa ya en el 9,1%, según datos anunciados este martes. La emblema más suscripción en cuatro décadas. El Bandada de Inglaterra calcula ya que puede finalizar siendo del 11% a finales de año. El primer ministro britano está decidido, según explicaba a los miembros de su Gobierno, a “abastecer firme el rumbo” y sostener el desafío de la conflictividad profesional, convencido de que es necesario evitar que una subida salarial descontrolada de los trabajadores públicos agrave la situación.

El plan de huelga ratificado por los 40.000 afiliados del sindicato de Ferrocarriles, Marino y Transporte (RMT, en sus siglas en inglés), suponía paros prácticamente totales durante el martes, así como este jueves y el próximo sábado. Afecta a la red gestionada por la empresa pública Network Riel y a trece operadoras privadas. El horario limitado de los días intermedios, y la equivocación de las tareas preparatorias que realiza el personal de turno de tenebrosidad, garantizaban que el caos se prolongara durante toda la semana.

Londres tuvo durante todo el martes un tráfico notablemente más intenso del habitual, y eran frecuente las largas colas en las paradas de autobús. Los trabajadores del medida hicieron incluso ese día huelga, por las mismas razones: una subida salarial que les permita hacer frente a la flagrante crisis del coste de la vida.

Empresa y sindicato han aceptado este miércoles retornar a sentarse en la mesa de negociación. Los representantes de RMT piden una subida salarial del 7%. Network Riel ofrece un 3%, más complemento por productividad. Pero ya advierte de la carestia de “modernizar prácticas laborales caducas” —por ejemplo, las oficinas de cesión de billetes, sin escasamente actividad— que supondrán el despido de 1.900 personas. El sindicato se niega a dialogar de cero que no sean bajas voluntarias e incentivadas.

Sin intervención directa

El Gobierno de Johnson se ha resistido hasta ahora frente a las peticiones de que intervenga directamente en la negociación, a pesar de que Network Riel sea una empresa pública y salga de los presupuestos el pasta para sostener al resto de operadores privados. “Si vamos a realizar inversiones colosales [en la red ferroviaria], como es nuestra obligación, hay que introducir reformas. Y ya advierto a todo el país: necesitamos mantenernos firmes y no variar el rumbo”, decía el primer ministro a los miembros de su Gobierno, pero incluso a los ciudadanos, porque permitía que las cámaras entraran para ese discurso a una sala normalmente vetada a los medios.

Johnson se mueve entre la oportunidad política y la carestia económica. A la huelga de ferrocarriles están pensando en sumarse los profesores de enseñanza pública, personal de dispensario, médicos o trabajadores municipales y del servicio postal. La secretaria normal de la veterano confederación sindical del Reino Unido, TUC, ya ha ducho al Gobierno de que se puede desavenir a serios problemas si decide convertir esta conflictividad en un enfrentamiento político. “Ya me han preguntado en varias ocasiones si podemos finalizar llevando a término una batalla coordinada, y no lo he descartado”, ha dicho Frances O´Grady. El Gobierno conservador, convencido de que la opinión pública acabará de su costado, planea incluso impulsar una estatuto incendiaria que permitiría a las compañías ferroviarias sustituir a los huelguistas con personal de agencias externas de colocación (similares a las ETT en España). “Ya existen leyes en contra de esa maniobra desde 1973, y ni siquiera Margaret Thatcher se atrevió a ir tan acullá”, ha ducho el número dos de TUC, Paul Nowak. “Ese tipo de representación prolonga el conflicto y lo hace más amargo”, ha dicho.

Aunque una mayoría de ciudadanos apoya, en un principio, la huelga de los trabajadores ferroviarios —un 58% cree que está justificada, según el cavado de la empresa Savanta ComRes—, el respaldo entre los mayores de 55 primaveras y entre los votantes conservadores es muy inferior (44% y 38%, respectivamente) al de los jóvenes y votantes laboristas (72% y 79%). Johnson juega de cara a su propia parroquia, muy decepcionada con él por el escándalo de las fiestas en Downing Street durante el confinamiento, y que suele mostrar su rechazo delante cualquier huelga.

Pero el componente crematístico, y el temor delante una inflación vertiginoso, tienen incluso su peso en la situación flagrante. “Es preciso compensar a los empleados del sector notorio, que han trabajado muy duro [durante la pandemia] con una subida salarial, pero debe ser proporcionada y equilibrada”, ha dicho Johnson, en semirrecta con las reclamaciones del Bandada de Inglaterra. “Unos altos niveles de inflación sostenidos durante mucho tiempo afectarían a espléndido plazo a los bolsillos de los ciudadanos, acabarían con el peculio privado y extenderían las dificultades a las que nos enfrentamos ahora”, ha ducho el primer ministro britano. Johnson está decidido a poner pie en albarrada frente al descontento de muchos trabajadores con una desatada crisis del coste de la vida, y se prepara para sostener frente a lo que los medios vaticinan ya que será “el verano del descontento”.

“Nuestros afiliados están liderando al resto de trabajadores de este país cansados y hartos de ver cómo sus sueldos son cercenados por una mezcla de grandes beneficios empresariales y de la política del flagrante Gobierno”, ha dicho Mick Lynch, el secretario normal de RMT, el sindicato al frente de la huelga en los ferrocarriles.

El dilema del laborismo

El líder del Partido Socialista, Keir Starmer, que ha intentado en los últimos tres primaveras desterrar con un discurso moderado la imagen demasiado a la izquierda de su predecesor, Jeremy Corbyn, sabe que las huelgas son un dominio minado. La fuerza de los sindicatos en el principal partido de la concurso, a la hora de financiar su actividad, nutrir sus cuadros, movilizar a las bases y designar la dirección, es inmensa. Pero la imagen de los piquetes es devastadora para un electorado de clase media. Starmer prohibió a su equipo acercarse hasta ellos, pero al menos tres de sus principales diputados —miembros de la dirección del partido— se hicieron el martes fotos con los piquetes que colgaron en sus cuentas de Twitter. Y más de quince diputados sin responsabilidad en la formación expresaron incluso su apoyo a los huelguistas. “Nadie se toma a la ligera una huelga, pero siempre defenderé el ilimitado derecho de todos a defender un trabajo preciso”, aseguraba la número dos de Starmer, Angela Rayner. Su procedencia del corbynismo no le impide profesar una clara devoción al flagrante líder, pero en ocasiones juega el papel de puente entre las dos almas del laborismo.

Los conservadores, mientras tanto, aprovechan el desgarro interno de sus rivales. El ministro de Ecuanimidad, Dominc Raab, con cierta tendencia al hooliganismo político, ha dibujado al laborismo de “animar de un modo activo todos los inconvenientes que están sufriendo los usuarios”.

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