#La luz de los insobornables #noticias #2022

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Hay poco atrayente en las personas insobornables, especialmente en quienes, con sus vidas y acciones, abren la posibilidad de trascender o cambiar lo que existe. Esta semana, y por razones distintas, he tenido esa sensación al pensar en la valentía de Salman Rushdie, símbolo involuntario de nuestra familiaridad de expresión, con el firme antitrumpismo de la republicana Liz Cheney y, por supuesto, con Volodímir Zelenski, quien ha obligado a Vladímir Putin a revisar su posición tras los ataques a emplazamientos militares rusos en Crimea. Lo que los tres, con sus luces y sombras, tienen en global, es que sus actos particulares irradian una fuerza de significación universal

El caso de Rushdie parece el más evidente, aunque se haya querido vincular extemporáneamente con la civilización de la revocación, cuando precisamente él mismo atribuyó el escándalo causado por sus Versos satánicos a un propósito: conocer quién tiene el poder sobre las grandes narrativas (en este caso, la historia del Islam) cuando deberían pertenecernos “a todos por igual”. En cuanto a Zelenski, se ha convertido en la figura que encarnaba hoy el ideal de la resistor. El mensaje de un hombre ordinario haciendo poco extraordinario combate por sí solo la propaganda del Kremlin sobre su nazismo, pero por otra parte, los recientes ataques en Crimea activan una poderosa y nueva novelística de reconquista, situando el punto de partida de la invasión rusa en un demarcación que parecía no estar en disputa. Así como una acto marcial puede cambiar la novelística de una guerrilla, una persona puede combatir la desinformación encarnando simbólicamente esa batalla.

Se atribuye a Edmund Burke aquello de que “lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan ausencia”. Y quizás por eso saludamos con entusiasmo (y sincera sorpresa) el empeño de la hija del exvicepresidente Dick Cheney en seguir luchando contra Donald Trump, tras su estrepitosa derrota en las primarias de Wyoming frente a la candidata ungida por el magnate. Liz Cheney, contraria al coyunda afeminado y al malogro, partidaria de la guerrilla de Irak y crítica con cualquier acuerdo entre israelíes y palestinos, pasa estos días por una traidora delante sus camaradas por su defensa de la legitimidad democrática. Tal es la respuesta del Old Party cuando cierto tan abiertamente conservadora se sale de la novelística extremista simplemente por enfrentarse a Trump. Su soledad en un partido que ha vendido su alma le honra, y abre un espacio de familiaridad frente a la honradez de piara exigida por una ordenamiento que se dice, precisamente, defensora de la familiaridad. Y aunque nuestras filias y fobias ideológicas dificulten a veces que distingamos la luz que irradian estas acciones a la vez hermanas y dispares, debemos hacer un esfuerzo por valorarlas, porque eso querrá opinar que, con todo, aún no hemos situado nuestros luceros a la oscuridad, y podemos mirar sin parpadear.

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