#La nueva sirena del verano en Formentera #noticias #2022

#La nueva sirena del verano en Formentera #telediario #2022

Cada verano me llevo de descanso a Formentera una sirena. No una de verdad, que ya me cuesta conveniente colar en el ferry al micho Charly y a las tortugas Margarita y Rosi (la serpiente, que es más independiente, se queda en casa), sino una de tomo. Es ya una tradición que me ha permitido disfrutar de novelas como The Mermaid, de Christina Henry, que mezcla a uno de esos seres fantásticos con P. T. Barnum y su museo (y no es la sirena fake de Fidji), o Asesinato de una sirena, de A. J. Kazinski y Thomas Rydahl, que los relaciona con Hans Christian Andersen de una modo que no es precisamente la de La sirenita. La sirena literaria de la temporada me ha venido del Caribe: es la protagonista de The Mermaid of Black Conch, de Monique Roffey, reconocida autora británica nacida en Puerto España (Trinidad y Tobago) que ganó con dicha novelística el Costa Book of the Year del 2020. La historia, con ecos de realismo mágico pero asimismo de Hemingway y de Derek Walcott, comercio de una sirena que se le aparece en 1976 a David Baptiste, un inexperto pescador bruno de la imaginaria isla caribeña de Black Conch mientras este está tan ricamente en su rebote esperando a que piquen caballas o pargos mientras toca la guitarra y fuma un porro de fina ganja.

La sirena es luego capturada por unos estadounidenses de Florida, padre e hijo, mientras pescan marlines y peces espada. Pasada la sorpresa, deciden venderla como freak o hacer negocio con el Smithsonian, National Geographic o Sea World; pero cuando la descargan en puerto la sirena es rescatada por el pescador rasta, enamorado de ella, que se la lleva a su casa con talante de soltarla en el mar, y, de momento, la mete en la bañera. Sin secuestro, la criatura inicia un proceso de cambio para convertirse en una mujer completa delante la vistazo desconcertada y maravillada del inexperto, que tratará de ayudarla a integrarse en la vida moderna.

Sirenas de trapo en un tenderete de Formentera.
Sirenas de trapo en un templete de Formentera.

Aycayia, Dulce Voz, que así resulta llamarse la sirena, es en verdad una inexperto taina de tiempos de Colón (“El almirante nocivo”) transformada en semipez por una maldición a causa de su belleza. La novelística es preciosa y, a diferencia de otras historias de sirenas al uso, humanidades de la buena. Roffey juega estupendamente con la entorno, el jerga y las tradiciones de las Antillas para construir una conmovedora habladuría contemporánea llena de poesía, de ensueño y de una hermosa melancolía, sin dejar, paradójicamente, el realismo. En un condición cerrado atiborrado de personajes entrañables —y asimismo villanos— que recuerda el de la serie Crimen en el paraíso y en el que la autora vierte gotas de crítica social y colonial, y notas de reggae, Roffey sitúa su revisión del mito de la sirena, que tiene una clara lección feminista: Aycayia es una chica a la que ha condenado tiempo ha una sociedad patriarcal por derramarse de las normas. Cuando la capturan la someten a abusos (la novelista reconoce en esa secuencia la influencia del poema de Neruda Quimera de la sirena y los borrachos: “Los insultos corrían sobre su carne mújol/ la inmundicia cubrió sus pechos de oro”). Además puede encontrarse la historia bajo un prisma queer: la protagonista no tiene resuelta su identidad, quiere ser mujer, pero su parte sirena presiona en ella de modo que es un híbrido, half and half, en continua transformación en torno a uno u otro banda.

La novelista Monique Roffey, ante una publicidad de su libro 'The Mermaid of Black Conch'.
La novelista Monique Roffey, delante una publicidad de su tomo ‘The Mermaid of Black Conch’.

Roffey hace aportaciones asimismo al imaginario del quimérico. Su sirena, que luce tatuajes y canta extrañas melodías, es poderosa (pescarla requiere tanto esfuerzo como cobrar un gran tiburón), con guardabarros dorsal, larguísima rabo, cuerpo recubierto de finas escamas, pelo bruno enredado de medusas, percebes en las caderas, desconcertante monte de Belleza, luceros plateados como estrellas, y muy sexualizada: provoca un raro, desazonador y lujurioso deseo en los hombres. La transformación en exsirena es lenta, fascinante y turbadora; recuerda, a la inversa, la de La mosca de Cronenberg: va perdiendo trozos. Las escamas le caen como pequeñas monedas de plata. David tira en una bolsa de basura la rabo, que se ha desprendido para dar paso a dos piernas humanas. La novelista argumenta a cuestiones como a qué huele una sirena o cómo hace el aprecio.

El mundo de Black Conch, de plantas y animales tropicales y de gentes variopintas y la mayoría entrañables, lo he conjurado en Formentera. La lección ha teñido mis vivencias en la isla balear, tan distante de la otra. He pensado en las serpientes macajuel (como llaman los trinitenses a las boas constrictor) en casa de Sílvia en La Mola al examinar una trampa para las invasoras culebras de herradura y de escalera. Me han venido a la capital los periquitos turquesa y amarillo que escapan delante la arribada del huracán Rosamunda de la novelística al confraternizar con la papagayo Lola en el Pelayo. Me ha recordado al pescador guitarrista de la novelística, David (fan de Bob Marley), mi excuñado y exbajista de Luceros de Brujo, Juan Luis Leprevost, mientras le he seguido en sus conciertos por toda la isla, incluidos el faro de Barbaria y la Fonda Platé. Y por encima de todo, he pensado en la propia sirena al conocer a Federica, una romana de 32 abriles poco andrógina que transita asimismo del mar a tierra en el popular chiringuito de Migjorn y es una habitual del bar restaurante Ses Roques, el Titty Twister de Sant Ferran, donde este verano, bajo el leyenda “Vendiamo bibite e regaliamo allegria” se reúne para la fiesta nocturna lo más animado y variado de la isla: la Formentera que resiste.

No es que Federica, rubia y de luceros azules, se asemeje para falta a la morenísima Aycayia, pero la aureola un ocultación parecido y, bailando bajo la cristalera próximo al escena en el que Piero Ameli, el factótum de Ses Roques, reinterpretaba genialmente los temas de Pink Floyd, ha ofrecido estas descanso una de las imágenes emblemáticas de la isla, al menos para mí.

'Ulises y las sirenas', del pintor Herbert James Draper (1909).
‘Ulises y las sirenas’, del pintor Herbert James Draper (1909).

Federica, de la abolengo de otros notables personajes de Formentera como el belga errante, Vincent de Froidmont; el buzo atravesado por un pez espada, Ernest de Longis; el farmacéutico ilustrado Joan Torres o el hombre de una sóla pierna, Philip Wright (su hijo es Maxwell, el director del festival de jazz de la isla), luce en el miembro izquierdo un tatuaje de un faro sobre un cauce de rosas. Le pregunté el otro día, tras presentarme como entusiasta de los faros, si era el suyo un faro renombrado y le dije que me recordaba, con sus franjas rojas, al de Sankaty, en otra isla, la de Nantuckett. Me contestó que no, que era un faro de ninguna parte, imaginario, genérico, y que se lo hizo por su abuela. Como suele suceder en Formentera, donde es liviana dejarlo todo para luego, me quedé sin conocer el resto de la historia. Y más cosas de Federica que me hubiera gustado entender. Me dice su amigo Fernando Pardos, psicólogo abonado al Pelayo y autor precisamente de El faro del nuevo mundo, que a la inexperto no le gustan los periodistas (nadie es consumado) y que quiere proseguir su perfil en la sombra. Lo cual en el fondo no me importa, porque así puedo imaginarme lo que quiera de ella y, felizmente deslumbrado sobre la arena en los mediodías radiantes, trenzar una nueva historia de islas, de faros y de sirenas. Oh, Formentera Lady, sing your song for me.

Toda la civilización que va contigo te demora aquí.

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