#La profesión más odiada del presente #noticias #2022

#La profesión más odiada del presente #noticiero #2022

Adentro de poco terminará el verano de las murmuraciones y la eterna polémica por los meses de ocio del docente y regresará el maduro espectáculo del mundo: la reverso al cole en medio de la crispación permanente y el cuestionamiento más total en un delicado momento de reconstrucción socioeconómica, con la inflación por las nubes y con las grietas que la pandemia dejó en muchos estudiantes de toda España golpeados por la injusticia social. ¿Y quiénes tienen la pecado de todo? Los profesores.

La profesión docente es probablemente ahora mismo la más odiada de nuestro país o, al menos, una de ellas: lo vimos otra vez hace poco con las reacciones populares en presencia de el mensaje virulento de una matriz a una profesora, donde la criticaba por su labranza. Y lo paradójico es que, al tiempo, muchos afirman que es la más necesaria; llega incluso a hablarse de que representan el pilar de la sociedad, por lo que lleva emparejado un stop nivel de exigencia y un recurrente deseo de reformismo, como lo demuestran las propuestas de progreso lanzadas por el Profesión de Educación el pasado mes de enero, cargadas de muchísimas incógnitas y de ―cómo no― una buena ración de polémica.

El imaginario colectivo está poblado de apreciaciones culturales estigmatizadas del profesorado que afloran en cada fase del año, de forma cíclica y en caracolillo, como los debates tuiteros que nunca avanzan: son frecuentes las opiniones sobre la idea de que son trabajadores con muchas ocio, numerosos puentes y festivos, con una productividad más admisiblemente escasa, pocas horas de trabajo a la semana, responsables de las desgracias de casi todos los alumnos, contar unos procesos de supervisión pueriles y condiciones laborales mucho mejores que las de otros empleos. Todo ello forma parte de la mitología que puebla la enseñanza, y llega a hablarse más de eso que de lo que aprenden o no los estudiantes.

Se cuestiona además su independencia de cátedra (derecho constitucional fundamental), para lo cual se planifican todo tipo de estrategias reprobatorias con el fin de que lleguen a sentirse perseguidos en su trabajo, en un prueba de hipervigilancia masiva que recuerda a la distopía orwelliana 1984. Incluso se pone en censura que en un amplio porcentaje alcancen su condición de funcionarios, ya que eso los convierte en trabajadores vagos a los que se les controla poco, por otra parte de conservar su status privilegiado adentro de la función pública a lo derrochador de toda su vida haciendo eso, lo adaptado. Ese es el callejón del sagaz valleinclanesco en el que tenemos que deambular con estupor desde hace décadas los que nos dedicamos a esto, hasta el punto de que pareciera que tuviésemos que pedir perdón por hacer nuestro trabajo: enseñar a los jóvenes de este país.

Pero esta sonata grotesca no es herencia del pasado; no siempre fue así. La propia palabra músico ha cambiado sus connotaciones a lo derrochador del siglo XX: de personas que alcanzan un valor supremo de reflexión con el fin de poder transmitirla a los demás (acepción habitual extrapolada a muchos campos), se ha caminado de forma significativa rumbo a la devaluación de dicha expresión, hasta el punto de que hoy en día prefiere sustituirse en el argot colegial por otras palabras como profesor, docente o maestro. Todas ellas para evitar el uso de un palabra prestigioso en otras épocas y empachado de belleza etimológica, pero que ha cedido en presencia de el daño notorio que arrastran los profesionales de la educación.

Reitero que, en otras épocas no tan lejanas, todo era diferente: antaño, su labranza social era admirada: buscaban ―como ahora― abonar el demarcación idóneo para que cada educando cultivara su verdad, y eso se valoraba sobre todo en tiempos difíciles. Así lo hicieron pensadores como Albert Camus que, pocos abriles antaño de fallecer, cuando fue obligado con el premio Nobel de Letras, en su discurso de agradecimiento le dedicó unas palabras a su músico en la etapa de primaria. Muy poco luego, le escribió una carta personal para darle las gracias de nuevo, misiva que obtuvo respuesta por parte del docente ya retirado, poco luego. En esa carta de respuesta, el Sr. Germain le decía a Albert Camus: “Creo acontecer respetado, durante toda mi carrera, lo más noble que hay en el impulsivo: el derecho a agenciárselas su verdad”.

El profesor destina su trabajo en gran parte a propiciar el demarcación adecuado y la temperatura ideal para que cada estudiante forje esa verdad, su propia identidad cultural en el periplo con destino a la reflexión. Pero esa ardua y compleja labranza que por otra parte conlleva un enorme coste crematístico para el Estado no tiene la reconocimiento social que le corresponde, sino adaptado todo lo contrario. Se da, por otra parte, una situación hasta cierto punto paradójica: el pasado siglo, que fue avanzando con destino a el examen progresivo de los derechos de la infancia, produjo a la inversa un proceso de daño de la opinión sobre los maestros.

La búsqueda de cada verdad en el pensamiento de cada impulsivo, que va cimentando los entretelas de su edificio fundamental en las etapas de su crecimiento, fue dando paso de forma creciente a una controversia ―plagada de ignorancia― en presencia de las capacidades y funciones del docente, cada vez más sobrecargadas y burocratizadas, sí, y además cada vez más puestas en censura. Pero hay poco que hace que este engranaje cada vez más oxidado siga funcionando: tal y como afirma Francisco Imbernón en su vademécum Ser docente en una sociedad compleja (2017), se sabe que, por más que empeore su imagen, se cercenen sus condiciones laborales o se le siga faltando el respeto por parte de un sector de la sociedad que hace más ruido del que debiera, “el profesorado continuará haciendo todo lo posible, todo lo que esté en su mano, para ganar una mejor educación de la ciudadanía.”

Y todo ello porque, en un presente poco tranquilizador, la figura del músico continúa perdurando en cualquier horizonte de progreso, siempre con rigor y profesionalidad en presencia de la tempestad, y a la aplazamiento de ser tribunal, una vez más, en presencia de un nuevo curso postpandémico en el que aterriza con retraso el remozado engranaje curricular a las aulas, aquello que unos pocos idearon en despachos para una universalidad que nos rodea y aturde. En este momento, son importantes esos maestros de los que hablaba Jesús Palacios en La cuestión escolar (1978), los “que realizan un auténtico trabajo de Sísifo en su lucha contra la inercia y la disfuncionalidad del dispositivo escolar.”

Y, en este ambiente hostil, en una carretera de leyes plagada de curvas y socavones, esperando a que llegue un nuevo desvío de guion mediante otra pasmosa ocurrencia, los maestros siguen estando ahí, salvando los muebles de ese mismo presente en el que son vilipendiados hasta la saciedad. Ellos permanecen, ocurra lo que ocurra (como nos demostró el fatídico confinamiento), con dadivosidad, mimando cada instante que pasan en el ahora, yuxtapuesto a sus alumnos, adentro de un mismo “colectivo pedagógico”, en palabras de Makarenko, que nos lleva a creer en una idea comunitaria de escuela del presente. En ello está lo mejor y lo más importante de la profesión ya que, como además dijo Camus, “la verdadera dadivosidad con destino a el futuro está en darlo todo al presente”.

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