#La prolongación de la guerra pone a prueba la cohesión de Occidente ante Rusia #noticias #2022

#La prolongación de la lucha pone a prueba la cohesión de Oeste en presencia de Rusia #noticiario #2022

Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, conversaba con Joe Biden en la cumbre de la Alianza en Madrid, el pasado 29 de junio.
Jens Stoltenberg, secretario genérico de la OTAN, conversaba con Joe Biden en la cumbre de la Alianza en Madrid, el pasado 29 de junio.Anadolu Agency (Anadolu Agency via Getty Images)

Hay políticos con penetración para enterarse los miedos profundos de una sociedad, y explotarlos. El 2 de agosto, en su última rueda de prensa antaño de la pausa veraniego, un periodista preguntó a Marine Le Pen por las sanciones de la Unión Europea a la Rusia de Vladímir Putin desde que hace seis meses invadió Ucrania. “Las sanciones”, respondió la jefa de la extrema derecha francesa, “no sirven para falta, si no es para hacer sufrir a los pueblos europeos y al pueblo francés”.

Y así es cómo Le Pen, reforzada tras las elecciones de la pasada primavera en Francia, dio en la tecla más temida estos días en algunas capitales occidentales, y en Kiev. Es la tecla de la división y el desánimo por una lucha que se prolonga, la tecla de un otoño y un invierno en el que, según las peores previsiones, los europeos pasarán frío porque Rusia cortará el gas, los precios se dispararán y los votantes abrazarán a los candidatos populistas y extremistas.

La golpe rusa a Ucrania el 24 de febrero, y desde entonces, la resistor de este país en presencia de los misiles de Putin, ha transformado lo que llamamos Oeste. La OTAN, desorientada desde la caída del imperio soviético hace tres décadas, ha redescubierto su razón de ser. Estados Unidos llevaba desentendiéndose de Europa desde antaño de los primaveras de Donald Trump: ahora ha regresado al continente. La Unión Europea ha transmitido un brinco delante en la integración y financia armamento para Ucrania. En ningún otro división se ha hecho tan visible el viraje como en Alemania, que ha iniciado lo que los alemanes llaman un cambio de época con más pago en armamento y una carrera para desengancharse del gas ruso.

La lucha, según el geógrafo y diplomático Michel Foucher, “acelera tendencias”, como igualmente las aceleró la pandemia en 2020. No todas positivas. Sí, la UE da un brinco delante en la UE y EE UU vuelve, y lidera, pero, en el explosivo ámbito político y social de este país, es un regreso probablemente provisional. “Persiste la onda de choque de Trump, ligada a la crisis profunda de la democracia saco”, sostiene Foucher. “En China y quizá en Rusia, esto alimenta la sensación de un descenso de Oeste, lo que es una subestimación azarosa”. Otra tendencia, añade, es “el resentimiento del antiguo Tercer Mundo respecto a los occidentales”. En la Asamblea Militar de la ONU, recuerda Foucher, 35 países se abstuvieron en la condena a Rusia: aunque son menos de un 20% de los miembros, incluyen a China, India y una quincena de países africanos, y representan cerca de la centro de la población mundial. Putin no está ocasional.

Danielle Pletka, del laboratorio de ideas conservador American Enterprise Institute en Washington, no teme tanto que los europeos vayan a relajar las sanciones a Rusia, sino que le preocupa el resto. “El tema”, señala, “son estos países que no están imponiendo sanciones a Rusia y que han sido un conducto de caudal en efectivo para Putin. Piense en China, en muchos en Oriente Próximo, y en otros”.

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Arancha González Calaña, decana de la Escuela de Relaciones Internacionales en el Sciences Po en París, y exministra española de Exteriores, mira más allá de Ucrania: “Hemos pasado de un mundo que vivía en un invariabilidad muy frágil a un mundo con desequilibrios sistémicos: uno geopolítico y otro climático. A esto debemos dar respuesta”. ¿Nueva lucha fría? ¿Democracias contra países autoritarios? “Debemos evitar la vía que nos llevaría a la construcción de bloques con los grandes actores que intentan enganchar al resto de países en su postura”, rebate González Calaña, “porque esto nos llevará a un callejón sin salida, no nos ayudará a afrontar los desequilibrios que, al ser sistémicos, necesitan a todo el mundo en la mesa”.

El mundo cambia, y un espectro lo recorre: el del cansancio en presencia de el impacto crematístico de la lucha y la partida de un final en el horizonte. Lo intuyen Le Pen y otros populistas. Lo sabe Putin.

“No son las sanciones lo que nos cuesta hoy: nos cuesta la golpe rusa”, avisa González Calaña. Y añade: “Renunciar a objetar a esa golpe supondría plegarnos a un chantaje ruso”.

Giorgia Meloni, el 4 de agosto en Marina de Pietrasanta, en la región de la Toscana.
Giorgia Meloni, el 4 de agosto en Escuadra de Pietrasanta, en la región de la Toscana.RICCARDO DALLE LUCHE (AFP)

El calendario de los próximos seis meses es un campo políticamente minado. El 25 de septiembre hay elecciones en Italia. En julio cayó el Gobierno de Mario Draghi cuando tres socios filorrusos le retiraron el apoyo. Los sondeos dan ganadora a la extremista Giorgia Meloni. El 8 de noviembre, Estados Unidos renueva la Cámara de Representantes y un tercio del Senado en las elecciones de medio mandato, y los demócratas del presidente Joe Biden ven amenazadas sus mayorías. Por las mismas fechas se celebra del XX Congreso del Partido Comunista Chino y la reelección de Xi Jinping.

“Imaginemos que Xi obtiene un tercer mandato y Biden pierde las elecciones de medio mandato”, adelanta Foucher, autor de Ucrania-Rusia. Plano mental del duelo y Ucrania, una lucha colonial en Europa. “En el banda latinoamericano, existirá la tentación de decirles a los ucranios: ‘Miren, hasta ahora les hemos ayudado, pero ahora tenemos otras cosas de las que ocuparnos: China. De modo que ustedes van a negociar y a hacer concesiones territoriales’. Es un peligro”.

Desde Washington, Pletka recuerda que, tras las elecciones de medio mandato, empieza otra campaña: la de las presidenciales de 2024, “y el escueto señor Biden afrontará sus propias batallas para demostrarle a su partido y electorado que puede estar a la consideración de la tarea cuatro primaveras más”. “Esto”, añade, “significará una cierta imprevisibilidad tanto en la seguridad doméstico como en la política económica, que puede tener implicaciones negativas”.

La tentación del repliegue no es solo, ni principalmente, estadounidense. “No es solo Biden: es un Biden débil, una sociedad europea agotada, tocada por la inflación…”, reflexiona Foucher. “El fin de este año será crítico”.

La sufrimiento no es nueva: planea desde los días posteriores a la invasión. El 10 de marzo, mientras los líderes de la UE se reunían en Versalles, en los apartamentos de María Antonieta conversaban Emmanuel Bonne y Jens Plöttner, consejeros diplomáticos, respectivamente, del presidente francés, Emmanuel Macron y del canciller ario, Olaf Scholz.

Plöttner: “Si renunciamos al gas, petróleo y carbón, el resultado sería una esforzado recesión en Alemania, y quien dice recesión en Alemania dice recesión en Europa.”

Bonne: “Sabemos que las sanciones le hacen daño [a Putin] y sabemos que nos hacen daño a nosotros”.

El diálogo, filmado para el documental Un presidente, Europa y la lucha, es una radiografía del momento. La quid es la dimensión del daño —incomparablemente último al que sufre Ucrania— y la capacidad para asumirlo.

El viernes, cerca de Marsella, Macron esbozó su interpretación del churchilliano “mortandad, sudor y lágrimas”, que él y otros líderes europeos podrían estar obligados a repetir en los próximos meses. “Pienso en nuestro pueblo”, dijo, “al que le hará equivocación un alma esforzado para mirar de cara al tiempo que viene, resistir a las incertidumbres y a veces a lo hacedero, y a lo aciago. Y, unidos, aceptar respaldar el precio de nuestra sinceridad y nuestros títulos”.

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