#Las derechas de América Latina buscan un futuro #noticias #2022

#Las derechas de América Latina buscan un futuro #noticiario #2022

Seis meses ayer de que Gustavo Petro se convirtiera en el primer presidente de izquierda en la historia fresco de Colombia, el politólogo Alberto Vergara escribía que la organización de meter miedo en dirección a los candidatos progresistas sin ofrecer carencia a cambio ya no le estaba funcionando a la derecha latinoamericana. A lo amplio de 2021, Keiko Fujimori en Perú, José Antonio Kast en Pimiento y Juan Orlando Hernández en Honduras perdieron las elecciones en sus países a posteriori de sacudir sobre sus adversarios el aparecido del comunismo (y, en los dos primeros casos, de reivindicar políticas de las últimas dictaduras).

Tras la equivocación de logros y la frustración causada por una derecha de corte gerencial, abanderada del neoliberalismo, con exponentes como el patrón chileno Sebastián Piñera, el argentino Mauricio Macri o el peruano Pedro Pablo Kuszcinski (una derecha “que no aprende a ser ciudadana de sus países, si no dueña de sus países”, escribió Vergara), siquiera dieron resultado las réplicas locales del maniquí trumpista: centrar el discurso en la amenaza comunista, fogonear el racismo o convertir en bandera asuntos como la prohibición del engendro, el rol de la mujer y la “ideología de índole” solo ayudó a encumbrar a Jair Bolsonaro como presidente de Brasil en 2018, pero la organización no volvió a dar frutos.

Partidarios del excandidato presidencial chileno José Antonio Kast se manifiestan después de los resultados de la primera vuelta durante las elecciones presidenciales, en Santiago de Chile, en noviembre de 2021.
Partidarios del excandidato presidencial chileno José Antonio Kast se manifiestan a posteriori de los resultados de la primera revés durante las elecciones presidenciales, en Santiago de Pimiento, en noviembre de 2021. IVAN ALVARADO (Reuters)

El candidato con el que Petro disputó la segunda revés en Colombia, Rodolfo Hernández, parecía interpretar la resaca de ambas tendencias: un millonario patrón inmobiliario con un discurso centrado en el combate a la corrupción (pero con causas judiciales abiertas por contratos cuando era corregidor), que hablaba de las mujeres como fábricas de hijos o prostitutas y que llegó a opinar que admiraba a “un pensador germano, Adolf Hitler”, se había convertido en la opción electoral del uribismo, que a posteriori de dominar la política colombiana durante décadas no había conseguido disputar la presidencia con un candidato propio.

Ni el mismo Hernández aceptaba de forma pública este apoyo. Cualquier respaldo asociado a la figura del expresidente Álvaro Uribe, ayer todopoderosa, se consideraba ahora piantavotos. Era la derrota verdadero y simbólica de un político y un movimiento que acuñó el término “castrochavismo”, utilizado durante abriles en toda la región para revestir de amenaza a cualquier político de izquierda, y que ya no provocaba ningún propósito. Y es además el manifestación de un tiempo bisagra impresionado por el agotamiento de los discursos conservadores a los que les bastaba no ser de izquierda para disputar poder.

México y Colombia, el desguace de los poderes establecidos

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Aunque los Gobiernos de Andrés Manuel López Taller y de Gustavo Petro tienen diferencias abismales en sus miradas y objetivos, se puede trazar un paralelo significativo sobre lo que ha representado su arribada al poder para los tableros políticos tradicionales en sus territorios: no solo son los primeros presidentes de izquierda en la historia moderna de sus países, sino que el proceso de su medra fue, a la vez, el proceso de demolición de los partidos que dominaron la política doméstico durante décadas. En entreambos casos, un tablado parecido hubiera resultado completamente inverosímil hace escasamente 10 abriles.

En Colombia, el debilitamiento del partido de derecha, el Centro Tolerante, liderado por el expresidente Álvaro Uribe, ha sido estruendoso. La incapacidad para aceptar un candidato propio a las elecciones presidenciales mostró los límites de una fuerza política extremadamente personalista. Hay dos factores claros que alimentaron esta caída, atribuibles a la dialéctica misma del partido. Por un banda, la situación legal del expresidente, que enfrenta un caso de presunta manipulación y soborno de testigos. Uribe llegó a estar bajo detención domiciliaria y renunció a su escaño en el Senado para defenderse en la honestidad ordinaria y no seguir investigado por la Corte Suprema. “El responsable soy yo por lo afectada que está mi reputación”, reconoció él mismo tras los resultados de las elecciones legislativas de marzo, en las que el Centro Tolerante perdió 21 curules en el Congreso.

A eso se suma la quebranto popularidad del Gobierno de Iván Duque, que acaba de entregar el poder con una de las peores imágenes de cualquier mandatario en tres décadas. Transitó su mandato en medio de protestas callejeras, cuya respuesta policial dejó al menos 28 muertos, y en medio de críticas de su propio partido, para el cual no tuvo suficiente mano dura. Pero hay un medio ambiente que, más que obedecer a la dinámica propia del uribismo, replica a la incapacidad del partido de adaptarse al proceso de paz: por primera vez en abriles, el conflicto armado no fue el tema central de la memorándum de campaña en 2022. La vigor, el sistema pensional y la caudal aparecieron en ámbito.

El expresidente Álvaro Uribe llega a la Corte Suprema para ser interrogado en una investigación por cargos de manipulación de testigos en Bogotá, Colombia.
El expresidente Álvaro Uribe llega a la Corte Suprema para ser interrogado en una investigación por cargos de manipulación de testigos en Bogotá, Colombia.IVAN VALENCIA (AP)

Algunos analistas insisten en que el uribismo está enterrado, pero otros ven con ingenuidad esa posición. Hoy, cuatro figuras de ese partido enarbolan la concurso a Petro: los senadores Miguel Uribe, Paloma Valencia, Paola Holguín y María Fernanda Íntegro. Han dicho que no le apuestan al fracaso del Gobierno y que defenderán los derechos de los 10 millones de personas que votaron contra Petro (es opinar, por Hernández). Tendrán que reinventarse en un país menos conservador de lo que se cree. De acuerdo con un estudio realizado por EL PAÍS y 40db en abril, Colombia está más a la izquierda que a la derecha en asuntos económicos, migratorios o de libertades individuales. El temor que existe es que se incube una derecha extrema que no acepta la arribada de Petro, que en su pubertad fue combatiente del desmovilizado M-19.

Aunque tengan un peso electoral muchísimo pequeño, la radicalización de sectores de derecha que se han quedado sin septentrión y sin opciones con las que podrían equilibrar su posición en términos democráticos, no deja de ser una preocupación. Incluso en México han quedado arrinconados: en 2018, el presidente Andrés Manuel López Taller arrasó con cualquier tipo de ideología. Desde hace más de tres abriles, en el país solo conviven dos opciones democráticas: el lopezobradorismo y sus adversarios.

Los grandes partidos mexicanos cayeron fulminados por una triunfo de más de 30 millones de votos y todavía no se han recuperado. No hay líderes a la derecha del presidente, ni siquiera en el otro añoso partido de izquierda —en peligro de agonía— que le hayan hecho sombra. Y los datos de popularidad lo mantienen como uno de los jefes de Estado más queridos del mundo, según la última investigación publicada por el Financial Times, que le otorgaba un 65% de aprobación. Para López Taller, la derecha son todos los que no comulgan con su propuesta de variar al país.

El conservador Partido Bono Doméstico (PAN) ha tratado estos abriles de esquivar los ganchos que cada día asesta desde la tarima presidencial el Gobierno, pero sus maniobras para alejarse de las políticas del mandatario y convertirse en la principal fuerza de concurso han desvelado en ocasiones su rostro más confuso. Con el manifiesto objetivo de ingresar oxígeno y visibilidad, los dirigentes del PAN se han llegado a abocar a VOX, al partido de la ultraderecha española que airea el pasado colonial. Y en otros momentos, aprovecharon ciertas olas de indignación civil a las que llegaban tarde, como el movimiento feminista o el de las víctimas de desaparecidos, que se han convertido en la única concurso verdadero a López Taller en las calles. Unas maniobras improvisadas que, para la profesora del Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México y autora de dos libros sobre el PAN, Soledad Loaeza, solo suponen “la equivocación de un liderazgo doméstico y el desconcierto que en el que se encuentra el partido desde hace muchos abriles”.

Mitin de Acción Nacional durante la campaña presidencial de Ricardo Anaya, en agosto 2018.
Mitin de Bono Doméstico durante la campaña presidencial de Ricardo Anaya, en agosto 2018.Héctor Campeador

Tanto el PAN, como el Partido Revolucionario Institucional (PRI) —que llegó a administrar México más de 70 abriles y que mantiene su bastión en el Estado de México desde hace 90—, se mueven entre luchas intestinas y sin una habitante visible, arrastrando por otra parte el molestia de la corrupción cuando tuvieron el poder. El espectro de la derecha que el PAN ha perdido en los últimos abriles lo ha acaparado otro más fresco, Movimiento Ciudadano, que se fundó como un partido progresista, cercano al Partido Socialista castellano. Algunos de sus líderes, como el autoridad Samuel García (en Nuevo Bravo), representan un tipo de derecha independiente, más próxima a un político republicano de Texas que a la identidad conservadora y católica de la derecha tradicional mexicana.

Mientras sus rivales se destruyen en el seno de sus partidos o quedan silenciados por la frenética memorándum política del mandatario, el movimiento de López Taller resiste pandemias, inseguridad e inflación. A la derecha solo le quedan algunos Estados en el septentrión, tradicionalmente conservadores, donde se decidirá su futuro en las próximas elecciones presidenciales de 2024.

Brasil: el trumpismo tropical se pone nervioso

Jair Messias Bolsonaro, de 67 abriles, dinamitó hace casi cuatro abriles en Brasil la tradicional variación que protagonizaron la centroderecha y la izquierda desde el final de la dictadura. Bolsonaro, reservista marcial y avezado diputado, ascendió al poder con un discurso ultraliberal en caudal, ultraconservador, reaccionario y antisistema. Aunque la pandemia y la requisito de aliados parlamentarios para mantenerse en el cargo le obligaron a posponer sus planes de adelgazar el Estado, poco han cambiado el resto de sus posturas políticas. Y las derrotas de los mandatarios latinoamericanos ideológicamente más cercanos —y sobre todo la de su ídolo, el estadounidense Donald Trump—, le han convertido en el líder indiscutible de la derecha, encuadrado, eso sí, en el ala más radical.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro durante un acto de campaña como candidato presidencial en Sao Jose dos Campos, Brasil, 18 de agosto de 2022.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro durante un acto de campaña como candidato presidencial en Sao Jose dos Campos, Brasil, 18 de agosto de 2022. CARLA CARNIEL (REUTERS)

Con él, la extrema derecha brasileña salió del armario. El presidente expresa con orgullo posturas ayer confinadas a pequeños círculos privados. Desde que entró en política, Bolsonaro siempre fue conocido por sus provocaciones, sus exabruptos y su nostalgia de la dictadura (1964-1985). Era el diputado machista, homófobo, defensor de los intereses corporativos de soldados y policías del que medio país se reía. Pero supo descifrar como nadie el descontento con la política de toda la vida y, en particular, con el Partido de los Trabajadores tras 14 abriles de Gobiernos progresistas. Azuzó al odio a Lula da Silva, de 76 abriles —ahora se enfrentan en unas elecciones de parada voltaje— y con una hábil organización digital llegó hasta el palacio presidencial, una correr que solo meses ayer hubiera sonado a delirio.

Recién iniciada la campaña electoral, Bolsonaro sigue recortando distancias, pero Lula le saco aún 15 puntos, según reveló este jueves la investigación Datafolha, la más fiable.

Bolsonaro aplazamiento repetir la gesta con una avalancha de boleto conocido en un intento de dar la revés a las encuestas, que encabeza Lula. Sin incautación, la conducta inhumana y anticientífica durante la pandemia y el desaseo de sus planes económicos han alejado a aquellos votantes que aborrecen al PT pero no comulgan con sus posturas más radicales. Todavía mantiene el apoyo firme de un tercio del electorado, el más ideologizado y reaccionario, el que quisiera cerrar el Tribunal Supremo y sostiene que el pueblo se tiene que provocar para defenderse. Son millones de brasileños que le consideran el único capaz de plantarse frente a un sistema político del que desconfían.

Los ataques del presidente a las instituciones que ejercen de contrapeso y al sistema de votación electrónica han disparado los temores a que no reconozca un resultado que le sea azaroso y genere una crisis o incluso un intento de toque al estilo del asalto al Capitolio en Washington. El papel que podrían juguetear entonces las Fuerzas Armadas y las Policías Militares son objeto de intenso debate desde hace meses. Lo que sí es novedad es la implicación directa de los militares en todos los preparativos de los comicios, en principio en un papel técnico, pero que genera una enorme inquietud en los más críticos a Bolsonaro. Datafolha además revela que el apoyo a la dictadura entre los brasileños (7%) está en el insignificante en democracia. De todos modos, si Bolsonaro pierde las elecciones en octubre, coinciden los especialistas, el bolsonarismo le sobrevivirá.

Al sur del sur: apuestas por la crisis y la desinformación

La crisis de 2001 en Argentina, que supuso la implosión del maniquí neoliberal impulsado por el presidente Carlos Menem en la término mencionado, dejó a la derecha política sin un referente partidario claro. Acullá del poder estatal, mantuvo sin incautación su poder de lobby desde organizaciones intermedias como las cámaras empresariales o rurales. Desde allí hicieron la enfrentamiento al Gobierno kirchnerista, representante de la corriente más a la izquierda del peronismo. A medida que el kirchnerismo perdió poder, estas derechas inorgánicas se aglutinaron rodeando de la figura de Mauricio Macri, miembro de una de las familias más ricas del país. Verónica Giordano, socióloga de la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet, define a Macri como de “una derecha independiente, como la de Sebastián Piñera en Pimiento o Luis Lacalle Pou en Uruguay, cercana a esas estructuras de empresarios vinculados al Estado, pegadas a la escuela de los Chicago Boys y a una visión política con menos peso de la Iglesia Católica”. Eso explica que haya votantes de la derecha dominante en Argentina que pueden defender el engendro judicial.

Macri llegó a la Casa Rosada en 2015, pero su incapacidad para resolver la crisis económica le costó la reelección cuatro abriles a posteriori. El tercer Gobierno del ciclo kirchnerista, el coetáneo, siquiera ha podido encontrar una salida a la crisis, lo que dio aires a una derecha que exploración reinventarse como opción de poder. “Nos estamos acomodando todos desde la centroderecha, pero en Argentina no sabemos cómo va a terminar. En Brasil, Lula da Silva tuvo que despabilarse la decisión exterior [con una alianza con el conservador Geraldo Alckmin]; el peronismo permite solucionarlo desde en el interior del partido”, dice Giordano, con figuras como el nuevo ministro de Peculio, Sergio Massa.

El medio ambiente disruptivo es el líder “eximente” Javier Milei, un diputado ultraliberal vociferante que atrae el voto de los desencantados del sistema. El coqueteo de Macri con Milei tensionó a la principal coalición opositora, Juntos por el Cambio, por el rechazo de algunas de sus figuras más moderadas a cualquier acuerdo con una figura tan en los extremos. Giordano dice que Milei, un competidor específico de Jair Bolsonaro o Donald Trump, “es más peligroso para Macri que para el resto de los partidos”. “El votante del Frente de Todos (en el Gobierno) dudará entre Massa o Cristina Kirchner, pero nunca votará por Milei. El de Juntos por el Cambio puede elegir a Macri, pero además a Milei”, dice.

Javier Milei durante un mitin de campaña en Buenos Aires, Argentina como candidato al Congreso por el partido Libertad Avanza.
Javier Milei durante un mitin de campaña en Buenos Aires, Argentina como candidato al Congreso por el partido Franqueza Avanza.Anita Pouchard Serra (Bloomberg)

Esta dinámica entre los extremos y la moderación en el interior de la misma derecha además se ha vuelto problemática en Pimiento, donde las fuerzas conservadoras no han conseguido recobrar un plan luego del triunfo de Gabriel Boric en diciembre de 2021. El apoyo del sector al candidato reaccionario José Antonio Kast dejó a los partidos liberales del coalición en una posición incómoda de cara al futuro. Hoy, la concurso concentra sus esfuerzos en ganar el rechazo a la propuesta de nueva Constitución que se plebiscitará el 4 de septiembre y que, de acuerdo a los sondeos, es la opción que podría imponerse. Tras esta cita electoral, sin incautación, la derecha chilena tendrá que concentrarse en dos asuntos. Trabajar con miras al proceso constituyente que seguirá tras el referéndum, sea cual fuere el resultado, porque ni el texto de la Constitución vivo continuará de ingresar la opción del rechazo, ni la propuesta se implementará tal y como está, según lo que parece ser ya un consenso político. En segundo puesto, la derecha deberá necesariamente emprender un camino de refundación para ofrecer un plan en un país diferente al de las últimas décadas: con una Constitución nueva, donde los derechos sociales se han instalado con fuerza entre las demandas consensuadas por la ciudadanía y el principio de un sector extremo —el de Kast—, que los amenaza con un discurso centrado, entre otras cosas, en el combate contra la delincuencia.

Este reportaje contó con la colaboración de Rocío Montes desde Pimiento

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