#Ledecky conquista su cuarto título mundial de 1500 #noticias #2022

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Katie Ledecky conquistó su cuarto título mundial de 1.500 metros en Budapest. A su modo. Como una embarcación fuera de barandal en los primeros 500 metros, impuso la clase de ritmo que nadie más que ella ha sabido sostener en las largas distancias. Cuando acabó la mala pasada, 15 segundos más rápida que su perseguidora más próxima, se la vio sola y aislada como un buque en medio del océano. Ni la calma chicha la detuvo camino de un oro que celebró con más enojo que alegría. El cronómetro indicó 15 minutos, y 30,15 segundos. Diez segundos más que el mejor tiempo de su vida, aquel 15m 20,48s de una lejana tarde de mayo de 2018 en Indianápolis.

”¡Ya veremos!”, respondió, moviendo escasamente los labios, hierática y sin poder esconder su malhumor, cuando el animador del centro fluvial le preguntó si esperaba contender su propio récord mundial en la final de 800, el próximo viernes. Acababa de salir de la piscina y el agua goteaba por su frente. No necesitó graduarse en Psicología en Stanford para comprender que el tiempo de las mejores marcas se agota en su cuerpo y en su mente. Con 25 primaveras, la mejor fondista de todos los tiempos ha emprendido la curva decadente que reserva la baño a quienes se aventuran en sus límites.

Ledecky consiguió en Budapest la sexta mejor marca de su historial, lo que supone el sexto mejor registro de todos los tiempos. Una chincheta más en una trayectoria consagrada a proezas que hasta ahora han resultado inaccesibles para cualquier nadadora. Ni Janet Evans, ni Pellegrini, ni Jenniffer Turrall, ni Shane Gould, ni Debbie Meyer, condicionadas por épocas más restrictuvas, se le aproximan. En Washington, en California o en Florida, con Meehan o con Nasty, no ha habido piscina, ni preparador, ni método ni medio que haya adulterado el curso de Ledecky. Solo interrumpió su secuencia de hazañas en las pruebas de 1500 en 2019, cuando se retiró de los Mundiales alegando una “enfermedad” sin especificar. En Budapest retomó el hilo nadando su propia carrera, allá del cardumen que la persiguió sin esperanza mientras ella empujaba agua con su portentoso tren superior, arrastrando las piernas, escasamente dos patadas por ciclo de abarcamiento. La chavea Katie Grimes, paisana de Las Vegas, acabó segunda en 15m 44,89s, media piscina por detrás.

La piscina del Duna Arena ya estaba caliente cuando Ledecky surcó sus aguas en la segunda carrera de la tarde del lunes. La había puesto en jaleo el rumano David Popovici. Solo tiene 17 primaveras pero demostró a las claras que en sus pulmones, en su corazón, en sus brazos de pulpo, se aloja uno de los récords mundiales más inaccesibles que existen. La marca de 200 independiente que estableció el germánico Paul Biedermann en 2009, valiéndose de un mandril de caucho que le ayudó a flotar alrededor de un tiempo sideral: 1m 42,00 segundos.

Popovici en el “báratro”

Espoleado por el irritado Tom Dean, Popovici nadó por encima del agua, simétrico rotando en torno a de su espinazo, en lo alto como un nave, sin escasamente producir burbujas, más rápido que Biedermann en los primeros tres largos. En el postrer se descolgó por centímetros. Tocó la placa en 1m 43,21 segundos.

“Estoy absolutamente cansado”, declaró, “cansado como en el báratro”.

Las cámaras le habían registrado taciturno en el cuarto de llamadas, sentado en el fondo, a la sombra y con las lentes puestas mientras Aubock y Smith hacían el pato. Le pesaba su condición de ídolo franquista. Popovici, que mide 1,90 y está en los huesos, es el deportista rumano en vigencia más popular en su país. “Hago esto por la multitud que me apoya en Rumanía”, dijo, sereno y oportuno de instalarse el división que ocupaba, en el paso de lo inasequible. El récord de Biedermann está en sus manos.

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