#Los españoles ante el amor: monógamos e independientes #noticias #2022

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Baremar un anhelo. Ponderar alegrías frente a renuncias. Hacer un gráfico, barra sobre barra, de cuánto nos queremos. En principio, parece complicado retratar el amor en una encuesta. “Es un tema inabarcable”, dice Javier Moscoso, historiador y filósofo en el CSIC y autor de Promesas incumplidas. Una historia cultural de las pasiones, quien podría hacer un curso “solo con lo que ha cambiado el cortejo”. “Además, tiene una enorme dimensión subjetiva”, añade, “no contestas lo mismo si estás enamorado, buscando pareja, desengañado o ya fuera del mercado; y no olvidemos que vivimos en una sociedad de enorme autoengaño, y el amor es una de sus expresiones más significativas”. Dicho esto, considera que los resultados que ofrece la encuesta de 40dB. —“muy de nuestro tiempo, muy identitarios”— son “una cosa maravillosa para los investigadores el día de mañana”.

¿Y cómo nos amamos hoy? Según la inmensa mayoría de los 2.000 encuestados, lo hacemos en pareja, heterosexual, monógama, conviviente y estable. Nos queremos mucho, según dicen los emparejados, que ponen un notable a sus pares, y para largo: casi tres de cada cuatro creen que están con el amor de su vida. De los que no tienen pareja, la mayoría la desean, y los que la tuvieron, recuerdan a su ex más importante con un benévolo 6 de 10. Influye en cómo nos queremos nuestra edad, género, nivel socioeconómico y orientación sexual, a veces de manera sorprendente. Y aunque minoría, los solteros militantes existen y quizás atisben cierto individualismo contemporáneo, que también aparece en las renuncias que la gente no está dispuesta a hacer por la pareja. Porque a pesar de que, para casi todo el mundo, el amor parece la panacea, tampoco nos importa tantísimo: es la cuarta de nuestras prioridades vitales.

Aquel “tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor” que sonaba en los guateques no acertó del todo el orden, ni el número, de los factores. La salud, física y mental, sí lidera las prioridades de los encuestados (con un 9,05 sobre 10), pero prácticamente empata con la importancia que dan a hijos, familiares y amigos. Después, valoran su libertad e independencia, y solo en cuarto lugar, aparece ya el amor y la pareja (con un decente 8,3). Por debajo (aunque probablemente sea a lo que dedican más horas) puntúan el trabajo y los estudios (7,7), y aún después, el dinero. “Salud, allegados e independencia”, se entona claramente peor.

Por edad, los encuestados más jóvenes (la generación Z, de 18 a 24 años) son los que menos puntuación (7,6) dan al amor, y los únicos que ponen por delante el trabajo y los estudios.

De media, mujeres y hombres evalúan sus prioridades casi exactamente igual. Si acaso ellas le dan algo más de importancia (apenas unas décimas) a su independencia y a sus allegados que ellos. ¿Sorprende? “El feminismo radical ha trabajado para deconstruir una idea del amor romántico que es una trampa para las mujeres”, dice la socióloga Carmen Ruiz Repullo, experta en género y violencias machistas. “Hay un relato que asegura que las mujeres somos más sentimentales, un traje que ya no vale, según el cual el amor es lo primero, y aquellas que anteponen su realización personal y profesional por delante, son egoístas y tiranas”. Si “el tándem es bueno”, opina, “si nadie sale perdiendo, cargando con los cuidados y los sacrificios, no hay nada de malo en ello; la monogamia es un modelo exitoso en una sociedad que, desde las vacaciones hasta las hipotecas, está estructurada a su alrededor”.


Cuanto más mayores, más importa el amor

Importancia del amor y la pareja siendo 0 la mínima importancia y 10 la máxima

Por situación sentimental

Cuanto más mayores, más importa el amor

Importancia del amor y la pareja siendo 0 la mínima importancia y 10 la máxima

Por situación sentimental

Cuanto más mayores, más importa el amor

Importancia del amor y la pareja siendo 0 la mínima importancia y 10 la máxima

Por situación sentimental

Entre los enemigos del amor romántico contemporáneo, según el historiador Moscoso, están la falta de paciencia actual, su vínculo con cierta “mercantilización de las relaciones”, y también una parte del feminismo que ha “levantado un muro al considerar que toda relación sentimental es una relación de dominación, algo falso, aunque sea verdad en muchas instancias”. También los clichés de que las mujeres son más amorosas y los hombres tienen menos sentimientos, que perjudican a ambos. Al historiador los resultados de la encuesta le parecen “conservadores”, y apunta a que se considera el amor como algo que reduce la libertad, cuando “elegir pareja es precisamente ejercerla”: “Si algo caracteriza a las historias de amor genuinas, es su carácter contestatario, la unión imposible de dos personas, de Romeo y Julieta a Layla y Majnún, o ilegítimo desde el punto de vista comunitario”. En este sentido, el más reciente ejemplo de la “función política del amor” romántico sería el matrimonio homosexual, ya que “hace ley un sentimiento”.

En la encuesta, aparte de los jóvenes, solo valoran por debajo del 8 al amor, precisamente, las personas que se salen de la norma heterosexual y aquellas de clase media-media baja. El amor se antoja más complicado para estos grupos: son quienes muestran más escepticismo en general, índices más bajos de satisfacción en sus parejas y mayor deseo de no compartir su vida.

Solo alrededor de un 20% de los encuestados creen que se es más feliz sin pareja, aunque la mayoría prefieren estar solos que mal acompañados (“en pareja, incluso si la relación es mala”, es la opción que más se elige en último lugar). Una inmensa mayoría quiere ser monógama en teoría (un 83,2% dicen preferirlo como modelo) y lo es incluso más en la práctica (el 94,6% de las parejas). Los hombres, a gran distancia de las mujeres, preferirían modelos alternativos (parejas abiertas o poliamor): los de la generación X (40 a 56 años) llegan a apostar por ello hasta tres veces más que sus coetáneas.

Lo mismo pasa (aunque al contrario) con la convivencia. Hipotéticamente, si el dinero o las circunstancias no fuesen un problema, la mayoría elegiría vivir con su media naranja (o con ella e hijos, familiares o amigos) y eso es lo que hace. Solo 1 de cada 10 imagina que es mejor no convivir en absoluto con la pareja. Quienes más se alejan de esa media son aquellos individuos con menos recursos. Por género, las mujeres preferirían mucho más no compartir techo con su pareja que los hombres (12,7% frente a 7,1%), y más se alejan de ellos cuanto más mayores: las baby boomers (más de 57 años) rechazan tres veces más la convivencia que los hombres de su generación. En la vida real, de las mayores de 57 emparejadas, solo el 3,5% no convive.

En general, creemos que nos emparejamos por amor, pero seguimos juntos por los hijos. Sin embargo, quienes conviven con sus hijos ven más probable separarse que los que no lo hacen (un 2,7 frente a un 1,7 de 10, siendo 10 una ruptura muy probable). Es decir, que la inmensa mayoría cree que seguirán unidos en el futuro. No es extraño pues que el 73% de los emparejados afirmen que están con el amor de su vida (lo creen bastante más los hombres que las mujeres, las generaciones más mayores y los heterosexuales que quienes no lo son).

De media, las parejas encuestadas llevan 22 años juntas (la media de duración de los matrimonios en España es de 16 años, según los datos del INE de 2020). Una estabilidad que parecen proporcionar las experiencias positivas que aseguran vivir con mucha o bastante frecuencia. Entre las más habituales: planes comunes, admiración y respeto, escucha activa… Las cosas malas son muchísimo menos comunes: falta de ilusión y aburrimiento, peleas y discusiones. El sexo, el placentero y el que no lo resulta, están ambos en un punto intermedio. Eso sí, el bueno ocurre mucho más a menudo.

A la psicóloga y terapeuta de pareja Alicia Liñán no le extraña que las parejas que se declaran satisfechas presuman de compartir planes y comunicarse, porque la mayoría de las que llegan a consulta no lo hacen. “Lo que se valora es sentirse en armonía con otro, acompañado, valorado, respetado, bien tratado en definitiva…”, dice. El sexo es menos importante, “una forma más de conexión”. “Su valor es más cultural”.

Cuando una pareja heterosexual tiene problemas, la que suele iniciar la terapia es ella, explica la psicóloga, salvo cuando se llega por una infidelidad, cometida casi siempre por el hombre (la encuesta corrobora que ellas son más monógamas y estrictas sobre lo que consideran una infidelidad, y ellos algo más laxos y bastante más infieles). De media, un 81% de quienes creen que el mejor modelo para el amor es la monogamia consideran que tener relaciones sexuales con otra persona es una traición (las personas no heterosexuales lo creen menos, un 70%). Para un tercio de los monógamos, también un coqueteo sin contacto físico alguno son cuernos. La implicación emocional es lo que duele: “A la persona engañada no le moleste tanto que el otro haya tenido sexo, sino la pérdida de intimidad, de lealtad, el ‘has podido hablar de mí”, dice la terapeuta. La mayor disparidad es etaria: un 10% de los menores de 40 consideran infidelidad mirar a otra persona porque es atractiva, casi el doble que sus mayores.

A pesar de la importancia que dan los monógamos a la fidelidad, solo un 8% de las parejas dicen que los celos se dan mucho o bastante en sus relaciones; y la mayoría de los solteros que en algún momento tuvieron pareja no la mencionan como la causa más habitual de sus rupturas. La infidelidad es lo que todos los entrevistados, independientemente de edad o género, menos están dispuestos a perdonar a sus parejas (”lo único que no tolero”, le dicen a la terapeuta). De media, un 94% no lo pasaría por alto.

“En Shakespeare, Cervantes o Lope, el celoso era un personaje de mofa, alguien quien, contra toda evidencia, se empecina en la idea de haber sido engañado, llevado a lo contemporáneo, sería un terraplanista”, dice Moscoso, para quien el resurgir de “los celos mórbidos” muestra que hemos ido “a relaciones más posesivas”, donde la pareja se ejecuta en términos más propios de la “mercadotecnia”: “Ya no construyo algo con otra persona frente al mundo, ahora es cómo me siento yo y lo que reflejo”. Para la socióloga, las redes sociales han aumentado esa presión de tener y mostrar una vida y una pareja perfectas.

Entre las concesiones que sí se está dispuesto a hacer por amor, más de la mitad de los encuestados mencionan, por este orden: irse a vivir a otra ciudad (61%), aguantar a la familia o amigos del otro aunque no sean de su agrado y tener hijos. A irse a vivir a otro país ya no accedería la mayoría (55%). Y la cosa baja bastante cuando se toca el trabajo: dos de cada tres no cambiarían sus condiciones laborales (reducir su jornada, dice explícitamente la pregunta) por su pareja y el 82,5% no estaría dispuesto a dejar su trabajo.

Ello contradice de nuevo el cliché de la mujer abnegada. El 14% de ellas se negaría directamente a todas las concesiones, frente al 7,2% de los hombres. Son especialmente notables la diferencias respecto a trabajar y tener hijos. En la encuesta, el 44% de los hombres menores de 25 aseguran estar dispuestos a cambiar sus condiciones laborales por su pareja, mientras que solo lo haría el 19% de las mujeres. En la siguiente generación (los mileniales, de 25 a 40, que coinciden con la edad media del primer hijo), la diferencia ya es solo de cuatro puntos, pero aun así, ellas siguen diciendo que cederían menos. Sin embargo, en la vida real, las jornadas reducidas son preeminentemente femeninas.

La pregunta es en abstracto: ¿cómo se es más feliz, con pareja o sin ella? Alrededor de uno de cada cinco encuestados dice que mejor sin. ¿Quiénes son esta minoría de solteros militantes? Su distribución demográfica es muy parecida, en edad y género, a la población general, aunque son en mayor medida de clase social baja o media-baja y no heterosexuales. Dan menor importancia al amor que el resto (7,5 frente a 8,2), y muestran más individualismo, ya que estarían menos dispuestos que la población general a hacer sacrificios por una pareja. Son también más descreídos respecto al amor de los demás: cuando juzgan “a la mayoría de las parejas que conocen” creen, más que el resto de las personas, que el enamoramiento ha tenido poco o nada que ver ello, y, sin embargo, intuyen que han influido bastante o mucho las razones económicas.

Como es normal, una mayor proporción de los solteros militantes son personas que efectivamente no tienen pareja, pero hay una buena suma de casados que fantasea con ello: entre estos últimos, hay un mayor proporción de infieles que en el resto de los emparejados, son quienes más dicen experimentar aburrimiento, peleas y mal sexo con sus cónyuges y quienes expresan una mayor probabilidad de separarse.

Cuando se pasa de la teoría a la práctica, y se mira a quienes de facto no tienen pareja, la edad y el género marcan interesantes diferencias sobre cómo se vive la soledad amorosa (ojo, estas personas pueden tener “relaciones” esporádicas o regulares con otras personas, pero no las consideran una “relación de pareja”; y en ningún caso se está preguntando por encuentros sexuales). Por ejemplo; entre quienes no tienen pareja ni relaciones de ningún tipo (unos 200 hombres y otras tantas mujeres), un 21% de ellos dicen que viven así “porque les gusta”. Entre ellas, las que están a gusto son el 30%. La aversión a la soltería parece más masculina a pesar del tópico de los solteros felices y las “solteronas”.

Poniendo el foco en la edad, proporcionalmente, hay muchas más gente sin pareja entre los jóvenes menores de 25 años, donde rondan la mitad de los individuos. En mileniales y generación X bajan a un cuarto, para luego aumentar hasta un tercio pasados los 57 años.

Los sin pareja más jóvenes son novatos en el amor y la gran mayoría preferiría tener a alguien a su lado. Entre estos célibes involuntarios destacan los hombres jóvenes heterosexuales que no tienen relaciones de ningún tipo pese a desearlas, muy por encima de las chicas en su situación. Son los más anhelantes.

Les siguen los mileniales, que en general tampoco quieren esta situación y son de hecho quienes menos disfrutan de la soltería. Pasados los 40, aparecen entre los integrantes de la generación X solteros exigentes: más de la mitad lo son ya por elección. Los mayores de 57, menos dispuestos a compartir su vida, podrían parecer los más escépticos frente al amor, pero no por ello, los menos románticos: son quienes más mencionan que están sin pareja porque no olvidan “un amor del pasado”.

Estos baby boomers son quienes más disfrutan de la soltería y quienes menos anhelan (y tienen) relaciones de ningún tipo, un fenómeno especialmente frecuente entre las solteras y viudas. A cualquier edad, cuando se pregunta a quien no tiene relaciones de ningún tipo por qué no las tiene, las mujeres dicen siempre más que los hombres “porque no encuentro a la persona adecuada”, y los hombres, más que ellas, “porque no encuentro a nadie que se interese por mí”. La respuesta “porque me gusta estar soltero/a” va variando un poco por edad y género, hasta que se llega a las mujeres mayores: ellas tienen 12 puntos porcentuales más claro que prefieren estar solas.

La edad marca un momento vital y también uno sociológico. Las parejas de menos de 25 años son las que conviven menos (todavía) y quienes afirman mantener relaciones sexuales placenteras con más frecuencia. Son también los que practican más la “escucha activa”. Es ley de vida. Aún dándole la menor importancia al amor y siendo quienes menos creen que su pareja actual será el amor de su vida, la llamado generación Z es quien más alto puntúa a sus propios, un 8,5 (la peor nota la pone la generación X, de 40 a 57, y aun así, es un 7,9).

A medida que se roza la treintena aparecen los mileniales, la convivencia se duplica y se dobla el número de individuos que tienen hijos. Son los más emparejados (aún no han llegado las separaciones) y los que más quieren vivir juntos, parejas que se empiezan a establecer. Aunque sus relaciones son en general positivas, admiten con más frecuencia que ninguna otra franja de edad el sexo no placentero y las discusiones (la hostilidad solo baja de nuevo a niveles “juveniles” pasados los 56 años). “Hasta que llegan las criaturas y tienes 24 horas para tus aficiones y tu trabajo, todo es muy bonito”, dice la socióloga Carmen Repullo sobre esta diferencia etaria, “pero con el reparto de los cuidados, ellas ven que igual salen mal paradas”. “El conflicto se da sobre todo cuando nace el primer hijo”, asiente la terapeuta Alicia Liñán, que, sin embargo, tras 25 años de experiencia, está viendo un pico de parejas jóvenes que llegan a terapia aun sin descendencia y pocos años de relación. “Principalmente porque no tienen recursos para resolver conflictos, se sienten pequeños emocionalmente”, dice.

El grueso de sus pacientes tienen entre 40 y 50. La edad de la generación X. “Coincide con un momento de crisis vital”, dice la psicóloga. La pregunta ¿qué quiero hacer el resto de mi vida?, lleva a otra, ¿cómo resolvemos esta situación en la que llevamos años anclados? “Muchas veces la crianza de los hijos ha “llenado” un espacio afectivo e invisibilizados los problemas”, asegura.

La gran mayoría de las parejas X encuestadas cuentan que se conocieron sobre todo a través de amigos o en los bares, y que hacen muchos planes en común y sienten respeto mutuo. Ven menos probabilidades de separarse que quienes son más jóvenes, aunque admiten haber tenido más relaciones sexuales con terceros que ellos.

Aunque en infidelidades cometidas, ganan los baby boomers y la generación silenciosa (mayores de 57 y de 77 respectivamente), aunque claro, llevan juntos de media 35 años. Se declaran a pesar de ello más monógamos que el resto y están convencidos en un 75,4% de estar con el amor de su vida. Son los que menos probable ven separarse y quienes más planes en común comparten. Y las parejas que menos vieron menos afectada su relación a causa de la pandemia.

Los cambios sociales se muestran sobre todo en el hecho de que las parejas jóvenes (Z y mileniales) ya se han conocido más por internet que en otros lugares. A pesar de que, paradójicamente, piensan (como sus mayores) que en general las redes y apps sirven para tener encuentros sexuales y ligar, pero no tanto para encontrar novio/a. Todos creen, independientemente de la edad, que mantener la pareja es ahora más difícil que antes de internet.

Los jóvenes muestran una mayor diversidad de identidades sexuales: entre los menores de 25, la heterosexualidad cae un 15% respecto a los baby boomers, y hay más del doble de bisexuales y homosexuales entre ellos. También son más tolerantes: se enamorarían casi el doble de alguien de su mismo sexo o con una identidad sexual distinta a la suya que la media (36% frente a 61.2%), ejerciendo su libertad de poder hacerlo.

CRÉDITOS

Infografía: Yolanda Clemente y Jorge Moreno Aranda.

Diseño: Ana Fernández y Alejandro Gallardo.

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