#Los festivales literarios son ‘Misery’: la experiencia extrema de un escritor en contacto íntimo con sus lectores #noticias #2022

#Los festivales literarios son ‘Misery’: la experiencia extrema de un escritor en contacto íntimo con sus lectores #telediario #2022

“¿Qué te ha gustado más del festival: los ronquidos, la cama o que no haya agua en las duchas?”. Me lo preguntaba en el desayuno un escritor eslovaco cíclope, un tipo de dos metros con el que acababa de tener lugar una de las peores noches que rememoración. Estábamos en un refugio de montaña de los Alpes italianos, cercano a un montón de extraños que se habían afilado a aquel festival intelectual.

La cosa iba de letras y reporterismo de viajes, y el formato combinaba caminatas —para el conocido que había pagado la entrada— y charlas al brisa vacuo en la montaña con escritores venidos de toda Europa. Sobre el papel, cuando recibí la invitación, pintaba muy admisiblemente: unos días en el ártico de Italia, paisajes de poeta romántico y tiempo para conversar. Era un festival más que atípico en el que los escritores en cartel formábamos parte del atractivo para quienes querían comportarse eso que ahora se candela experiencia.

Ignorábamos que los ponentes seríamos arrastrados igualmente a la experiencia. No se nos exigía tan solo que entretuviésemos al respetable con una charla amena, sino que nos fundiéramos en el condición rústico montaraz, hasta el extremo de compartir cama, secreciones, ronquidos y cuarto de baño con los lectores y oyentes.

Cuando los escritores celebramos el contacto con el conocido nos referimos a permutar tres frases en la civilizadísima feria del volumen, no a escucharnos las ventosidades nocturnas apiñados en literas concentracionarias. Sin secuestro, cada vez son más los gestores culturales que imaginan formas extremas de forzar la intimidad entre escritores y lectores, y abundan los festivales excéntricos donde el invitado ya no sabe si va a musitar de sus libros o a ejercitar de terapeuta, amigo postizo, bufón, animador de cenas o incluso apaño, que de todo hay y de todo pasa.

Escribir y descubrir no bastan. Esa forma de relación —intimísima, por otro costado— entre autores y lectores basada en el acto de tener lugar páginas en silencio es insuficiente en este siglo del yo caprichoso. Ahora, el volumen es a veces solo una excusa para explicar una industria de eventos en la que los autores ejercemos de monitores de tiempo vacuo para una parte del conocido ansiosa por comportarse experiencias.

Cuando los organizadores del festival montaraz se montaron en el todoterreno y bajaron al pueblo, a yacer a sus casas, nos quedamos a merced del dueño del refugio, una especie de Gárgamel que apagaba las luces a las diez de la indeterminación y cerraba con llavín las duchas para que no gastáramos agua. Nos preguntábamos por qué no nos habían llevado a un hotel luego de cenar. Los asistentes querían comportarse esa experiencia comunitaria, pero a nosotros solo se nos pagaba (poco, pero se nos pagaba) por musitar y reponer preguntas. ¿Por qué nos hacían yacer así? ¿Era posiblemente una forma de desmitificación? ¿Un memento mori para nosotros y una constatación para ellos de que los escritores que les gustan igualmente roncan?

Hace primaveras, coincidí en un festival (este, convencional) con una cantante mítica del rock (y aunque omito su nombre por pudor, el secundario mítica es adecuado). Su habitación de hotel era paredaña a la de un amigo escritor que la admiraba mucho y se puso nerviosísimo al entender que compartía tabique con su ídolo. El tal tabique era muy fino, y en medio de la indeterminación, mi amigo escuchó ruidos que humanizaban demasiado a su ídolo y que le amargaron el alucinación y el disfrute de sus canciones, que ya no sonaron igual. El proscenio no sirve para encumbrar al orador, sino para proteger al conocido que lo admira y no quiere entender que necesita yantar más fibra para mover el intestino o que usa una camiseta de la Expo 92 para yacer.

Sin lograr a los extremos de los Alpes, es congruo global que el escritor feriante se comprometa a actividades que van mucho más allá de una charla o una mesa redonda. Cenar con un reunión de lectores muy pequeño en el reservado de un restaurante o animar una celebración con café en un hotel son ya rutinas para cualquier juntaletras cuyos libros hagan un pequeño eco en la cúpula del mercado. Abundan igualmente las convivencias con escritores, como la que montan en Menorca bajo el título de Islados, en la que un reunión de lectores pasa un fin de semana dilatado con un escritor que les imparte un taller.

En el casa de baños de Panticosa, en el Pirineo aragonés, se celebra en julio el festival Tocando el Paraíso, que mezcla a escritores y músicos para un conocido muy selecto que se aloja en el hotel. Las jornadas Transversal hacen poco parecido, pero solo con escritores, en un hotel de opulencia en la playa de El Vendrell. Hay muchos más en toda Europa, y los encuentros clásicos, al estilo del Hay Festival, igualmente propician el roce entre invitados y conocido con actividades premium e íntimas que se ofrecen pagando un poco más.

En esos casos, las habitaciones cómodas y la comida estupenda hacen de la experiencia poco mucho más civilizado y menos propio de un reality de televisión, pero todos abundan en un sentimiento de irracional e irrealidad. Al final del día, no hay un solo autor que no se pregunte qué diablos hace allí con toda esa gentío. Quizá sean síntomas apocalípticos, propios de una sociedad a la que se le atragantan los libros y prefiere que se los cuenten quienes lo escriben. Se ha naturalizado tanto, que son pocos los escritores capaces de escapar de estos circuitos sin condenarse a la irrelevancia.

La vida literaria de hoy consiste en evitar por todos los medios que el escritor se quede en casa escribiendo. Si la novelística moderna acabó con el narrador omnisciente (ese que todo lo sabe y todo lo cuenta en tercera persona), la vida literaria moderna ha creado un tipo de catedrático omnisciente que empieza a parecerse a la Anna Wilkes de Misery, la terrorífica novelística de Stephen King. No queda acullá el día en que se presente un festival con un único catedrático entre el conocido, celebrado en una cabaña aislada en el bosque. Estoy deseando que me inviten. Espero, al menos, que esté admisiblemente pagado.

Toda la civilización que va contigo te prórroga aquí.

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