#Manuel Carrasco: “Soy de la clase de los buscavidas” #noticias #2022

#Manuel Carrasco: “Soy de la clase de los buscavidas” #noticias #2022

Estamos en La Cacharrería, la sala de tertulias del imponente y recién remozado Ateneo de Madrid, donde hace un siglo debatían de sus cosas luminarias del brillo Unamuno y Pardo Bazán, entre otros. En una esquina, un vetusto piano de cola enfundado nos contempla. Al descubrirlo para las fotos, Manuel Carrasco no puede evitar arrancarle unas notas al vuelo. ¿Sabe tocar?, le pregunto. “De oído”, contesta, “como la guitarra de un vecino del pueblo con la que empecé a componer de pequeño”. El pueblo es Isla Cristina, Huelva, donde nació y creció, de padre pescador y madre trabajadora dentro y fuera de casa. Su estirpe, su gente.

Gracias por venir. Creo que no le gustan nada las entrevistas.

Bueno, es la parte del oficio que menos disfruto. Al principio me costaba muchísimo, me ponía nervioso, con los años lo he logrado templar bastante. No soy muy hablador, realmente. En el escenario, con la música, hay una transformación que no controlo.

¿Siempre ha sido así?

Sí, desde niño. Recuerdo, con siete u ocho años, ponerme a cantar en cualquier parte, que alguien me escuchara, y que ahí pasara algo. Era lo que me diferenciaba de los demás. Pero todo eso era un entorno, mi barrio, el cole, que controlaba. Luego sales al mundo y te pesa la responsabilidad. Siempre he cantado para alguien. Sentía que había algo en mí, que esa llama encendida que me quemaba podía quemar a otros.

¿De dónde le salen esas metáforas? ¿Ha leído mucho?

No creas. Soy el único de cinco hermanos que terminó la EGB. No siento que haya sido una persona formada, ni tenía libros al alcance en casa. Leía en la biblioteca del pueblo. Pero siempre he tenido querencia por las palabras. Me gustan las cosas bonitas, las frases bellas. Soy sensible a eso y busco la belleza de las cosas.

¿Corrige mucho al escribir sus canciones?

Muchísimo. Busco la palabra exacta y no acabo una canción hasta que la encuentro. Otros compañeros escriben muy bien y tienen mucha inventiva. Yo no. Se me da bien escribir las cosas que siento muy de cerca y muy de dentro. Empiezo a buscar y a abrir puertas y en el camino voy encontrando y encontrándome.

Ha vendido casi 75.000 entradas para su concierto de final de gira en Sevilla. ¿Pagaría usted por verse?

No, y prefiero no pensarlo. Tengo una responsabilidad gigante desde hace años. Responsabilidad con los otros, pero sobre todo conmigo. Creo que son las canciones, que emocionan y tocan el corazón de la gente. Por mucho que me hayan pasado cosas, no se me pasa esa responsabilidad. No me quedo en el halago, no me siento cómodo, intento cambiar de conversación. Soy un extranjero en la fama, donde hay muchas luces y muchas sombras. Pero yo soy de otra parte, de cuando se apaga el foco. Sé que vivo una cosa excepcional, pero soy muy consciente de ser un adoptado en este mundo. Mi fuerte es la normalidad, donde me siento cómodo y dueño de mí.

¿Tiene conciencia de clase?

Mucha. Sé lo que cuestan las cosas. La ley del esfuerzo la tengo a flor de piel. Tengo claro de dónde vengo. Formo parte de la clase de los buscavidas. A nosotros, a los míos, esto no nos pasa. No te digo mi familia, que es maravillosa y fliparías con cómo se ha tomado esto, te digo yo, que lo he vivido directamente. No se me olvida, entonces, quiero sentirme orgulloso y que ellos se sientan orgullosos de mí, pero no por nada, sino porque soy así. Sigo siendo aquel, es más, soy más aquel que nunca después de 20 años, la mitad de mi vida, en Madrid y en la profesión.

‘Sigo siendo aquel’. Sin querer, le ha salido ‘un Raphael’.

Es que es así. Aquel Manuel de Isla Cristina me ha llevado a conseguir lo que he logrado. Lo tengo muy despierto. Fíjate que yo creo que, quizá, algo de eso haya en mi vínculo con el público. Que sientan que no he perdido mi esencia.

¿Temió perderla después de ‘Operación Triunfo’?

Sí. Y me planté. Creo que soy muy sensible, pero a la vez he sido muy valiente. Yo no he tenido plan B en mi vida y estaba preparado para perder. Antes pensaba todo el rato que me iban a pillar, que alguien iba a decir: ‘Quién es el tío ese del póster, quién se cree que es’. Hasta que alguien me dijo: ‘No eres tan inteligente como para engañar a tanta gente’. Y eso me hizo pensar. Se me da bien esto. Para otros seré un mal cantante, un mal compositor, un mal letrista, pero a mucha gente lo que hago le vale. Y, honestamente, creo que tenía un talento innato al que me aferraba totalmente

Tiene dos niños pequeños. ¿Le preocupa darles las oportunidades que usted no tuvo?

Intento no tener esa sensación de competitividad. Creo más en el ejemplo que se les dé en casa. No voy a tener con ellos esa exigencia. Evidentemente, con todo lo que pueda poner a su alcance. Pero no voy a ser el típico padre de “mi niño va a aprender cinco idiomas o 10 porque yo no sé ninguno”. Quiero que valoren las cosas y que tengan una buena educación.

¿Ha notado clasismo en el mundo de la fama y alrededores?

Sí, pero no es algo que me haya afectado. Lo entiendo como que cada uno es como es y ha sido educado de una manera. En eso tengo una ventaja: he vivido en muchos lados. En un barrio muy humilde, en Malasaña, en Barcelona, y estoy muy despierto para eso. Hay gente a la que no le interesan ciertas cosas porque piensan que no molan, o no son cool, o guay. A mí sí me interesa cómo puede pensar alguien que viene de otro lado. Intento no juzgar a nadie.

Me da que no se deja gobernar por nadie.

Totalmente. En eso sí que soy un campeón. Empecé muy joven y tenía la puerta abierta para que me aconsejaran, sabía que no lo sabía todo. Pero sabía cuándo me saltaba el botón de por aquí, no. Yo tenía cosas dentro y decir no cuesta tela. En esos momentos, el foco te deslumbra, pero necesité una pausa. Y cada vez que le he hecho caso a esa voz interior, me han ido mejor las cosas. Imagínate ahora, con 41 años.

¿En su hambre manda usted?

Exacto, aunque no haya hambre. Y eso que es difícil, porque uno también tiene sus propios fantasmas danzando.

¿Qué fantasmas?

Todos tenemos nuestro ladrillazo. Tengo mis miedos todo el rato. Es un fiel amigo, quizá el que más me ha enseñado en la vida.

¿Miedo a qué, o a quién?

A defraudar, sobre todo a mí mismo. Y, como me dedico a esto, al resto. A no estar a la altura. Estoy en vísperas del concierto y ya estoy nervioso. Pero volveré a ser valiente

¿De las 75.000 almas del concierto, cuántas calcula que serán mujeres?

Ja, ja, ja. Pues no creas. Te sorprenderías. Hace unos días actué en Valencia y había muchos hombres. Creo que los chicos tienen menos reparos que antes y se dejan ver más en este aspecto.

Lo digo porque habla de amor, desamor, miedos, y esas cosas, según a quién, no le parece muy masculino, usted me entiende.

Perfectamente. Viéndolo ahora, desde fuera, me encanta esa sensibilidad. Porque lo mío es una sensibilidad que seguramente sienta una mayoría de hombres, pero que no la afloren, o no la cuenten. Yo la he contado desde siempre, y eso es bonito. Al principio, igual veían a un chico de 20 años, medio guapito, y no me cogían el punto. Pero igual esa gente joven que ahora me sigue no tenga tanto reparo en ese aspecto. Y eso me encanta.

DE ‘OT’ HACE 20 AÑOS

Hace 20 años, en 2002, Manuel Carrasco, un veinteañero de Isla Cristina, Huelva, quedaba segundo en la segunda edición del popularísimo concurso de talentos musicales Operación Triunfo. Carrasco, pintor de brocha gorda, cantaba y componía sus propias canciones, pero fue con las de otros con las que enamoró al respetable. El resto está en los papeles. Carrasco triunfó con la ruta trazada desde arriba, hasta que decidió plantarse, pisar tierra y seguir su propio camino. Desde entonces, ha labrado una carrera lo suficientemente atractiva para un público que, después de responder con llenos absolutos en anteriores estaciones, anoche, abarrotó el estadio Olímpico de Sevilla en el concierto final de su gira. Ni él mismo se lo cree, confiesa. Hoy, a sus 41 años, padre de dos niños con su pareja, la periodista Almudena Navalón, cree que el secreto de su éxito es ser él mismo, le pese a quien le pese. Sigue aprendiendo.

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