#Nadal atrapa la final de Roland Garros tras una lesión de Zverev #noticias #2022

#Nadal atrapa la final de Roland Garros tras una lesión de Zverev #noticias #2022

Silba en la tribuna un nadalista inquebrantable como si ya conociera el final, como si alguien le hubiera chivado el desenlace o, sencillamente, como si ya supiera que ocurra lo que ocurra ahí abajo, sobre la arena, la historia está escrita y el destino decidido. A Rafael Nadal le llueven los palos de Alexander Zverev, enorme el alemán durante hora y media, como si hubiera metamorfoseado; pocas veces se le ha visto tan serio, tan aplicado, tan centrado. Tan buen tenista.

Sin embargo, el que se lleva un palazo definitivo es él, que lo ha puesto absolutamente todo sobre la mesa pero se marcha de mala manera, primero en silla de ruedas y luego en muletas. Palmas para él, de los pitos al cariño: “¡Sas-cha, Sas-cha, Sas-cha!”. Antes, lo ve venir: ahí llega Nadal, el coco, erre que erre, más y más grande conforme salva una, y otra, y otra, y otra, y otra… y así hasta cuatro puntos de set en el tie-break. Hasta que decanta el primer parcial con un golpe pasante y pulveriza emocionalmente la tarde. Ya no hay vuelta atrás: 7-6(8) y 6-6, tras 3h 13m. Por dentro, el de Hamburgo ha reventado.

Se resiste el tres del mundo, pero la situación es irreversible. No tal vez ante otro, sí contra Nadal. Las 36 primaveras del español y su acceso a la final de París llegan así, con otra de esas portentosas exhibiciones de resiliencia, de épica, de prosa guerrera. En realidad, no podía ser de otra manera. No con Nadal.

El balear se rebela contra los elementos, las circunstancias y contra su pie; llueve en París, se cubre la central y el dolor no desaparece, pero rema, rema y rema, y cuando debe dar un golpe certero, letal otra vez, lo asesta y la Chatrier estalla: “¡Ra-fa, Ra-fa, Ra-fa!”. Ya es, según establecen los registros, el segundo finalista más veterano en la historia del torneo –un peldaño por debajo del estadounidense Bill Tilden, 37 en la edición de 1930– y si logra su 14 trofeo, el 22º major, se convertirá en el campeón de mayor edad, honor que todavía corresponde al barcelonés Andrés Gimeno, 34 en 1972.

La hostilidad de los inicios

Así de caprichosa y de contradictoria es la historia. Allá quedan los abucheos y los silbidos de hace 15 años, cuando Nadal, un españolito de pueblo que corría como un demonio, lucía bíceps y celebraba cada punto como si hubiera marcado un gol, que tenía todas las ganas de comerse el mundo y empezaba apoderarse del grande francés, tenía que escuchar día sí y día también la música de la central, siempre a favor del rival. E incluso en contra de él. El giro afectivo se consolida estos días, ahora que los vecinos, los aficionados, el tenis y el deporte, todos, temen que el de este domingo –contra Casper Ruud o Marin Cilic, citados en la otra semifinal– pueda ser el último baile del rey en París. Quizá un adiós. Quién sabe. Hasta donde resista ese escafoides maltrecho, el degenerativo azote del síndrome de Müller-Weiss.

En cualquier caso, Nadal vuelve a protagonizar otro teórico imposible y la grada le jalea y le aclama con descaro, volcándose en contra de Zverev. Ya le había dado la espalda el martes a Novak Djokovic y ahora el que recibe la hostilidad es el alemán, una mente quebradiza que pese a la adversidad aguanta entero, combate, responde. Poco o nada se le puede reprochar esta vez; quizá esa falta de lucidez para cerrar algunos puntos claros y su escaso virtuosismo en la red; por lo demás, chapeau.

Replica aguerrido, contestatario. Al mismo tono con el que redujo la bulliciosa ascensión de Carlos Alcaraz en el torneo. Sin embargo, el guantazo recibido en la resolución del primer set circula una y otra vez por su cabeza, y cuando consigue más o menos pasar página, ahí está le enésima embestida psicológica del mallorquín.

Cinco aguijonazos seguidos

Todo transcurre como si estuviera prefijado. Tenía que ocurrir así. Sí o sí. Está Nadal de por medio, maestro del escapismo. A cada rotura, una bofetada de vuelta. El gigantón desbarata tres puntos de set, y con 5-5 es el español el que evita dos opciones de quiebre. Aplica el escozor y después se produce el atropello del desempate; 2-6 abajo, agua al cuello, una encerrona de la que difícilmente se puede salir airoso. Y ahí llega ese primer pasante demoledor (5-6) y a continuación el otro, el definitivo, la andanada. Cinco aguijonazos sucesivos. Se adjudica el balear la manga y se pronuncia de nuevo la Chatrier: “¡Ra-fa, Ra-fa, Ra-fa!”.

Música celestial para él, un yunque anímico cayendo sobre el ánimo del alemán. Zverev amaga con el cortocircuito, pero se contiene. Un exabrupto le cuesta un apercibimiento del juez de silla y la reprimenda posterior de la central, pero el joven (25 años) no pierde el hilo y sigue a lo suyo. No se rinde Sascha. Sabe, en todo caso, que lo que tiene por delante es algo así como los 14 ochomiles consecutivos, toda la cordillera del Himalaya por recorrer. Complicado, muy complicado. E insiste e insiste. Pega y pega, pero cada respuesta es inmediata. No le deja irse Nadal, en su salsa. Se iba va a decidir el segundo set en otro desempate, pero viene lo feo, la tremenda torcedura.

Al hacer un desplazamiento lateral en carrera, al alemán se le engancha el pie en la tierra batida y cae a plomo. Grita dolorido y los estómagos se contraen en la Chatrier ante ese sonido estremecedor. “Hasta que ha ocurrido esto ha sido un partidazo. Jugar contra él, a este nivel, es uno de los máximos desafíos. Así difícil pararle. Estar en la final [la 14ª en París, 30ª en un Grand Slam] es un sueño, no hay duda, pero al mismo tiempo, verle llorar así a Sascha es duro”, se despide Nadal el día que París, probablemente, le ha empujado como jamás lo había hecho.

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