#“Nos decían que el petróleo era bueno para la piel” #noticias #2022

#“Nos decían que el petróleo era bueno para la piel” #noticias #2022

El calor tropical me recibe en Francisco de Orellana, una ciudad ecuatoriana de 50.000 habitantes que surgió de la nada hace medio siglo, aupada por una riqueza recién descubierta en el subsuelo: petróleo. Enclavada en plena selva amazónica, rodeada por tres grandes ríos que terminan uniéndose al Amazonas y en mitad de reservas naturales, Orellana comparte la exuberancia ruidosa y llena de color tan típica de esta región afortunada y dolida.

Luis Yanza y Ermel Chávez, del Frente de Defensa de la Amazonía, nos van a ayudar a comprender el drama cotidiano que viven miles de personas que pueblan la aparentemente pacífica selva ecuatoriana. Nada más comenzar el viaje, visito, junto a un equipo de Manos Unidas, a un misionero capuchino, originario de Pamplona, que lleva toda su vida en la región. Con pocas palabras y con una mirada que transmite inteligencia, compromiso e indignación, José Miguel Goldaraz resume así lo que ha pasado y lo que pasa. “En los setenta fue el primer gran derrame de petróleo en San Carlos. Entonces demandamos. Nadie nos escuchó y el río Napo quedó contaminado. En los noventa fue el segundo gran derrame. Entonces demandamos, pero nada pasó. Impunidad es la palabra que define aquí a una petrolera –continúa Goldaraz– y, mientras tanto, el pueblo sufre las consecuencias. Por eso –remata tajante el misionero– no creo en los derechos humanos. Son una entelequia de la academia. ¿Cómo se puede afirmar que todos somos iguales y tenemos la misma dignidad? Quienes vivimos aquí y acompañamos a la gente, sabemos que eso es rotundamente falso”.

Ermel Chávez, presidente del Frente de Defensa de la Amazonía, organización socia de Manos Unidas, muestra su mano impregnada de petróleo y desechos tóxicos depositados en piscinas instaladas por las compañías responsables de la extracción de petróleo en la selva ecuatoriana.Marco Gordillo (Manos Unidas)

Con esa especie de pesimismo ilustrado que nos deja José Miguel en el cuerpo, dedicamos un par de días a visitar comunidades y familias de la región. Don Servio, uno de los pobladores, cuenta cómo tuvo que abandonar su casa cuando la Texaco comenzó a perforar pozos y excavar en tierra bruta las piscinas de varios metros de profundidad en las que se vertieron, sin más, todos los desechos tóxicos de las primeras fases de la explotación petrolífera.

Hoy, 50 años después, esos desechos siguen ahí, a no más de cinco centímetros de la superficie, contaminando las aguas subterráneas y el agua de lluvia que llega a escorrentías y ríos, lo que provoca la muerte de plantas y animales. Don Servio muestra el pozo de agua de la que era su casa, del que bebieron agua contaminada durante años. Sus padres, nos dice, fallecieron enfermos por la contaminación. “Cuando de pequeños nos bañábamos en el río, con petróleo, los trabajadores de las compañías nos decían que no pasaba nada, que eso era bueno para la piel”, relata don Servio.

Es absurdo comprar en la región agua embotellada a un dólar el litro. Pero eso es lo que nos ha dejado el petróleo

Don Hugo, por su parte, se lamenta del derrame que el pasado diciembre afectó a la parte trasera de su casa. “Un accidente”, le dicen de la compañía. El hombre ha perdido más de la mitad de sus animales. Nos enseña el acta de indemnización en la que ha detallado las pérdidas. “Los de la compañía no saben cuándo me van a pagar”, comenta con tristeza. “¿Y yo mientras tanto qué hago?, ¿de qué vivo?”.

Continuamos visitando a familias que participan en proyectos apoyados Manos Unidas. Me enseñan con orgullo las cisternas instaladas al lado de sus casas, preparadas para recoger y depurar el agua de lluvia para el consumo humano. Se sienten afortunadas. No todas tienen la posibilidad de beber agua limpia. Y nos explican cómo la distribuyen cuidadosamente para beber y cocinar a lo largo del año.

Yo les cuento que, como muchas organizaciones, financiamos cisternas para recoger agua de lluvia en regiones semiáridas y escasísimas lluvias, pero ¿no es un contrasentido construir cisternas en selvas con abundantes ríos y en las que llueve casi todos los días? “Es absurdo, sí, tanto como comprar en la región agua embotellada a un dólar el litro. Pero eso es lo que nos ha dejado el petróleo”, me responde uno de los pobladores.

“Y nos acusan de corruptos. Nadie aguanta tanto tiempo así”

Al día siguiente conozco a Wilmo, que nos enseña cómo el agua contaminada por una piscina acaba en un pequeño río rodeado de letreros que alertan del peligro de contaminación. También nos muestra su piel llena de eccemas a causa del agua. Ermel me invita a acompañarle. Nos adentramos en la selva, hasta que el sendero desaparece. Y ahí, donde ya solo vemos vegetación, me descubre una nueva piscina de petróleo. “Hay cientos en toda la zona”, asegura. “Cuando se fue la Texaco, declaró poco más de 300 piscinas como esta, aunque en realidad hay más de mil, todas de la misma época”.

En las zonas selváticas de la provincia de Orellana, al nororiente de Ecuador, la explotación de recursos petrolíferos ha provocado desde la década de los 70 diversos derrames y la contaminación de fuentes de agua de la que dependen miles de personas que habitan la cuenca del río Napo.
En las zonas selváticas de la provincia de Orellana, al nororiente de Ecuador, la explotación de recursos petrolíferos ha provocado desde la década de los 70 diversos derrames y la contaminación de fuentes de agua de la que dependen miles de personas que habitan la cuenca del río Napo.Marco Gordillo (Manos Unidas)

En la década del 2000, el Frente de Defensa de la Amazonía consiguió organizar y unir a 30.000 ecuatorianos para realizar una demanda colectiva contra Texaco por daños ambientales y a la salud. Después de un largo y costosísimo litigio en Ecuador, la empresa fue condenada en 2011 a pagar 10.000 millones de dólares para reparar los daños causados a las comunidades. “Pero la Chevron (antes Texaco) no ha pagado ni un centavo”, continúa Ermel. “Su estrategia fue el contraataque. Sus abogados denunciaron ante un juez americano que la sentencia en Ecuador se había obtenido por medios corruptos y que el juicio no tenía validez”.

Texaco ganó este juicio en Estados Unidos en 2016. Ermel siente rabia, decepción, cansancio. Con su mano impregnada de petróleo, hace la señal de stop y muestra su camiseta, en la que aparece el nombre del abogado que creyó en ellos y los apoyó en el proceso, y que todavía hoy permanece bajo arresto domiciliario en Estados Unidos. “Cincuenta años luchando y ninguna empresa se ha hecho responsable del daño causado a nuestros ríos y a nuestra gente. Y nos acusan de corruptos. Nadie aguanta tanto tiempo así”, concluye.

Las empresas y la diligencia debida

Al volver a España, aún removido por todo lo visto y escuchado, no dejaba de preguntarme por qué tanta gente, en los lugares más extraordinarios, vive en la pobreza y la precariedad, con su entorno deteriorado, mientras otros se enriquecen a costa de sus recursos naturales. La reflexión se convierte fácilmente en indignación al saber que hay miles de Orellanas en todo el mundo. Tenemos la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible. El Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Las cumbres de la tierra para defender el medio ambiente. Pero no es suficiente.

Si de verdad queremos construir un mundo más justo, inclusivo y que no deje a nadie atrás, todavía nos queda mucho por hacer. Y esto pasa por cumplir con los Principios Rectores de Naciones Unidas para las empresas: proteger, respetar y reparar, cuidando del planeta y de las personas. Y un capítulo clave en este camino es el “deber de diligencia” de las empresas, para cumplir escrupulosamente con el respeto de los derechos humanos y ambientales, en cualquier lugar del mundo.

En la ONU se debate sobre un tratado vinculante. La UE acaba de publicar su propuesta de directiva europea sobre diligencia debida. El gobierno español prepara una ley de debida diligencia para las empresas españolas. Todo esfuerzo será poco mientras en el mundo siga habiendo Orellanas: empresas depredadoras e irresponsables, gobiernos cómplices y poblaciones precarias y desorganizadas, y sin capacidad para defender sus derechos.

Yo sí creo en los derechos humanos. En la dignidad de cada persona. En que un medio ambiente sano determina la calidad de vida y la calidad humana de una sociedad. Y pienso que eso se construye poco a poco y entre todos. Celebremos, pues, este 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, preguntándonos en qué y cómo contribuir para que existan menos Orellanas que lamentar y más vida que festejar.

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