#Olaf Scholz, el inesperado canciller de la guerra, pasa por sus horas más bajas #noticias #2022

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Olaf Scholz contaba con una crisis, no con dos. Cuando tomó posesión, el 8 de diciembre pasado, el sucesor de Angela Merkel al frente del Gobierno alemán enumeró las cuestiones a las que iba a dedicarse como nuevo canciller: superar la pandemia, pilotar la transición energética, digitalizar de una vez al país… La covid y sus consecuencias para la economía eran todavía la preocupación y el desafío número uno para el inédito Gobierno de coalición a tres bandas que el socialdemócrata acababa de sellar ―en detalle y por contrato, como se hacen las cosas en Alemania― con verdes y liberales. La invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero, torció los planes. Con la primera crisis todavía coleando, llegó una segunda, mucho más brutal y de una capacidad transformadora inaudita para un país que llevaba muchos años, tal vez demasiados, instalado en una cómoda parálisis.

La respuesta de Scholz, que muchos consideran dubitativa e insuficiente, ha hundido su popularidad y propiciado la derrota el mes pasado de su partido, el socialdemócrata SPD, en su gran feudo histórico de Renania del Norte-Westfalia.

A punto de cumplirse seis meses al frente de la primera economía europea, se podría decir que Scholz dirige hoy una Alemania distinta de la que le entregó Merkel. Tras décadas de un más o menos declarado desarme de sus Fuerzas Armadas, Berlín se dispone a invertir masivamente en su depauperado Ejército. Uno de sus más arraigados tabúes, el de no enviar armas a zonas de conflicto, ha caído gracias en buena medida a los ministros del antiguo partido pacifista de Los Verdes. El abastecimiento energético que apuntaló el poderío de la industria alemana es historia; se acabó apostarlo casi todo al gas y el petróleo baratos que llegaban por tubería directamente desde Rusia. El propio Scholz calificó el efecto que ha tenido la invasión como zeitenwende, algo así como punto de inflexión en la historia.

Tanque Gepard de fabricación alemana con capacidades de defensa antiaérea durante una demostración en 2007. El Gobierno de Scholz ha prometido 30 unidades a Ucrania, que aún no han llegado a su destino. Christian Charisius (REUTERS)

“La guerra en Ucrania domina la escena política en Alemania, por lo que los primeros seis meses solo se pueden juzgar por los últimos tres, es decir, desde que empezó el conflicto”, asegura Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea. A Scholz no se le está juzgando por la subida del salario mínimo a 12 euros la hora, ni por aprobar millonarios paquetes de ayuda para contrarrestar la subida de la energía. La inflación, que ha alcanzado récords nunca vistos en 40 años, desde mucho antes de la reunificación alemana (7,4% en abril), tiene en vilo a los hogares de rentas medias y bajas. Pero cuando en las encuestas se pregunta a los alemanes cuál es su principal preocupación, no es esa la más nombrada. Tampoco el cambio climático, como ha ocurrido en otros momentos. Es la guerra, que perciben como muy cercana, casi a las puertas de Berlín.

La vara con la que se mide a Scholz es la respuesta a esa guerra. Y si, como ha ocurrido hasta ahora, el canciller se muestra dubitativo, dilata la toma de decisiones y da la sensación de no querer cumplir lo que promete, la opinión pública lo refleja. Más de la mitad de los alemanes cree que su Gobierno no está haciendo lo suficiente para ayudar a los ucranios. Y la popularidad de Scholz ha caído al nivel más bajo desde que tomó posesión. También se ha notado en las urnas. El primer gran examen del canciller, las elecciones del mes pasado en Renania del Norte-Westfalia, se saldó con una derrota y el peor resultado histórico de su partido, el SPD, en este Estado del noroeste, el más poblado de Alemania (18 millones de habitantes) y que hasta hace pocos años era el gran feudo de los socialdemócratas. Una semana antes, en Schleswig-Holstein, el SPD quedó por primera vez en este Estado federado fronterizo con Dinamarca en tercer lugar, después de Los Verdes.

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Poner en práctica el giro

El celebrado discurso de Scholz del 27 de febrero en el Bundestag, que cosechó los aplausos de sus socios de coalición —y también de la oposición conservadora— marcó el inicio del giro histórico que ha emprendido Alemania. Pero es más fácil anunciar un punto de inflexión que ponerlo en práctica, como se ha visto estas semanas. El ritmo de envíos de armamento se ha reducido, según ha publicado la prensa alemana. El armamento pesado que Scholz accedió a entregar todavía no ha llegado a su destino. Las críticas arrecian más que en cualquier otro país, pese a que Alemania está entre los que más contribuye financieramente a apoyar a Ucrania y a que en realidad ningún aliado se ha atrevido todavía a mandar a Kiev tanques modernos de fabricación occidental por miedo a que el presidente Vladímir Putin lo entienda como un ataque.

“Este Gobierno ha tenido que madurar, y rápido. La facilidad y el entusiasmo de las primeras semanas han sido sustituidos por la seriedad y la gravedad”, apunta Daniela Schwarzer, directora ejecutiva para Europa y Eurasia de Open Society Foundations. La experta recuerda que a las críticas por no entregar armas a Ucrania con la suficiente rapidez se han sumado “las dudas sobre su estrategia real frente a Rusia y su compromiso con la capacidad de Ucrania para proteger su soberanía y su nación”. Scholz suele afirmar en sus intervenciones que Rusia no debe ganar la guerra, pero se resiste a decir claramente que debe hacerlo Ucrania, algo que ha provocado suspicacias. Aunque las críticas puedan estar sobredimensionadas, Schwarzer cree que “hay que hacer más”, como adelantarse a las necesidades de apoyo militar a Ucrania, empezando la formación antes o poniendo a punto el armamento que se vaya a entregar.

Pérdida de influencia internacional

La guerra ha propiciado cambios fundamentales en Alemania, pero no ha fortalecido su papel internacional. Más bien al contrario. El Gobierno de Scholz ha perdido peso con respecto al de su predecesora Merkel. “La invasión cogió por sorpresa a Alemania, que no ha proporcionado ningún liderazgo en la Unión Europea”, afirma Gros. Mientras la UE trata de intensificar su propia cooperación en materia de defensa entre los Estados miembros, Schwarzer opina que el Ejecutivo de Scholz debería invertir en la relación con sus vecinos del centro y del este, así como los del Báltico, “que tienden a mirar más hacia Estados Unidos y el Reino Unido para la provisión de seguridad”.

La comunicación, coinciden los expertos, ha sido otra de las asignaturas pendientes de Scholz en estos seis meses. “Se ha mostrado dubitativo, como si no supiera qué hacer. A los ciudadanos no les gusta un líder que piensa mucho y no actúa”, asegura Uwe Jun, politólogo de la Universidad de Tréveris. Al mencionar las similitudes con la excanciller Merkel, también muy criticada por su estrategia de esperar y sopesar todas las posibles soluciones antes de decidirse, Jun responde veloz: “Nunca en una situación de crisis”. Y pone varios ejemplos, desde el accidente de la central de Fukushima en 2011, que propició el abandono de la energía nuclear, hasta las restricciones por la pandemia, pasando por la crisis migratoria de 2015, en la que Merkel “reaccionó relativamente rápido” abriendo las fronteras.

Frente a la actitud de Scholz, los ministros de Los Verdes Annalena Baerbock (Exteriores) y Robert Habeck (Economía y Clima) han conseguido comunicar mejor. Por eso su popularidad se ha disparado mientras la del canciller caía en picado. “Han sabido explicar sus políticas, incluso las que van en contra de lo que tradicionalmente se esperaba de su partido. Scholz, en cambio, no ha sido capaz. Ya sabemos que sus habilidades retóricas son limitadas”, añade Jun.

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