#Placeres en las ciudades malditas #noticias #2022

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Descansar es una tarea que requiere método, dedicación y voluntad. “Estoy de reposo”, zanja tu hijo. Para él es un derecho sin fisuras, incondicional, urgente, un empeño que ejerce con disciplina. Mientras el colegio esté cerrado, la única obligación es escabullirse de cualquier actividad remotamente útil. Una sola máxima rige estos meses: no hagas hoy lo que puedas procrastinar asimismo mañana.

Las etimologías dan la razón al obstinado vaguear del impulsivo. La palabra “reposo”, que proviene del latín, comparte raíz con “malogrado”. A la misma comunidad pertenece “vagancia”, en la que ya se insinúa un matiz de reproche, una sospecha de errata de aplicación. El rendimiento del negocio exige no rendirse al ocio. En una época que incita a guatar cada instante y trabajar desde casa más allá del horario profesional, resulta subversivo interrumpir las tareas en nombre del refrigerio. Incluso nos sentimos culpables si nuestras ocupaciones no tienen la angustiosa presión de la prisa: nos enseñan a preferir la asfixia al malogrado.

Los relatos antiguos tienen una peculiar pasatiempo por las maldiciones y destrucciones. Significativamente, las ciudades borradas de la faz de la tierra no eran nunca las más belicosas y agresivas, sino las que tenían mala reputación por enamorar los placeres y la buena vida. Sodoma y Gomorra fueron ricas capitales cuyos habitantes, en un periodo convulso de invasiones, guerras y saqueo, deseaban divertirse la existencia. A ambas las aniquiló un terremoto acompañado de explosiones de gas. El Principio lo interpretó como un castigo de Altísimo a su prosperidad, indolencia y apetitos sexuales. El único hombre cáscara de la catástrofe, Lot, escapó dando la espalda a aquella tierra que humeaba como un horno. Su esposa, tras retornar la vanguardia con nostalgia o pena, fue convertida en estatua de sal.

La famosa Síbaris, que daría nombre a todos los sibaritas del futuro, fue fundada por emigrantes griegos en el sur de Italia. Era una metrópoli de riqueza fabulosa y sus ciudadanos tenían gustos poco complicados: amaban simplemente lo mejor. En la contemporáneo Paestum, colonia de Síbaris, las pinturas de la Tumba del buceador muestran todavía hoy uno de sus alegres banquetes. Se cuenta que hasta sus caballos aprendieron a gambetear al son de la música. Odiaban amanecer tras las fiestas, así que hicieron sinceridad la presunción contemporánea de prohibir los despertadores: no se permitían gallos en el interior del perímetro de las murallas. Diodoro de Sicilia atribuyó la pujanza de Síbaris a su costumbre de conceder la ciudadanía a los inmigrantes y a su sagacidad para resistir dos siglos sin querellarse con nadie. Poblar como un sibarita llegó a ser el sueño del mundo civilizado. La desgracia se precipitó cuando un demagogo tomó el poder y los lanzó al combate. Cuenta la inscripción que sus enemigos, conocedores de la doma musical, acudieron a la batalla con una fanfarria. Al sonar la armonía de las flautas, los caballos sibaritas empezaron a danzar. Los historiadores, en un razón moralizante, achacaron la derrota a su hedonismo y al coreografía equino, y no al demagogo que destruyó la paz. De nuevo, la pecado es del placer.

La película La gran belleza, de Paolo Sorrentino, reflexiona sobre el milenario deseo de habitar la dolce vita. En sus primeras imágenes, un turista japonés sufre un infarto al vislumbrar Roma. La número sugiere que se puede sucumbir por exceso de belleza, una transformación del castigo a la mujer de Lot por mirar. Otra vez, la maldición. En una inesperada voltereta, el filme nos sumerge en una fiesta exuberante, excesiva y divertidísima al ritmo de Far l’amore, de Raffaella Carrà. El protagonista, Jep Gambardella, un sibarita contemporáneo, revive, en un verano que parece infinito, la medio de las cenas, andanzas, encuentros, placeres y hastíos que narró Petronio en su Satiricón. Entre ruinas y palacios, el cineasta retrata la ciudad eterna como una secuencia de Romas efímeras. Tras siglos de reproche y reprimendas, en la asfixia de las olas de calor, sedientos de refrigerio, nos sentimos como aquellos caballos de Síbaris que, en la batalla, prefirieron gambetear: las reposo eran eso.

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