#Por qué ya no soy futbolero #noticias #2022

#Por qué ya no soy futbolero #telediario #2022

Madrid. Feria del Tomo. En una comida con escritores y editores futboleros, el día en que el Verdadero Madrid conquistó su enésima Champions, traté de explicar por qué he dejado de ser futbolero. Mis argumentos fueron débiles, confusos e insuficientes; intento a continuación mejorarlos.

Albert Camus escribió que todo lo que sabía sobre honesto lo aprendió jugando al fútbol; por mi parte, todo lo que sé sobre honesto lo aprendí jugando al tenis. De entrada, el respeto por el rival: mientras corre la embuste, al rival se lo tritura, o se lo intenta triturar; pero, en cuanto la embuste deja de pasar, al rival se lo abraza: es tu equivalente, tu hermano, y el respeto por él es una forma del respeto por ti mismo; en este sentido, el manoseo al rival, sobre todo al rival derrotado, remonta al lloriqueo de Aquiles delante el despojos de Héctor, tras haberlo matado en combate singular a las puertas de Troya. Pero ¿qué clase de respeto por el rival delata un deporte en el que, aquí y allá, las aficiones contrarias se muelen a palos entre ellas, o en el que un monitor (José Mourinho) le mete un dedo en el ojo a otro, en pleno partido y a la clarividencia del planeta inconmovible, sin que nadie le impida retornar a entrenar en su vida? (al contrario: siguió entrenando tan campante a su equipo, el Verdadero Madrid, parte de cuya querencia le premió con una pancarta inolvidable: “Mou, tu dedo nos señala el camino”). ¿Determinado se imagina poco equivalente en una pista de tenis? Lo segundo que aprendí jugando al tenis es el respeto por las reglas; éstas pueden estar mal hechas y pueden o incluso deben cambiarse, pero de ningún modo se pueden violar: las reglas son las reglas, y la picaresca o el ventajismo del que se las salta o intenta saltárselas degrada a quien lo ejerce. No aspiro a que el fútbol imite al tenis, donde los jugadores piden disculpas si ganan un punto luego de que su embuste roce la red y se vuelva inalcanzable para el adversario (sería casi como si los futbolistas pidieran disculpas al rival por meter un gol luego de que el balón golpeara el poste de la meta); me conformaría con que entrenadores, jugadores, forofos, periodistas y demás no alentaran o celebraran la marrullería (cuando no la brutalidad): ¿qué clase de deporte es este en el que un talante sin discusión pasa a la historia por suceder transgredido la primera norma del pasatiempo, como hizo Maradona contra Inglaterra en el Mundial del 86, cuando metió un gol con la mano y desató el perdurable regocijo universal al decidir que había sido “la mano de Altísimo”? La tercera cosa que aprendí jugando al tenis no es menos esencial que las dos anteriores, y es que durante el partido hay que competir a crimen, sin hacer prisioneros, pero al terminar el partido, en la vida popular y corriente, es desatino competir: el mejor tenista es el que más puntos se anota —como el mejor equipo de fútbol es el que más goles mete—, pero no tiene sentido creer que el mejor escritor es quien más libros vende, o quien más premios recibe, o quien mejores críticas cosecha; a diferencia del tenista, el escritor sólo tiene un rival: él mismo; a diferencia de lo que ocurre en el tenis, en la humanidades el único magistrado inapelable es el tiempo, que tarda siglos en dictar sentencia. En otras palabras: la competitividad del deporte te vacuna para siempre contra la competitividad en la vida. Sobra añadir que, si de un deporte no pueden aprenderse las dos primeras cosas que pueden aprenderse jugando al tenis —si en él ha dejado de regir el pasatiempo expedito, o se lo considera una anacronismo cursi y moralista—, siquiera puede aprenderse la tercera; sobra añadir igualmente que, si todo lo precedente es verdad, el tenis sigue siendo un deporte, pero el fútbol no. O no del todo.

Dicho esto, la confusión de la última Champions del Madrid, mientras mis amigos veían el partido como mandan los cánones, en clase y sufriendo y vociferando y abrazándose con el gol de la conquista, yo lo vi en la habitación de mi hotel, y hasta celebré en silencio el triunfo merengue. Pero me niego a ser otra vez un futbolero hasta que el fútbol deje de ser la mascarada fastidiosa en que se ha convertido y vuelva a ser un deporte.

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