#Putin sostiene el pulso contra Occidente bajo la sombra de una larga recesión #noticias #2022

#Putin sostiene el pulso contra Poniente bajo la sombra de una larga recesión #informativo #2022

Unos ciudadanos paseaban por la plaza Roja de Moscú, el 10 de agosto.
Unos ciudadanos paseaban por la plaza Roja de Moscú, el 10 de agosto.EVGENIA NOVOZHENINA (REUTERS)

Era 9 de agosto y las enormes explosiones del horizonte despertaron a los aturdidos turistas de Crimea. Les recordaron que estaban en eliminación y no habría más silencio en aquella playa donde habían sido felices. Fue inesperado: medio año posteriormente de comenzar su ataque sobre Ucrania, los rusos se han ido acostumbrando poco a poco a la nueva normalidad, una situación similar a la pandemia, un contratiempo al que cada vez prestan menos atención y dan por hecho que será superado ayer o posteriormente para seguir con sus vidas. El horizonte, sin incautación, no está tan claro. La cesta de la importación preocupa más que los muertos de las batallas y los ingresos por gas y petróleo se desploman mientras crece el pago notorio.

“Nadie sabe cuándo acabará la eliminación porque solo [el presidente ruso, Vladímir] Putin será quien lo decida”, afirma a EL PAÍS Andréi Kolésnikov, analista del Centro Carnegie. En su mensaje a la nación del pasado 24 de febrero, el mandatario ruso dejó claro que la de Ucrania es una pugna con Poniente, la restitución de un orgullo que cree perdido tras la desaparición de la URSS: “La parálisis del poder y de la voluntad es el primer paso alrededor de la degradación y el olvido totales. Perdimos la confianza en nosotros mismos durante un momento y eso bastó para perturbar el seguridad de poder internacional”, dijo entonces un mandatario obsesionado con el historicismo.

La exaltación del poder de la voluntad rusa ha convencido a sus compatriotas, cuyo respaldo es decano que ayer: un 83% de la población aprobaba al presidente en julio, 14 puntos porcentuales más que ayer de la eliminación. El 68% de los ciudadanos cree encima que el país “va en la dirección correcta”, un porcentaje decano que el que había durante la belle époque de principios de la período pasada, según el centro de estudios sociológicos independiente Levada, que considera que las encuestas sugieren una imagen fiel de la opinión pública porque el rechazo a contestar es similar al de tiempos prebélicos.

La razón es que muchos creen que EE UU les considera por fin un adversario a su cima. “Los encuestados se sentían orgullosos de que Rusia desafiase a su principal rival (EE UU, la OTAN u Poniente son sinónimos en este caso)”, según explicaba el cabecilla de investigaciones socioculturales de Levada, Alexéi Levinson, en un tratado publicado por el centro de estudio Riddle, que como la ordenamiento demoscópica ha sido declarada agente extranjero por las autoridades rusas. “Es la misma respuesta colectiva que en 2008 (eliminación de Georgia) y 2014 (de Donbás). Los rusos están orgullosos de que su país desafíe las reglas internacionales, que creen establecidas por Poniente, y a sus luceros esto significa que Rusia es otra vez una gran potencia”, añadía Levinson.

El problema para el Kremlin es que este fervor se diluya con el tiempo, como ocurrió tras la anexión de Crimea. “No hay signos de que llegue el final de la eliminación y si Putin mantiene los referendos (de adhesión a Rusia en las zonas ocupadas), se cerrará la puerta a la negociación”, afirma Kolésnikov en un intercambio de correos.

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Tan pronto como la porción de los encuestados siguen ahora las informativo sobre los combates. Para ser un país en una “encargo peculiar”, las calles no revelan el entusiasmo que cabría esperar de una situación así. Desde los destinos turísticos de Sochi y Kaliningrado a las metrópolis de Moscú y San Petersburgo, la parentela hace vida regular y las banderas o zetas, el identificativo de las Fuerzas Armadas que ha tratado de hacer calar la propaganda, son puntuales.

Kolésnikov incide en que se debe distinguir entre el “apoyo” auténtico al Gobierno y la “polarización” de las opiniones, que sería el aberración contemporáneo. Así, distingue entre quienes están totalmente convencidos en su respaldo a la eliminación y otra gran parte de los encuestados que la apoyan con dudas, por diferentes razones, como que creen que deben respaldar al país en estos momentos, porque son indiferentes a la política o por miedo a represalias.

Conformismo en la población

El rival Maksim Kats, exconcejal de Moscú y seguidamente fundador del movimiento Proyectos Urbanos, señala en la misma dirección en conversación telefónica: “Los sondeos que encargamos revelan que la parentela, más que estar a honra o en contra de la eliminación, es conformista”. “En la última sondeo (28-31 de julio) planteamos qué pensarían si Putin decidiese firmar mañana un acuerdo de paz, y un 65% se mostró a honra. Por otro flanco, asimismo preguntamos qué pasaría si mañana Putin ordenase una nueva ataque sobre Kiev, y un 60% lo respaldó”, resalta Kats.

Kolésnikov cita al politólogo Iván Krástev para explicar este estado de actitud: “La población apoya al régimen, pero no está dispuesta a sacrificarse por este régimen. Es una sociedad pos-sacrificio”.

Prueba de ello sería el fracaso en la ola de sustitución para el servicio marcial obligatorio de primavera. El ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, anunció en julio, a tres días de consumir el plazo, que habían captado unos 89.000 reclutas de los 134.500 previstos. El Gobierno intenta no replicar en Rusia la movilización forzosa que impone en Lugansk y Donetsk, que sería tremendamente impopular. El Kremlin no ofrece una guarismo de bajas oficial desde el 25 de marzo ni sus medios muestran imágenes duras de la eliminación.

En cualquier caso, parece difícil que vayan a reanudarse las manifestaciones a corto plazo. Hubo más de 16.000 detenidos al principio de la ataque y las nuevas penas de gayola por desacreditar al ejército empujan a pensárselo dos veces al opinar u organizar una protesta. “La represión es comparable a la de finales de la URSS, quizás decano, y Poniente no lo entiende adecuadamente”, opina Kolésnikov. “Sería necesario un desencadenante como que Ucrania complete alguna gran ataque”, apunta Kats, “y de momento la crisis económica no parece muy robusto, la vida sigue”.

Unos policías rusos detenían a un manifestante, el 6 de marzo en Moscú.
Unos policías rusos detenían a un manifestante, el 6 de marzo en Moscú.Epsilon (Getty Images)

Las críticas abiertas en redes sociales han menguado. “Expresé mi dolor por Ucrania desde el primer día y mucha parentela dejó de seguirme, quienes me apoyaban eran, en gran parte, extranjeros. No dejé de protestar porque no duela la tragedia, sino porque duele igual o más la ignorancia e indiferencia de tus amigos”, dice Valentina Levko. “Ya no protesto porque no estoy segura de que ofrendar mi desenvolvimiento vaya a cambiar poco. Mandé una carta a un prisionero político y desde entonces no me siento segura”, cuenta otra ciudadana, Valentina Zaitseva. Los dos nombres son ficticios por seguridad.

El agujero en las cuentas se dispara

Según los sondeos, la crisis económica deseo cada vez más peso respecto a la eliminación en el actitud de los rusos. “Estaremos en una gran recesión, pero no se ha producido ningún crash”, resalta Gueorgui Ostápkovich, director del Centro de Investigación de Coyunturas de la Escuela Superior de Caudal, en conversación telefónica. “No somos el primer país que recibe sanciones. Pasó con Irán, Cuba, Venezuela, Corea del Ideal… Ninguna beneplácito destroza totalmente la peculio. Los aviones vuelan, los trenes circulan, la parentela come y la vida continúa. Aunque, sinceramente, será menos cómoda, menos próspera”, señala.

“Habrá una cierta primitivización de la peculio. No se construirán automóviles modernos, pero la peculio seguirá funcionando”, añade el habituado, que pone otros ejemplos como máquinas de resonancias magnéticas para hospitales o las piezas que necesita la industria del extranjero. Esta misma semana el Tarea de Emergencias alertó de que escasean los materiales para imaginar cascos, bombas de extirpación y baterías portátiles.

Uno de los principales problemas será, según Ostápkovich, que el poder adquisitivo de los rusos caerá mientras que las cifras de desempleo se maquillarán con trucos como disminuir los días laborales o cursar a casa a los empleados con “holganza administrativas” y menos salario.

La cuestión es si esto será sostenible. El presupuesto federal se comió solo en julio dos tercios del superávit acumulado en los primeros seis meses del año. Los gastos siguen al incremento mientras que los ingresos se hundieron ese mes un 26% interanual, especialmente por los problemas para exportar hidrocarburos. El gran cliente del país hasta ahora, Europa, reduce a pasos agigantados sus importaciones de gas y petróleo, mientras China e India aprovechan para comprar a precio de saldo con descuentos de hasta el 50%. Otro sector importante, la acería, denuncia que exportar le genera pérdidas. “El sexto paquete de sanciones de la UE prohibirá importar petróleo ruso desde diciembre”, recalca Ostápkovich.

El Kremlin ha dejado de ofrecer desde hace meses todo tipo de estadísticas, desde las importaciones extranjeras al estado de su fondo de reservas, así como dónde gasta el presupuesto. Ha legalizado encima que las empresas puedan ocultar sus balances, incluidos los de bancos con más de 100 millones de clientes.

El Tarea de Caudal publicó esta semana el nuevo círculo almohadilla para los presupuestos, un pronóstico que incluye retornar a crecer el año próximo e ingresos por hidrocarburos como si no existiera ningún incautación. El país no ha entrado en recesión técnicamente aún —no se han encadenado dos trimestres consecutivos de caída del PIB—, pero el mesa central prevé un desplome durante al menos este año y el que viene, que puede explayarse hasta 2024 si se produce una crisis internacional. Si eso ocurre, Putin tendrá que afrontar sus próximas elecciones presidenciales con un pueblo sometido a tres primaveras seguidos de recesión.

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