#Red Hot Chili Peppers tatúan Sevilla con su músculo ‘funk’ rockero #noticias #2022

#Red Hot Chili Peppers tatúan Sevilla con su músculo ‘funk’ rockero #noticias #2022

El grupo californiano Red Hot Chili Peppers está a punto de cumplir cuarenta años de trayectoria, pero nunca antes había actuado en grandes estadios en España. La elección de Sevilla para iniciar su Global Stadium Tour fue, sin duda, acertada, pues todo su aforo (56.000 localidades) se agotó en la primera semana en que se puso a la venta, el pasado octubre, con precios que estaban en torno a los 100 euros de media.

Desde horas antes del concierto, en la bulliciosa zona de bares de la Alameda de Hércules y durante todo el periplo que cruzaba el río Guadalquivir hasta llegar al estadio de La Cartuja, se agolpaban aficionados hablando en todos los acentos españoles, también en inglés y portugués, pero con un distintivo unificador: las camisetas negras o blancas con el inconfundible logo de Red Hot Chili Peppers, aunque también las hubiera de grupos como Metallica, Pink Floyd, Muse o Iron Maiden. Símbolos del rock duro para un público, paradójicamente, bastante menos ruidoso que los hinchas de fútbol que acuden a los estadios sevillanos regularmente y que tiraba más hacia la mediana edad que hacia la juventud.

A las 19.30 empezó a animar el cotarro el músico de Los Ángeles Thundercat, virtuoso del bajo con currículum envidiable —ha tocado con el rapero Kendrick Lamar, el jazzista Kamasi Washington y los punkis Suicidal Tendencies— ejercitando un funk futurista que fue recibido con curiosidad. Beck, que no estaba inicialmente en el cartel y se anunció a última hora, le siguió como telonero de lujo, con un concierto plagado de entusiastas interpretaciones de éxitos de toda su trayectoria, pero en el que predominó el repertorio noventero, una década en la que fue una de las grandes estrellas de la galaxia alternativa. En la celebrada interpretación de Loser, penúltimo tema en su robusto concierto de 45 minutos, mandó una felicitación sentida a los anfitriones de la noche, amigos y vecinos, dijo él, a quien siempre consideró una de las mejores bandas angelinas, desde que empezaran juntos en la escena más subterránea de la ciudad.

Espectadores del concierto de Red Hot Chili Peppers en Sevilla, este sábado.JOAQUÍN CORCHERO (Europa Press)

A Anthony Kiedis, Flea, Chad Smith y John Frusciante, los ganadores, se les esperó haciendo la ola en el graderío y los tres instrumentistas lo recompensaron arrancando con una jam en clave hard rock como introducción a la entrada estelar del vocalista al son de Can’t Stop. Lo hicieron entre vistosas proyecciones en colores vivos, como si intentaran recrear los efectos del ácido lisérgico. De hecho, parte del ADN del rock psicodélico californiano parecía fluir en Black Summer, el primero de los cinco temas que tocaron de su más reciente álbum, Unlimited Love, el duodécimo de su trayectoria y número 1 en ventas en medio mundo, si es que ese dato sigue teniendo algo de relevancia.

Valor sentimental añadido para los fans de los Peppers era el regreso a los escenarios del guitarrista John Frusciante, el más legendario de la banda, y que llevaba desde 2009 sin tocar con ellos. De hecho, ver su interacción en el escenario con el bajo de Flea y la batería de Chad Smith, ambos con su músculo rítmico intacto, fue de lo más gozoso de la noche. El bajista, además, se erigió en portavoz y líder oficioso del grupo, jaleando al público y alabando la ciudad. Una larga pasarela que se extendía por todo su lado del escenario, el izquierdo, la aprovechó para pasearse, bailotear y brincar sin dejar nunca de exhibirse con su técnica a las cuatro cuerdas. Un tanto inesperadamente, el ahora bigotudo Kiedis se quedó más en un segundo plano, aunque presumiendo de mantenerse en muy buena forma, tanto física como vocal.

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El guitarrista John Frusciante, de Red Hot Chili Peppers, durante el concierto.
El guitarrista John Frusciante, de Red Hot Chili Peppers, durante el concierto.José Manuel Vidal (EFE)

Sí se puede decir que el repertorio fue un tanto deslucido, demasiado lastrado por medios tiempos que tiraban de fórmula, pero que no parecían los más adecuados para poner a un estadio patas arriba durante más de hora y media. Los fans más avezados agradecieron las escasas miradas a su pasado más alocado y libérrimo, como Nobody Weird Like Me —un tema de Mother’s Milk, de 1989—, y poblaron el estadio de móviles al aire con sus himnos Scar Tissue y Californication. Aunque en diversas zonas del recinto se podían ver carteles rogando o prohibiendo —había de los dos tipos— que no se colgasen imágenes del escenario en redes sociales, tal vez para preservar el factor sorpresa en la mayor medida posible, pero nadie pareció verlos. En el esperado final con Give It Away y un bis de celebración colectiva con Under The Bridge y By The Way, estaban inmortalizando el momento con sus teléfonos hasta los camareros de las barras. Pero, en honor a la verdad, los Peppers fueron algo rácanos a la hora de propiciar momentos de fervor de ese calibre, y el público abandonó el estadio con rostros de satisfacción, pero moderada. El martes 7, los californianos ofrecerán su segundo y último concierto en nuestro país, en el Estadi Olímpic de Barcelona, para el que todavía quedan entradas a la venta.

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