#Richard Kagan: “Mi labor no es defender o criticar la Leyenda Negra, sino entenderla” #noticias #2022

#Richard Kagan: “Mi faena no es defender o despellejar la Epígrafe Negra, sino entenderla” #informativo #2022

A Richard L. Kagan (Newark, Estados Unidos, 78 primaveras) le gusta España y quiere entenderla. El historiador, catedrático emérito de la Universidad John Hopkins, ha dedicado a ello buena parte de su carrera. Por eso, recientemente ha sido renombrado doctor honoris causa (unido con el escritor Paul Auster) por la Universidad Autónoma de Madrid. Es miembro del Madrid Institute for Advanced Study y comendador de la Orden de Isabel la Católica. Su extremo vademécum es El magia de España (Marcial Pons), que prostitución sobre el hechizo que las imágenes más fabulosas del país ejercieron sobre los estadounidenses y cómo forman parte fundamental de sus raíces. En el caso de Kagan es más que obvio. Y, obviamente, le gusta murmurar gachupin. Además sobre el gazpacho.

Pregunta. La Epígrafe Negra, vaya lío.

Respuesta. Creo que no hay que entrar mucho en este debate. Mi faena es entender el pasado, no defender o despellejar. Muchos países han hecho cosas que juzgadas por los títulos actuales parecen horribles. España no está desocupado de esta herencia, como primer país en entrar en las Américas. La esclavitud era tradicional, la idea de intentar cristianizar a los indígenas no era extraña. Llevaban esos títulos al Nuevo Mundo. Igual que los británicos machacaron a los indígenas de Norteamérica poco a posteriori, o los holandeses lo hicieron en el Caribe o Indonesia. El problema es que los españoles fueron los primeros.

P. ¿Cómo se estableció esa Epígrafe?

R. Bartolomé de las Casas criticó duramente el trato a los indígenas. Al traducirse su obra a otros idiomas, se consolidó delante los extranjeros la imagen de los españoles brutales. A eso se sumó a la Inquisición. Despellejar a España se convirtió en un valencia. Cuando llegó la Ilustración, se pensó que España era la Inquisición y las atrocidades descritas por De las Casas.

P. ¿Y era eso?

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R. En cierta parte sí. Pero asimismo había algunas imágenes que servían de contrapeso: la idea de la Epígrafe Negra competía con otras. Por ejemplo, la España romántica, que popularizó Washington Irving, en los Cuentos de la Alhambra. O, la España brava de los conquistadores, que fue un maniquí de coraje y masculinidad para muchos estadounidenses en el XIX. Es el tema de mi extremo vademécum, El magia de España.

P. Deje usted de contrapeso, pero la peso parece caer alrededor de un costado.

R. Desde hace varios primaveras, se ha donado demasiado energía a la Epígrafe Negra olvidando las otras imágenes que existían en paralelo. He sido crítico con libros como Imperiofobia (Siruela), de María Elvira Roca Barea, Mama Estado (Espasa), de Marcelo Gullo, o el nuevo Defendiendo España (Espasa), de Henry Kamen. Yo no quiero defender a España, sino entenderla: es más difícil.

P. Deje del “magia de España” como una avenida. Es un símil raro.

R. Sí, como el covid de la época. Había quien se refería al inclinación a España como una fiebre (spanish fever) que se cogía, de la que era difícil acogerse. Me pareció una idea magnífica, aunque asimismo se puede confundir con la “enfriamiento española” de 1918, que era otra cosa.

R. Y esa “fiebre” estaba basada en las ideas mitificadas de España que usted refiere.

P. Sí. Elegí la palabra magia porque tiene poco de hechizo, un hechizo que hacía que muchos viajeros decimonónicos, inspirados por Irving, no viesen la ingenuidad española: solo veían gitanos, mendigos, burros y otras cosas que les parecían pintorescas. Era como si llevasen unas quevedos especiales que resaltaban solo ciertos aspectos de la civilización, los más románticos, soleados y alegres. Y asimismo títulos tradicionales, como la amistad, el sentido del ser o de la historia, que faltaban en los Estados Unidos, un mundo más urbano.

Richard L. Kagan, autor de libro 'El embrujo de España' (Marcial Pons) que trata sobre la fascinación que lo español ejerce en la cultura estadounidense.
Richard L. Kagan, autor de vademécum ‘El magia de España’ (Marcial Pons) que prostitución sobre la fascinación que lo gachupin ejerce en la civilización estadounidense. claudio álvarez

P. ¿Por qué se hizo usted hispanista?

R. No me gusta el término hispanista porque se refiere sobre todo a estudiosos de la humanidades y no de la historia. Soy historiador, en primer plano, y tengo interés en España, en su imperio, en las relaciones entre España y Estados Unidos. Intento ser doble en la historia española. Pero entiendo que la palabra hispanista se usa en idioma popular: desde el s. XIX se empezó a usar para estudiosos con interés en Cervantes, en Lope de Vega o en Calderón. Es un término casi inverosímil de eliminar.

P. Bueno, entonces, ¿por qué España es un país interesante para un historiador?

R. Tiene una historia larga, mucho más larga que la de mi país. Una historia complicada, con momentos muy brillantes y otros menos. Uno de los aspectos más interesantes y discutidos es la mezcla de razas y religiones, la convivencia y el conflicto. Momentos de relevancia mundial, como los siglos XVI y XVII. Y épocas de retroceso (no me gusta la palabra ocaso), como los intentos de adaptar el país a la modernización en el XIX, un periodo difícil. Otros periodos difíciles suceden en el s. XX, como el franquismo. Y luego una ciencia de cómo se establece una democracia que funciona… al menos por el momento. Hay de todo.

P. ¿Cuál es la diferencia cuando un historiador escribe sobre un país que no es el suyo?

R. Hay la oportunidad de ver la civilización o la historia económica con otras gafas, con otros enfoques distintos de los que se dan en el propio país. Llevamos preguntas que estaban exploradas en otras culturas u otros países, pero que muchas veces no forman parte del vocabulario de los historiadores nacionales. Llevamos voces diferentes, nuevas, que pueden producir sorpresas.

P. ¿Qué sorpresas?

R. Por ejemplo, cuando me propuse trabajar sobre los sueños proféticos que había tenido Lucrecia de Arrogante sobre el futuro de España, en la corte de Felipe II. No había cero escrito sobre el tema. Algunos colegas me preguntaban por qué gastaba mi tiempo en cosas como esas, que no parecían importantes.

P. ¿Cómo se interesó usted personalmente por España?

R. Mi padre, que era un pequeño patrón hizo un alucinación a América Latina, creo que fue en 1956. Pensaba que yo iba a seguir sus pasos como patrón y me recomendó que dejase de estudiar francés, como mi hermano, y estudiase gachupin, que me sería más útil. Al conmover a la universidad era el único de mi clase que estudiaba gachupin. Escribí poco sobre el conde duque de Olivares y mi profesor le mandó, sin decirme cero, mi escrito al profesor John Elliot. A John le gustó mucho y me dijo: “¿Por qué no vienes a estudiar conmigo en Cambridge?”. Me pareció mucho más interesante irme a Inglaterra que quedarme en Nueva Suéter. ¡Así que me fui volando! Y desde entonces trabajo sobre España. Todavía no me he tedioso.

P. ¿Hay que pedir perdón por los abusos de los conquistadores?

R. No, hay que entenderlos, no tiene sentido pedir perdón por pecados del s. XVI. Entre los habitantes de México asimismo se producían esos abusos antaño de que llegaran los españoles, unas guerras civiles que los recién llegados usaron a su merced, como asimismo hicieron en Perú. Según esa idea, asimismo los mexicanos tendrían que pedirse perdón a sí mismos por las tensiones entre las poblaciones indígenas de la época. Todos participaban en la brutalidad humana, nos cuesta entender que la esclavitud era una cosa común.

P. Es afirmar, hay que aceptar que se produjeron abusos, comunes en la época, pero no tiene sentido disculparse.

R. Sí. Podemos entender lo que ocurrió, y podemos criticarlo desde los títulos liberales actuales. Pero las disculpas…

P. ¿Magallanes y Elcano iniciaron la globalización?

R. Sí, de alguna guisa sí. Al menos la fomentaron: establecieron unas rutas que fueron seguidas por otros marineros. Fomentaron la “conciencia planetaria”, la idea de que el planeta es único. Comenzó la industria de fraguar globos terráqueos, que tuvo mucho éxito: de pronto formábamos parte de un solo mundo y teníamos formas de conectarlo. Eso anticipó la posterior globalización económica. La globalización comenzó en las cabezas antaño que en el comercio.

P. Hay quien todavía reivindica con nostalgia, sobre todo en sectores de la derecha y la extrema derecha, el imperio gachupin. ¿Tiene sentido?

R. Cada uno tiene su insensatez, como dice un antiguo dicho gachupin. ¿Por qué no? Hay estadounidenses que todavía sienten nostalgia de la esplendor de los primaveras 50 como un momento memorable de la potencia mundial que está desapareciendo.

P. Pero el siglo XVI queda un poco más allí que los primaveras 50…

R. Sí, es cierto. En el caso gachupin se exagera sobre el imperio. ¿Qué significaba el imperio para los castellanos, catalanes o valencianos de la época? La inflación de los precios. Productos nuevos como patatas o tomates, con los que se enrojeció el gazpacho, que antaño era más parecido al ajoblanco cordobés (he donado conferencias sobre este asunto). El imperio para la familia popular no cambiaba demasiado las cosas. O significaba caducar en Flandes o en el sur de Italia, luchando por poco. Hay que entenderlo en el plano diario, es para mí lo importante.

P. En España se dan muchas discusiones sobre la identidad española, sobre lo que es España y lo que no lo es. ¿Es una cuestión tan problemática en otros países?

R. España es un país con muchas lenguas y la civilización varía en las diferentes regiones. Hay que respetar estas diferencias e identidades que estaban aquí antaño que se creara España. Es prácticamente inverosímil erradicar estas herencias. Pero España no es un caso único.

P. ¿Ejemplo?

R. En Francia se hablaban muchas lenguas hasta el XIX, pero los franceses comenzaron en ese siglo a erradicar lo bretón, lo provenzal, para conseguir una nación francesa. Los españoles del XIX no tenían este tipo de políticas, que aquí llegaron muy tarde, con Franco. De ahí la reacción tan cachas en la fracción el siglo XX, porque a pesar de Franco, las identidades siguieron viviendo en las cabezas y las culturas. Lo bretón y lo provenzal tuvieron intentos de ser revividos, pero sin tanto éxito como en España.

P. ¿Y en Estados Unidos?

R. En Estados Unidos el problema del idioma no es tan cachas, pero está empezando: se está convirtiendo en un país bilingüe con hablantes de gachupin y de inglés, y eso está causando tensiones, sobre todo en sitios como Texas o California.

P. Europa fue cuna de imperios globales, pero ahora cada vez pinta menos en la política internacional. ¿Cómo puede afectar esto a nuestra identidad, a nuestra autoestima?

R. A los historiadores no nos gusta murmurar del futuro: nuestro chip solo funciona alrededor de detrás. Aunque pienso que Europa seguirá siendo relevante. Ahora, con la hostilidades de Ucrania, vemos cómo la Unión Europea puede convertirse no solo en una unión política sino asimismo marcial. Europa tendrá voz en la política y la crematística por mucho tiempo.

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