#Setenta años de ‘Vacaciones en Roma’, la película que creó la imagen idílica de una ciudad de ‘vespas’ y helados #noticias #2022

#Setenta abriles de ‘Descanso en Roma’, la película que creó la imagen idílica de una ciudad de ‘vespas’ y helados #noticiero #2022

Es una historia y como tal sucedió hace mucho tiempo en un oportunidad muy pasado. Al menos para los estándares de Hollywood. Descanso en Roma fue una de las primeras grandes producciones estadounidenses en rodarse fuera de la meca del cine. Sucedió en la haber italiana hace ahora 70 abriles. La película de William Wyler lanzó al estrellato a Audrey Hepburn, que ganó el Oscar por su primer papel. Consagró a Gregory Peck, su contraparte, como actor de comedia. Pero es la haber italiana la verdadera fortuna de la película. Roma era una ciudad luminosa y llena de vida que salía del fascismo y la destrucción de la II Disputa Mundial. Sus calles bullían de vespas, sus cafés estaban a reventar de estrellas. Corría el negroni, la vida era dolce y el cine, neorrealista por supuesto, estaba por todas partes. “En la Roma de hoy en día todo el mundo parece estar hablando de películas, haciéndolas o ayudando en el proceso”, decía un artículo de The New York Times de 1952. Descanso en Roma, que se estrenó en 1953 pero se rodó un año ayer, reflejó a la perfección esa ciudad, que hoy solo existe en la imaginación. Y en el cine.

“Es una película muy importante para Roma. Y para entender su importancia tenemos que situarnos”, explica por teléfono Gian Lucca Farinelli, presidente de la Fondazione Cinema per Roma y director de la Cineteca di Bologna. “Estamos en 1952, la combate ha terminado hace siete abriles, Italia se está dando a conocer en el mundo a través del cine. El neorrealismo, las películas de Rosellini o De Sica suponen la venida de Italia a la modernidad. Todo esto da una dignidad al país, que sale del fascismo, y permite que sea trillado de una nueva modo”.

Paralelamente, a miles de kilómetros, Hollywood se está convirtiendo en una industria internacional. En los abriles cincuenta, la medio de los ingresos de sus películas se generan fuera de EE UU, especialmente en Europa. El cine empieza a expandirse bajo la atenta examen de Washington, que usa las películas más comerciales como herramienta de propaganda. En este contexto, rodar en Italia es una marranada maestra: supone una modo de contentar a los nuevos mercados, de someter los costes y ofrecer, a la vez, una estampa exótica al mercado sudaca. Encima, bajo la imagen de comedia amable, se esconde un herramienta de propaganda en el proscenio de la Disputa Fría. Con la historia de la princesa liberada de sus obligaciones, Hollywood quería construir un relato de consumismo y osadía, traicionar la imagen de que había una Europa divertida, moderna y redimido, una Europa que se reinventaba gracias al billete del Plan Marshall.

Audrey Hepburn bromea con el 'scooter' en el rodaje.
Audrey Hepburn bromea con el ‘scooter’ en el rodaje.getty

No fue este el único evento geopolítico que condicionó la película. En una primera interpretación la mafia raptaba a la princesa, pero la presión de Italia hizo que esta idea fuera desechada. Igualmente metió cuchara Inglaterra, que veía en la trama del filme un paralelismo evidente con un escándalo que afectaba a su clan positivo. La princesa Margarita, hermana de la presente reina Isabel II, había saltado a las portadas de las revistas de sociedad por un aprecio prohibido y una escapatoria a Italia. Wyler leyó con fruición los artículos de la época para entender a qué obstáculos se enfrentaba una adolescente princesa europea. Los censores ingleses, por su parte, presionaron para que en la película se dijera expresamente que Anna era la princesa de un pequeño país europeo.

Descanso en Roma fue el sueño sudaca de un comunista, pues el que firmaba todo el guión era Dalton Trumbo, uno de los Diez de Hollywood, pronunciado de pertenecer al Partido Comunista y encarcelado por la caza de brujas del macartismo. Trumbo hizo figurar en los títulos de crédito a su amigo Ian McLellan Hunter y su nombre no fue integrado hasta que se restauró la película en 2002. Y su honorabilidad. Pero Descanso en Roma no fue una examen chaqueta y exotizante a un país extranjero, el guión fue adaptado a la sinceridad romana por dos plumillas locales, Ennio Flaiano y Suso Cecchi D’Amico, quienes luego escribieron para Fellini, Visconti, Monicelli… “Escribieron la gran parte de las obras de arte de la vida de oro del cine italiano”, apunta Farinelli. Son ellos los que dan una pátina (neo)realista a la postal romana de Wyler.

Descanso en Roma se rodó entre junio y octubre de 1952, en un verano especialmente caluroso. Hepburn aparece en la película con un solo vestido en su paseo por la ciudad, pero en producción tenían listos varios modelos de ese mismo traje para que pudiera cambiarse en cuanto empezara a sudar. El concurrencia de rodaje fue relajado. Incluso con varios parones como el de Ferragosto, festividad italiana del 15 de agosto, cuando el director detuvo el rodaje para organizar un fin de semana de playa en la cercana ciudad de Fregene. Todas estas anécdotas las desgrana Caroline Young en su delicioso obra Roman Holiday: The Secret of Hollywood in Roma.

Audrey Hepburn y Gregory Peck, en el filme.
Audrey Hepburn y Gregory Peck, en el filme.

“Ese maravilloso verano romano fue probablemente la experiencia en un plató más acertado de mi vida”, llegó a sostener Gregory Peck. Es posible adivinar por qué. El actor se alojó en una villa a las arrabal de Roma, rodeado de viñedos, anejo a su esposa y sus hijos. Hepburn, que por entonces era una actriz desconocida, se hospedó en un hotel más modesto, en lo suspensión de la escalinata de la plaza de España. La química entre entreambos fue instantánea y evidente, tanto que muchos especularon con un romance que en sinceridad nunca llegó a traspasar la ficción. Es mítico y sobradamente conocido que la secuencia de la Bocca della Veritá, en la que Peck finge ocurrir perdido la mano, fue improvisada, y la asustada reacción de Hepburn, positivo. Hoy en día, millones de turistas la imitan en ese mismo oportunidad.

Todos se enamoraron de Roma, pero quien lo hizo de forma más evidente fue Hepburn, quien se mudó a la haber italiana, donde vivió durante 20 abriles. Allí se la podía ver tomando una copa en Vía Veneto, enfundada en su Givenchy (“Sus trajes son los únicos en los que soy yo misma”, decía) saludando a los paparazzi. Su hijo Luca Dotti cuenta en el obra Audrey en Roma que la actriz tenía una relación cordial con los fotógrafos de la ciudad, que la sacaban bella y elegante en fotos que hoy serían catalogadas como “posados-robados”. “Su amistad con Pierluigi Praturlon, quizá el paparazzi más distintivo de la Roma de los cincuenta, le garantizó un respeto casi reverencial por parte de la prensa”.

Fue precisamente en Via Veneto donde el pasado julio se proyectó una copia de Descanso en Roma al éter redimido, para celebrar el 70 aniversario de su rodaje. “Es cierto que esta calle no sale en la película”, concede Farinelli, que como presidente de la Fondazione Cinema per Roma fue el encargado de organizar el evento. “Pero sí lo hace en una película muy relacionada. Yo creo que La dolce vita no habría existido sin Descanso en Roma”, reflexiona Farinelli. “Es, de alguna forma, una especie de remake, pues cuenta la misma historia. Deje de un periodista que va persiguiendo una primicia, de una princesa, que aquí es Anitona [sobrenombre con el que el director Federico Fellini se refería a la actriz Anita Ekberg], la diva de Hollywood que desembarca en la ciudad. Y juntos descubren los lugares, la ocultismo de Roma”. Hay otros puntos en popular, personajes como los paparazzi, término que fue acuñado en el filme de Fellini, pero de los que ya habló el de Wyler. Igualmente se repiten escenarios, como la Fontana di Trevi, que en entreambos casos acaba sirviendo de improvisada piscina, en un caso para un clase de niños, en otro para una diva etílica y fascinante.

Hepburn pasea con su perro por la escalinata de Plaza de España en Roma, en la década de los cincuenta.
Hepburn pasea con su perro por la escalinata de Plaza de España en Roma, en la decenio de los cincuenta.getty

No es la única película que está emparentada con este clásico. En su momento muchos vieron Descanso en Roma como una relectura de La Cenicienta con un final inverso, la plebeya se convertirá en princesa cuando termine el encanto. “Wyler consigue insertar medios de esta historia antigua en una ciudad como Roma, en la que la escenografía es perfecta”. La escalinata de Plaza de España hace las veces de la escalera donde Cenicienta pierde un zapato. El coreografía no es en palacio, sino a la orilla del Tíber. “Algunos enclaves de la ciudad se convierten así en lugares mágicos, Roma se convierte en una ciudad de historia”, señala. Desde el presente es posible emparentarla con otro clásico de Disney: Aladdin cuenta la historia de una princesa hastiada de la vida en palacio que se enamora de un plebeyo anejo con el que descubre la ciudad. Esta inspiración se canibaliza con nacionalidad, pues Descanso en Roma, en el fondo, es un relato clásico que encaja a la perfección en el universo de las princesas Disney.

Puede que la película de Wyler tuviera en cuenta la sinceridad regional, aunque no deja de ser una producción estadounidense que idealiza una ciudad extranjera. Ofrece una visión edulcorada y monumental de una Roma en la que las peluquerías tienen vistas a la Fontana di Trevi, las fiestas se hacen a las puertas del Castel Sant’Angelo, y un humilde periodista que no puede pagarse el locación vive en un precioso habitación con terraza en el centro. En este sentido, Descanso en Roma asimismo fue pionera, estableciendo una forma de traicionar las ciudades al extranjero como una sucesión de postales en movimiento, donde la belleza plástica de los escenarios se impone a la dialéctica de la trama. Un maniquí que se ha estandarizado (y rentabilizado) en producciones de todo tipo, desde Emily en París hasta las películas de Woody Allen.

Muchas lo hacen, pero pocas alcanzan la ingenio del diferente, porque Descanso en Roma supone la sublimación de la ciudad a los luceros del turista, el disfrute del espectador que descubre la haber de la mano de su protagonista: al darle al play se convierte en Audrey Hepburn recorriendo las callejuelas anónimas del centro de Roma a lomos de una Vespa, quiere un helado en Plaza de España, una copa de champán frente al Panteón. El espectador se convierte en turista y se sorprende como ella en presencia de el despliegue de los encantos de una ciudad mágica. Quizá porque no había billete de por medio, porque el aprecio de Wyler por Roma era auténtico. O porque está retratando una ciudad en estado de habilidad. “Cada ciudad, en su carácter, es inolvidable”, explicaba la princesa Anna en la panorama final de la película. “Sin retención, si me preguntan cuál es mi preferida, les diré que es Roma”. Audrey Hepburn repitió la frase, palabra por palabra, en la promoción de la película. Creó así un movilidad de espejos entre sinceridad y ficción cuyo reflexivo llega hasta nuestros días, 70 abriles luego.

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