#Sylvia Aguilar: “Observar la basura es observar a la sociedad” #noticias #2022

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Se dice que un libro te cambia cuando es bueno y, prepárense, porque el acto rutinario de tirar la basura ya nunca será igual después de leer el de Sylvia Aguilar, una joyita que sitúa como protagonista a una niña que habita en los vertederos de Ciudad Juárez. La escritora mexicana de 49 años no solo enseña escritura en la Universidad de Texas sino que además está a la caza de autoras capaces de experimentar con la narración y el activismo y borda un universo que no suele estar a la vista en Basura (Tránsito).

Pregunta. ¿Por qué escribió sobre basura?

Respuesta. Los vertederos son el resultado de la sociedad. Lo que adquirimos, lo que desechamos, quién decide, las fechas de caducidad… Me di cuenta de que observar la basura es observar a la sociedad.

P. ¿Y qué es la basura?

R. Es todo. Todo lo que utilizamos, bebemos o vestimos es el capitalismo en el que vivimos. Somos lo que adquirimos y después de trabajar en el libro me resulta muy raro pensar qué voy a soltar y qué no. Me encuentro a mí misma rascando los frascos antes de tirarlos.

Todo lo que utilizamos, bebemos o vestimos es el capitalismo en el que vivimos”

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P. ¿Y ahora tira cosas pensando que alguien lo aprovechará?

R. Dono mucho. No tiro comida y vivo con culpa si se estropea, tengo mayor conciencia. No es que quiera cambiar el mundo, que sí quiero, pero sí hacer una reflexión. Si saco un mueble ahora lo saco limpio y bien paradito para que tenga una segunda vida.

P. Sitúa su historia en la frontera. ¿Qué es para usted?

R. Hay un momento en Mafalda en que Felipito le dice: “¿Te imaginas que no existiera la distancia? Yo no estaría aquí”. Y en su cabeza están Cassius Clay, los Beatles, el Big Ben… y se desmaya. Pienso mucho en eso cuando pienso en la frontera. Todo está ahí: gente de otros países, otras experiencias, idiomas, culturas… es un mundo en sí mismo. Hay una separación, cada vez más dolorosa y complicada. Tienes ahí Ciudad Juárez, la ciudad más peligrosa de Latinoamérica, y El Paso, que se vende al turismo como la segunda ciudad más segura de EE UU y con la base militar más grande. Y la mayor tasa de violencia doméstica también. Todo esto va conformando la personalidad de quienes habitan y transitan por ahí y pienso como Felipito: todo está aquí, los males y los bienes de la sociedad contemporánea, querer cruzar y tener mejor vida en EE UU, pero también las leyes antiaborto, las armas, el racismo, y además la solidaridad, las redes… Todo está ahí.

P. ¿Se siente bien acogida en EE UU?

R. Me siento bien acogida en la frontera, en donde estoy. Y voy para 13 años. No siento que me quedé en EE UU, sino en la frontera. La frontera norte.

Me siento bien acogida en la frontera, en donde estoy”

P. ¿Es peor ahora EE UU para el inmigrante?

R. Creo que sí. Seguramente hay cierto confort, pero un confort que va a doler.

P. ¿Se puede ser feliz en un vertedero?

R. Se puede no preguntarse si se es feliz o no. Lo aprendí con Imre Kertész en Sin destino, cuando relata que el día más feliz de su vida fue un día que salió el sol y les dieron permiso para jugar al fútbol, allí en el campo de concentración. En el vertedero es igual. Ahí se vuelven hacendados del lugar, empiezan a montar cooperativas para procesar el plástico, venderlo y poner alumbrado con el dinero. Hay momentos felices.

P. También pinta un prostíbulo como un refugio para su protagonista. ¿Cree que se puede abolir la prostitución?

R. A mí no me gusta cuando deciden por mi cuerpo. Me gustaría pensar que es una decisión propia. Si no estás ofreciendo empleo y esta es mi manera de tener empleo y estoy bien, me parece que una debería decidir qué hace y tú garantizar que voy a estar segura, que si me golpean me vas a ayudar.

P. Alicia en el país de las maravillas es el referente de su protagonista. ¿Por qué?

R. Porque también entra en un agujero y logra sortear los problemas, negociar su lugar, conocer y aprender. Si Alicia reviviera sería una niña que tendría que velar por sí misma. Es otra versión de Alicia.

P. ¿Hoy Alicia viviría en la basura?

R. Hoy Alicia diría: esto no me parece, yo decido por mí.

P. ¿La basura es más grande en la familia que en el vertedero?

R. Duele más. Si alguien me agrede en la calle me voy a alejar, pero cuando es mi padre o hermano quien abusa de mí es distinto porque habrá quien no tiene opción de salir. La violencia doméstica atraviesa lo que escribo y lo va a seguir haciendo porque es como la basura, nos dice muchísimo de lo que somos como sociedad, lo que no hemos logrado ni vamos a lograr: establecer relaciones saludables.

La violencia doméstica atraviesa lo que escribo y lo va a seguir haciendo porque es como la basura, nos dice muchísimo de lo que somos como sociedad”

P. ¿Enseña a escribir como terapia?

R. Es activismo, sí. A estas alturas no pongo a leer a Hemingway (ríe). Elijo lecturas de autoras de color, racializadas, LGTBI… Hay que traer al aula esas otras narrativas que también dicen quienes somos.

P. La literatura para usted es activismo, entonces.

R. Totalmente, sí. Ambos están unidos y para mí es muy importante que eso ocurra.

P. ¿Cree que las mujeres al fin tienen un lugar en la literatura?

R. Creo que ya estamos llegando ahí y lo que más gusta es que somos quienes estamos apostando más, quienes estamos poniendo sobre la mesa historias más interesantes, también en el lenguaje y en la forma. De pronto, las grandes exploraciones narrativas y poéticas las están llevando a cabo las mujeres: Nona Fernández, Cristina Rivera Garza, Alia Trabucco, Marina Closs, Sara Uribe, Margarita García Robayo, Claudia Salazar, Gabriela Cabezón Cámara… Tengo mi mapa y estoy siempre a la caza de autoras que están haciendo estas dos cosas: contando una historia pero también abriendo una reflexión. Hay en ellas un activismo que no es panfletario, sino desde la inteligencia.

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