#Una copa alejada de los bares #noticias #2022

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Hace tiempo aprendí que el verdadero valor de una competición se debe calibrar en los bares: ahí está todo. Existen otros deportes que se prestan a diferentes tipos de formatos y disfrute, pero no al de la muchedumbre enfervorizada en un bar. El golf, por ejemplo, que no necesita del calor ajeno para acercarnos a la pantalla intuyendo la enésima resurrección de Tiger Woods. O la natación, que no permite la bronca de barra, el sarcasmo o el grito colectivo salvo cuando se ahoga algún protagonista, que no suele ser el caso.

Los bares son los verdaderos templos del fútbol. Poseen vasos comunicantes con el estadio, se entrelazan con las gradas mediante un sistema de cuerdas invisibles que nos hace fantasear con la propia presencialidad. Generan ruido, nos hacen sentir vivos y, a poco que uno sepa dónde mirar, nos proporcionan algunas de esas historias que agrandan la leyenda de dicha unión.

Juan Tallón, que ha escrito libros sobre bares y también sobre fútbol, me contaba una vez la experiencia de Irvine Welsch, el autor de Trainspotting, durante el Mundial de España. Se enfrentaban Escocia y la URSS en el partido definitivo de la primera fase, y el escritor entró en un bar de Edimburgo para seguir el choque. A su lado, un parroquiano comenzó a tomarla con Graeme Souness, al que dedicaba lisuras del tipo “¡Pedazo de burro! ¡Serás bastardo, inútil de mierda!” … Cosas por el estilo. Welsch, un tanto incómodo, preguntó al dueño del bar quién era aquel loco y este le contestó que se trataba de Mr. Souness, el padre del futbolista del Liverpool.

Es el tipo de fragor y reacciones que uno no imagina para la todavía balbuceante Liga de Naciones, una competición de nuevo cuño que despierta el recelo de los aficionados por su carácter netamente mercantil. A nadie le importa demasiado, salvo a los propios interesados, principalmente a una UEFA que se ha entregado al negocio por encima de cualquier otra consideración. Los futbolistas acuden a la llamada de sus selecciones porque no les queda otro remedio, algunos con la cabeza puesta en Ibiza, o en el despacho de sus abogados, mientras los seleccionadores aprovechan para hacer pruebas de todo tipo. La exigencia es tan escasa que el éxito se puede medir por la ausencia de excusas, total para qué.

¿Cómo tensionar al aficionado cuando los propios protagonistas se mueven entre la desidia y la precaución, al menos en esta primera fase?

Olviden los datos de audiencia, las gráficas comparativas, los análisis estadísticos… Basta con bajar al bar de la esquina para ver todo un España-Portugal y descubrir que la cosa no funciona, que no prende, que no engancha: pocos aficionados con ganas de compartir un duelo que fingía tronío y demasiados televisores sintonizando Antena 3, con el rosco de Pasapalabra entreteniendo a una clientela que solo muda sus costumbres cuando el fútbol con mayúsculas la empuja a ello. Algunos expertos apuntan hacia un exceso de oferta, que termina por restar interés: es una opinión. Otra sería que el fútbol tiene mucho de liturgia, de tradición, y que cualquier nueva competición necesita tiempo para arraigar en el imaginario popular, para llenar de calor —y también de color— nuestros bares de referencia.

”Inglaterra sigue bebiendo”, escribió Julio Camba en una de sus primeras crónicas tras el final de la guerra. Lo habían enviado a las islas para tomar el pulso de la sociedad británica y decidió entrar en un bar: no es un museo, ni en un mercado. Sabía de la vida —que es puro fútbol con matices— más que nadie.

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