#Una genialidad literaria convertida en danza #noticias #2022

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‘Revisor’

Dirección y coreografía: Crystal Pite (con Jonathon Young). Escrita por J. Young. Música: Owen Belton, A. Juliani y Meg Roe. Escenario: Jay Gower. Luces: Tom Visser. Vestuario: Nancy Bryant. Compañía Kidd Pivot. Sala Roja. Teatros del Canal. Hasta el 4 de junio. 

La obra escogida por Crystal Pite (Terrace, 1970) y Jonathon Young (Richmond Hill, 1973) es una de esas genialidades que de vez en cuando aparecen en la literatura a las que siempre se le puede echar la culpa de todo, sea lo que sea. Nikolai Gogol escribió El inspector (en castellano es absurdo usar la palabra “revisor” en este caso; la obra también se reconoce como El inspector general o El inspector del gobierno) según una anécdota que al parecer le contó Alexander Pushkin. Era 1836, una de las tantas veces que Rusia agonizaba sobre sí misma. Gogol es tan actual y pertinente que asusta; no se precisa ni cambiar las comas, y esa pieza ha encandilado y motivado a muchos otros creadores de diferentes áreas y épocas, como al compositor Werner Egk, que en 1957 estrenó su ópera cómica y única Der Revisor, hoy prácticamente olvidada; durante el estalinismo, mucho de este escritor estaba mal visto. Para el propio Stalin, Gogol era dañino y reaccionario, y siempre ponía el ejemplo de su “huida” a Roma tras el escándalo de El inspector. En la época de la reforma inmediatamente posterior a la Revolución de Octubre en Rusia, los escritores, dramaturgos y poetas encontraron en Gogol, y especialmente en El inspector, un canon de inconformidad, un modelo. Meyerhold y Mayakovski lo veneraban; Bulgakov lo usó de fuente casi hasta imitarlo a la letra.

La compañía Kidd Pivot ha cumplido 20 años y es el laboratorio —no tan secreto— de Pite. Ella viaja por el mundo y triunfa en Royal Ballet, la Ópera de París y el Nederlands Dans Theatre de La Haya, pero vuelve a Vancouver a recapitular y generar materiales. La fórmula que acompaña el fraseo gestual y bailado del diálogo conductor de Revisor, a veces teatral y a veces monologal, simplemente río verbal, es arcaizante y en el panorama de la danza española tuvimos un buen ejemplo en quienes exploraron esa senda en profundidad: el Teatro de La Danza, que nace en 1977 de la mano de Luis Olmos, Antonio Llopis y Leda Berriel; ellos basaron su experimento en el apoyo del diálogo y la palabra sumado a la acción bailada. Hoy, la tecnología suple algunas particularidades de la exposición, pero se los recuerda inmediatamente. Teatro de La Danza aún existe.

No puede asegurarse que Revisor sea una óptima carta de presentación para la Crystal Pite coreógrafa, sin restar mérito alguno a la producción, su inventiva y su calidad de danza. Se trata de una consideración de otro orden, más del terreno de la estética. Pite es básicamente una coreógrafa de ballet contemporáneo, esa es la raíz principal de su estilo y de su trayectoria. Es verdad que está en medio el teatro, la palabra, el texto como un apoyo recurrente. Pite parece tener un fondo de invención inagotable, usando la elocuencia técnica de sus artistas. Revisor, en su perfume ambiental, puede por momentos recordar La Tempestad (2011, revisada en Sadler’s Wells de Londres en 2014 como The Tempest Replica, ya con música también de Owen Belton), con esa textura tensa y trágica, de cierto tenebrismo umbroso y lacerante. No es fácil ni complaciente lo que se ve; en Revisor, a su manera, hay un Próspero buscando su paz.

Renée Sigouin, Cindy Salgado, Rena Narumi, Tiffany Tregarthen, Matthew Peacock, Jermaine Spivey, David Raymond y Doug Letheren, en un momento de ‘Revisor.Michael Slobodian

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Intelectualmente depurado, el lenguaje corporal se abre paso y finalmente domina el cuadro plástico. Pite no es nada fría en el tratamiento de los acentos y la definición de sus materiales coreográficos; ella maneja con demostrada solvencia tanto el gran grupo como la escala media y la individual, que es precisamente este caso: Revisor usa ocho artistas eficaces y maduros, muy hechos y dúctiles. El espectáculo discurre con un ritmo sostenido que es difícil en sí mismo: trama y dramaturgia maridan con la explosión física, su desbroce expresivo, y todo aquello debe funcionar con precisión de metrónomo.

La obra tiene dos secciones claramente diferenciadas: de la tragicomedia al coro físico, lo que no debe llevar a conclusiones apresuradas al espectador. Hay una especie de epílogo recapitulador donde la voz hace de cuaderno de bitácora, la voz de una mujer (la narradora, la coreógrafa), se abre a exponer su duda y su traza, la relata con frases cortas y directas y libera la danza, la reordena según un canon o arte poética propio, hace expandirse la lectura corporal siguiendo la idea de unísono y de circularidad.

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