#Una hora con Mick Jagger en el Reina Sofía #noticias #2022

#Una hora con Mick Jagger en el Reina Sofía #noticias #2022

Nos avisaron el día antes. Estaba cansada, había vuelto de Valencia, había tenido dos reuniones y aún tendría que hacer tiempo hasta la visita. Pensé marcharme a casa, al fin y al cabo, celebrities de lejos he visto muchas, pero luego me dije, aunque solo sea por contárselo a los amigos, me quedo. Bajamos a la zona de carga y descarga, por donde entran y salen las cajas con las obras de arte. Primero vino su jefe de seguridad en un Maserati. Se lo señalé al director del museo, “mira, Manolo, un Maserati”, él, que no tiene ni idea de coches, me preguntó con esa cara de niño de Castellón que pone cuando se asombra: “¿Es un coche bueno?”. “Es un coche carísimo ―le contesté y calculé a ojo de buen cubero―, doscientos mil euros más el susto del seguro (cuando vemos un coche caro, los de clase media siempre pensamos en el seguro). “La de obras que podríamos comprar con eso”, suspiramos los dos.

El comité de recepción éramos Manolo, yo, la subdirectora del museo, la jefa de gabinete, el jefe de seguridad y el director de cultura de la Comunidad de Madrid, que era el enlace. El del Maserati, un italiano mazas, cuadrado de espaldas y de actitud, quiso ver las entradas y salidas. Se las enseñamos, hizo fotos que envió a otros guardaespaldas. Esperamos y esperamos. Alguien comentó que el italiano había sido mercenario en algunas guerras. Le miramos de reojo. Nos imponía aún más, si bien los tatuajes que lucía parecían más de discoteca que de la guerra. Seguíamos esperando. Se retrasaban. No sabíamos exactamente quién vendría. Los Stones en general. La espera me transportó tres décadas atrás en el tiempo, cuando era una joven que trabajaba como intérprete y coordinadora de transporte de los artistas que Gay Mercader traía a dar conciertos en España. Recordé el estrés en aeropuertos, en hoteles, en estadios, haciendo exactamente eso: esperar a los músicos y pastorearlos, comportándome como una madrecita de 18 años con unos señores de la edad de mi padre, pero con pintas, rezando para que fueran puntuales todos, los músicos y los chóferes. Esto era a mediados de los ochenta. Más o menos cuando se fundó el Museo Reina Sofía que ahora nos albergaba.

Por fin llegó un Mercedes negro. Se detuvo y un guardaespaldas abrió muy ceremonioso la portezuela. Descendió Ronnie Wood con su mujer. Los llevamos a la segunda planta. Vio el Guernica. Todos quieren ver el Guernica como todos nosotros queríamos ver de cerca a los Stones. Sacó el móvil, un modelo pequeño y simple, tomó muchas fotos de las fotos del estudio de Picasso. Me acordé de que Wood pinta. Se lo mencioné, “You are an artist yourself” [usted también es artista], se puso contento y, orgulloso, nos enseñó sus cuadros en el móvil, entre ellos su propia versión del Guernica. Todo le interesaba a Wood. Hacía preguntas, era amable y alegre, el director le enseñó otras salas, Miró, Dalí… En esto nos avisaron de que venía otro Stone. Me precipité escaleras abajo, vuelta al hangar. Mientras tanto Wood contó que tenía a sus mellizos esperando en el hotel. “Family dinner” [cena familiar], dijo, y se marchó. De nuevo en el muelle, esta vez me empecé a poner nerviosa, muy nerviosa, demasiado. ¿Por qué? Había vuelto a teletransportarme en el tiempo. Ahora tenía 13 años y escribía en mi diario: “Mick Jagger es el hombre más guapo que existe. Mick Jagger es sexy”. Las horas que debían transcurrir estudiando las pasaba escuchando sus discos y mirando sus fotos. Iba a los cine-estudios a ver las reposiciones de Performance, la película de Nicolas Roeg que Jagger rodó en 1970. Salía del cochambroso cine de barrio con esa sensación embriagadora que tiene la belleza y el enamoramiento platónico, el despertar del deseo erótico que nos atemoriza, pero que nos permitimos si lo depositamos en un lugar seguro por inalcanzable.

‘Femme et chien devant la lune’ (Mujer y perro delante de la luna, 1935), obra de Joan Miró expuesta en el Reina Sofía.

Otro Mercedes negro se detuvo, un nuevo guardaespaldas-mayordomo-asistente (siempre un poco bruscos y ordinarios estas gentes a su servicio) saltó ágil como un jaguar, pero dejó la portezuela entreabierta. El pasajero no estaba listo para salir. Nosotros, la cuadrilla del museo, dispuestos a saludar, congelados en el aire como los chinos de Juan Muñoz. Momentos de incertidumbre. Mi lento corazón de 57 años palpitando como si solo llevara 13 haciendo su trabajo. Al fin la portezuela se abrió y salió él con su sonrisa y su inconfundible corte de pelo. El guardaespaldas-mayordomo nos regañó por no llevar mascarilla. Prohibió terminantemente acompañarle sin ella. Me disculpé, me quedaría fuera. Ante mi cara de pena el bruto se conmovió y produjo una mascarilla de la nada. Enmascarados, subimos en el montacargas. El director, con su infatigable entusiasmo, explicaba a Jagger la Guerra Civil, las vanguardias, la exposición universal del 37, la República española… Yo me mantenía en un segundo plano, pero en un punto, Jagger me miró y se puso a hablar del libro que está leyendo, un ensayo sobre arte contemporáneo y si debe significar algo políticamente o si debe volver a ser art for art’s sake [el arte por el arte]. Le pregunté por el autor, pero no lo recordaba porque lee en el Kindle y, como nos pasa a todos, no ve la portada. “On tour you can’t carry books” [de gira no puedes llevar libros]. Miraba las obras en las salas con curiosidad, no tenía prisa por acabar la visita.

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En un pasillo le pregunté por el concierto del día siguiente, “it sold out in minutes” [se agotaron las entradas en minutos], dije sin añadir que lo sabía de primera mano porque yo era uno de los miles que habían hecho cola virtual ante la pantalla y me había quedado sin entradas, las baratas, me refiero. Él contestó “en un estadio siempre hay sitio para más gente”, con su sonrisa pícara que no sé si quería decir todavía estás a tiempo de comprarla o pídeme una que te invito. En cualquier caso, yo sonreí y me callé mientras él explicaba que el concierto de Madrid era el primero de la gira europea y que el primer concierto es muy importante porque… Me atreví a completar su frase: “It sets the tone” y respondió “exactly, it sets the tone” [marca el tono]. Avanzábamos por las salas, pero ya éramos menos porque el tosco mayordomo había expulsado a tres de nuestras colegas, “too many people, too close” [demasiada gente, demasiado cerca]. Y como unos panolis subyugados nosotros, aunque estábamos en nuestra casa, acatamos. Manolo, el director, improvisó y tras el Guernica, decidió llevarle a ver el cubismo, pero antes, en un arranque, le metió a ver el Mundo de Ángeles Santos y otra obra de Ponce de León que había decorado un cine. Ah, los cines, dijo él, solían ser tan suntuosos como palacios. Estaba a gusto entre cuadros y esculturas y a media visita nos preguntó si era nuestro día libre por estar cerrado el museo y se disculpó por retenernos a la hora de la cena. Mentimos, por supuesto, y le dijimos que estábamos allí no por él, sino porque estábamos trabajando.

Un momento del concierto, el miércoles, de The Rolling Stones en el Wanda Metropolitano de Madrid.
Un momento del concierto, el miércoles, de The Rolling Stones en el Wanda Metropolitano de Madrid.CLAUDIO ÁLVAREZ

Pasamos por las salas de finales del XIX y se quedó mirando la proyección de la salida de la fábrica de los Lumière. Nos dijo que a él de niño le gustaba contemplar a la gente salir de las fábricas. Convinimos que ese movimiento de multitudes tiene algo de teatral. Cuando en la misma sala le mostramos las fotos de los distintos oficios y el intento del fotógrafo primitivo por describir a la clase obrera, explicó cómo en su infancia cada vendedor ambulante tenía una llamada característica, por ejemplo, la mujer que vendía lavanda. Parecía que le gustaba hablar de ese mundo remoto que recordaba bien. Nos habló de una exposición de Francis Bacon que ha visto en Londres en la Royal Academy y otra sobre futurismo en Nueva York. Le interesó el cartel del combate de Jack Johnson contra Arthur Cravan. Nos dijo que acababa de ver un documental muy bueno sobre Muhammad Ali de Ken Burns, que es un documentalista clásico, anticuado, pero que el documental es fantástico y que Muhammad Ali utilizaba el grito de Jack Johnson para sus combates porque Jack Johnson había sufrido mucha discriminación. Se rio cuando vio que en el cartel ponía “Jack Johnson negro 100 kilos Arthur Cravan blanco 101 kilos”, como si hubiera que explicar la piel de cada uno porque no era evidente para los españoles de 1916.

'Ecce Homo' (1921), de George Grosz, se exhibe en el Reina Sofía.
‘Ecce Homo’ (1921), de George Grosz, se exhibe en el Reina Sofía.

También se acordaba perfectamente del primer concierto en España en 1976 en Barcelona, seis meses después de morirse Franco, de la gente, de la emoción, sabía que algunas de sus portadas y sus discos habían sido censurados. Fue similar cuando tocaron por primera vez en el Este tras la caída de la Unión Soviética, dijo. Quise preguntarle por el concierto en La Habana, pero me dio apuro. Cuando entramos en la sala de George Grosz contó que él había tenido uno, pero que una exnovia se lo llevó de su casa. ¿Dónde estará ese dibujo ahora?, se preguntaba. Conocía la Commune de París y le interesó lo que le contamos, pero tampoco fui capaz de explicarle mucho. Me costaba hablarle. Miraba sus ojos de un azul muy pálido y verdoso, ojos extremadamente claros, escuchaba esa voz que había oído tantas veces en los discos hablarme ahora con dulzura, con simpatía. Más tarde, esa noche, cuando se lo contaba a mi amiga Raquel, con la que había compartido la adoración por él, me dijo “es un seductor”. Es cierto, pero ¿cómo imaginar en mi dormitorio todavía infantil de cortinas azules que un día obtendría lo que tanto deseaba? Él y yo estábamos de vuelta allí, leyendo juntos la biografía en la que se relataba su enamoramiento de Marianne Faithfull, un patito feo que a los 15 años se hizo hermosa de la noche a la mañana. ¿Por qué no me pasará eso a mí?, me preguntaba al apagar la luz, sintiendo que, si solo fuera hermosa, las cosas me irían mucho mejor porque todo sería posible.

Los Rolling Stones en España, en la plaza Monumental de toros de Barcelona, el 11 de junio de 1976.
Los Rolling Stones en España, en la plaza Monumental de toros de Barcelona, el 11 de junio de 1976.Europa Press

Pero no estábamos en 1978, estábamos en 2022 y yo tenía 57 años que no notaba desde que Mick Jagger me hablaba. Le escuchaba sonriendo, feliz tras mi mascarilla, sin atreverme a decirle nada de lo que pensaba, ni siquiera explicarle quién era Durruti cuando él miraba con curiosidad el cartel de su máscara mortuoria y las imágenes de su multitudinario entierro. Me acordé de otros asuntos que me unían a él, aquellos coros que hice en playback con 16 años en un programa de la tele para Bill Wyman. “Come back Suzanne, come back Suzanna, baby baby please come back”. No pronuncié ni una palabra sobre mí, como si las conversaciones con estas personas tan inmensamente célebres no fueran conversaciones, solo formas de pagar un tributo por las veces que nos han hecho sentir bien. Mick Jagger a su vez, la persona, ¿sentiría que no es percibido como ser individual sino como un contenedor de sueños? ¿Sabrá que no es visto más que como un espejo que nos devuelve una imagen de nosotros mismos en otro tiempo? ¿Estará resignado a ser borrado por su exceso de exposición y por el desgaste de una conexión constante con la intimidad y el inconsciente de los otros? ¿O aspirará todavía a ser una persona y no un fenómeno atmosférico que se contempla sin remedio desde lejos como la luna amarilla en una noche de verano? Le miraba, le escuchaba y sabía que no era un miembro de mi familia querido y extraviado con el que al fin me había reencontrado, aunque esa fuera la sensación, sino más bien una vasija de la mejor porcelana, pero vasija al fin, en la que los demás depositamos nuestros anhelos y pensamientos. ¿Le pesará que rara vez sea visto como es realmente?

'¡20 noviembre 1936! Durruti', cartel anónimo de 1936, expuesto en el museo.
‘¡20 noviembre 1936! Durruti’, cartel anónimo de 1936, expuesto en el museo.

Mientras caminaba en paralelo a él miraba su piel, sus pestañas rubias, sus labios y me decía “es un señor inglés como tantos”, pero me engañaba porque este señor inglés tenía los ojos y la sonrisa de aquel otro tiempo, del mismo modo que yo había dejado de ser yo para volver a ser una niña que descubría que los hombres eran hermosos y tenían algo que hacía que una quisiera estar cerca de ellos. Muy cerca. Tanto como estaba treinta y tantos años después caminando por las salas de un museo. Lo que ha pasado entre medias de esos dos puntos vitales, mis 13 años en 1978 y una tarde de mayo de 2022, había dejado de importar porque ya no existía. Todas las muertes, las ausencias, las decepciones, la violencia sufrida, la tristeza, las decisiones equivocadas y arrastradas, el daño hecho y el recibido, las chapuzas, lo prosaico… borrados. Los minutos con Mick Jagger me parecían únicamente de él y míos, como si pertenecieran a la extraña intimidad entre su música, sus retratos de juventud pegados en mis cuadernos y mis lejanísimos pensamientos de entonces ahora tan vivos, tan frescos. Tener 13 años, 14, no es cualquier cosa. Antes de que pase nada. Antes de que te bese nadie. Antes de salir del nido de casa y del nido del colegio. Antes.

'Indestructible Object' (Objeto indestructible, 1923-1933/1982), de Man Ray.
‘Indestructible Object’ (Objeto indestructible, 1923-1933/1982), de Man Ray.

De salida, mientras cruzábamos el claustro dejando atrás el metrónomo de Man Ray, me contó que una vez llamó por teléfono a Man Ray para que le hiciera la portada de un disco, pero que era ya un hombre muy viejo y no hubo forma de convencerlo. Como no tenía prisa por irse, porque le gusta el arte y charlar sobre él, no resistió la tentación de entrar en la sala de la dama de azul de Picasso. Al otro lado del panel, había un grupo en visita privada, pero él no se inquietó lo más mínimo. Tranquilamente escuchó la explicación que Manolo le hacía sobre el retrato de una prostituta. Se quiso hacer una foto. Manolo vigilaba al grupo y me susurró “si esos supieran quién está al otro lado del tabique…”. Pero estaban muy concentrados en su propio guía y ¿quién va a sospechar que Mick Jagger está a dos metros de ti? Llegamos al montacargas y mientras esperábamos, él colocó su pie en una barandilla y se agachó para anudar los cordones de sus zapatos. Los calcetines de colores le sentaban bien, como el pantalón azul eléctrico y la camisa con pequeñas figuritas estampadas descuidadamente abierta sobre una camiseta del mejor algodón. Le observé de nuevo. Sí, era él, era Mick Jagger.

Todo había vuelto a empezar. Volvía la pura, envolvente, densa y dulce alegría de existir sin saber nada.

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