#Vargas Llosa, el español y los poderes públicos #noticias #2022

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Durante un debate celebrado en Buenos Aires le pregunté a Mario Vargas Llosa si no pensaba que nuestros gobiernos no son conscientes de que el idioma español constituye nuestra principal riqueza. “No, no lo son”, respondió el novelista, según el digital Telam. “Y creo que es mejor, porque, si lo fueran, probablemente lo estropearían. La libertad de que hemos gozado sin que los gobiernos nos importunaran con pautas o directrices fue una gran suerte (…) Me inspira temor que los gobiernos intervengan en la literatura. La literatura y los gobiernos operan en campos distintos y contradictorios. Creo que preferiría que esa libertad de que gozamos nosotros se preservara también hoy”. El diario La Nación tituló: ‘Cuanto menos se metan los gobiernos con los escritores, mucho mejor’. Discrepé, intentando matizar —”me refería al fomento de la lengua y la literatura, no a un papel normativo de los gobiernos”, consigna el propio Telam—; y, como discrepar suele ser mucho más fecundo que estar de acuerdo, intento ahora razonar esa discrepancia.

Digamos de entrada que el temor de Vargas Llosa está del todo justificado. Para empezar, por razones en parte biográficas: Vargas Llosa ha conocido multitud de regímenes autoritarios en Latinoamérica y España y, en cierto modo, su obra entera puede entenderse como un furioso alegato contra la tiranía; nadie como él sabe que el poder se define por su pulsión de adueñarse de todo, empezando por el lenguaje, y que eso es letal para todos, pero sobre todo para la literatura, que constituye un contrapeso indispensable del poder: la libertad es tan necesaria para un escritor como el oxígeno para una persona. Pero, además, la desconfianza en el poder es el fundamento mismo de la democracia; de ahí la separación de poderes —ejecutivo, legislativo, judicial— que se controlan unos a otros, acotando su ansia común de dominio. Dicho esto, ¿es razonable que los poderes públicos se desentiendan por completo de la principal riqueza de un país? ¿No tienen el deber de protegerla e incrementarla? ¿No es precisamente esa la misión de organismos como el British Council, la Alliance Française, el Goethe-Institut o el Instituto Cervantes, dedicados a difundir la lengua y la cultura de sus países respectivos? Según la prensa, en los últimos años dos gobiernos españoles propusieron a Vargas Llosa dirigir el Cervantes; la propuesta me pareció inteligente; más inteligente me pareció que Vargas Llosa la rechazara, lo que no impide elucubrar con las posibilidades que se le hubieran abierto al Cervantes si hubiera aceptado dirigirlo el primer escritor actual de nuestra lengua: ¿hubiera podido convertirse en una institución del conjunto de países hispanohablantes —y no sólo de España—, cuya pujanza se multiplicaría en consecuencia por 10 o por 15? ¿Hubiera sido capaz de contribuir más de lo que ya lo hace, con dinero escaso y muchas dificultades, a tareas tan vitales como aumentar la reputación del español en Estados Unidos, donde es una lengua muy hablada pero poco prestigiosa, o la de impulsar y volver accesible en todo el vasto ámbito de nuestra lengua la riquísima literatura que se escribe en ella y que ahora mismo vive en gran medida aislada en compartimentos nacionales? ¿Acaso no es eso lo que está haciendo ya, pese a sus recursos limitados, la Cátedra Vargas Llosa? Pero es verdad: el poder intenta siempre mangonearlo todo; también es verdad, sin embargo, que, a diferencia de una dictadura, una democracia digna de tal nombre posee o debería poseer herramientas suficientes para impedir semejantes mangoneos. O para reducirlos al mínimo.

Bien pensado, quizá lo anterior no es una discrepancia sino un dilema irresoluble, una de esas “verdades contradictorias” o “fines irreconciliables” de los que habló Isaiah Berlin: la lengua, la literatura, la cultura sólo pueden prosperar en libertad, sin pautas ni directrices; aunque, a la vez, los poderes públicos están obligados a promoverlas, a no abandonarlas a su suerte, porque forman parte esencial del patrimonio de un país. He ahí un equilibrio difícil. Pero nadie ha dicho que lo bueno sea fácil. Y, menos que nadie, Vargas Llosa.

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